
¿Quién gana cuando la televisión pública se empeña en decirnos que toda la política es una farsa y que las personas migrantes son útiles siempre que nos sirvan la copa y nos frieguen el suelo?
Veo el especial de Nochevieja de José Mota y lo que muchos llaman sátira política se parece más a un viejo truco de bar: ridiculizar a todo el mundo por igual y presentar el sistema como un lodazal donde no hay matices ni responsabilidades diferenciadas. Esa risa agria que queda después no es inocente. Cuando el mensaje es que da lo mismo VOX, un partido abiertamente contrario a derechos humanos básicos, que cualquier otra fuerza, quien sale reforzada es la extrema derecha, que vive de ese cansancio y de ese «todos son iguales» repetido hasta el hartazgo.
El juego del camelar: sátira que diluye responsabilidades
El juego del camelar, su especial de Nochevieja este año, se vende como sátira sobre la corrupción y la lucha por el poder. Políticos compitiendo en una parodia de «El juego del calamar», en pruebas donde se juega una urna llena de votos, incapacidad de dimitir, tramas corruptas y una especie de competición eterna por la mayoría absoluta. Sobre el papel parece una crítica mordaz a quienes mandan. En la práctica, diluye las diferencias entre quienes promueven leyes de odio y quienes intentan frenar el avance reaccionario, entre quienes recortan derechos y quienes tratan de ampliarlos. El resultado es un paisaje homogéneo donde toda la clase política aparece como caricatura intercambiable, un coro de ineptos y tramposos que solo piensan en sillones.

Ese marco encaja a la perfección con los intereses de VOX y de la extrema derecha europea. Cuando se extiende la idea de que la política es puro teatro de corruptos, se castiga por igual a quien promueve discursos de odio y a quien los combate, y la desafección se convierte en abstención o en voto protesta que empuja el debate hacia posiciones reaccionarias. Es la misma lógica que recorre muchos memes y monólogos que se venden como críticos aunque trabajan para desgastar cualquier esperanza en lo público. Este humor «equitativo» no es equitativo en absoluto, porque el impacto no se reparte de forma uniforme. En un contexto donde la extrema derecha marca agenda, la equidistancia es una forma de complicidad.
El sketch del plan de expulsión
Luego llega el momento del plan de expulsión de inmigrantes, un sketch que en apariencia ridiculiza el discurso xenófobo. Un político anuncia con solemnidad que va a echar a todas las personas inmigrantes del país. Suena familiar. Enseguida empiezan las excepciones y la escena se vuelve incómodamente conocida para quienes vivimos en un país que sostiene su economía sobre el trabajo precarizado de personas migrantes. El político salva a quienes limpian casas, a quienes cuidan a mayores, a quienes levantan edificios, sirven copas o sostienen sectores enteros del sistema productivo. Al final se descubre que no puede expulsar a casi nadie, porque sin ellas el país se hunde.
Puede parecer que ahí se desmonta el discurso racista, que la sátira señala lo absurdo de querer echar a quienes resultan imprescindibles. Sin embargo, la lógica que sostiene el sketch es profundamente utilitarista. Se reconoce a las personas migrantes por su función, no por sus derechos. Importan si generan riqueza, si encajan en la cadena de cuidados, si limpian, si atienden, si hacen de soporte silencioso de la vida de quienes sí se consideran sujetos legítimos de ciudadanía. Ese enfoque no cuestiona la jerarquía racial y de clase que mantiene a tantas mujeres migrantes encerradas en casas ajenas, sin papeles, sin reconocimiento, sin descanso. Lo que se cuestiona es la torpeza del político que, en vez de gestionar mejor la mano de obra, quiere echarla toda de golpe.
Cuando el humor reduce la vida de las personas migrantes a una lista de servicios, lo que se refuerza es la idea de que el cuerpo negro, marrón, migrante, está en España para trabajar, servir, cuidar y desaparecer después sin que nadie pregunte por sus proyectos, sus dolores o sus deseos. Desde un feminismo negro y antirracista, esta mirada no puede pasar como progresista. La risa llega, si llega, desde el punto de vista de quien tiene la capacidad de decidir qué vida es útil y qué vida sobra. Para quienes cargan con jornadas interminables en el hogar y la hostelería, apenas queda espacio para reírse de que su «indispensabilidad» se convierta en chiste de prime time.
El patrón del humor racista en televisión
No es la primera vez que el humor de Mota se mueve en esta línea. En otros especiales han aparecido representaciones estereotipadas de personas asiáticas y chistes que encajan en lo que muchos analistas ya han descrito como un paisaje audiovisual plagado de clichés racistas. Desde Afroféminas hemos insistido en que el humor racista no es una anécdota, sino una herramienta que protege la inocencia del grupo dominante mientras se hace negocio con la humillación de quienes sufren discriminación. Se trivializa la violencia, se esconde el racismo detrás de la broma y, en cuanto alguien se queja, se le acusa de no entender el chiste.

El especial de este año encaja en ese patrón de risa cómoda para quienes ya están arriba. El juego del camelar se presenta como crítica valiente, aunque la estructura que levanta es funcional al statu quo: todos los políticos son iguales, la política es un circo, la corrupción lo impregna todo, la ciudadanía solo puede reír y desconectar. Sobre esa mesa se colocan los cuerpos migrantes como ficha útil, nunca como protagonistas, mientras se evita nombrar el racismo institucional, la violencia en fronteras, los CIE o las políticas concretas que impulsan partidos como VOX. El enemigo no tiene rostro definido. El problema no es el odio, sino la política en sí.
La televisión pública y el control de la narrativa
Malcolm X dejó una frase que se cita con frecuencia en los espacios antirracistas: «Ten cuidado con los medios, porque te harán amar al opresor y odiar al oprimido». En la televisión pública esta advertencia tiene un peso concreto. RTVE se financia con dinero de toda la población, incluida la que limpia las escaleras de quienes se ríen con el programa y la que entra en las cocinas por la puerta de servicio. Cuando una cadena pública apuesta año tras año por el mismo humorista, por la misma forma de ridiculizar a la política y por la misma mirada utilitarista sobre la migración, está tomando partido, aunque se vista de neutralidad y carcajada compartida.
En un contexto en el que la extrema derecha organiza su estrategia a través de chistes, memes y discursos «irónicos», la supuesta equidistancia ya no es un terreno inocente. Esa risa empaqueta un mensaje que termina fortaleciéndola. Si toda la política es un circo y las personas migrantes solo valen cuando sirven, ¿quién gana al final de la partida? La respuesta no está en una urna con un millón de votos, sino en quién controla la narrativa desde la pantalla. Y esa narrativa hoy le hace un favor enorme a quienes sueñan con un país más blanco, más obediente y menos dispuesto a cuestionar los privilegios que sostienen su comodidad.
Tania Castro
Historiadora
Santander (España)


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