miércoles, abril 8

Kathleen Cleaver: la primera mujer que dirigió las Panteras Negras

Oakland, 12 de abril de 1968. Han pasado seis días desde que la policía mató a Bobby Hutton, el primer recluta de las Panteras Negras, de 17 años, con las manos en alto al salir de un sótano en West Oakland. Sobre una plataforma en el parque Merritt, ante más de un millar de personas, una mujer de 22 años toma la palabra. Su marido está en la cárcel. Ella se enteró del asesinato esa misma madrugada a través de una llamada telefónica. Se llama Kathleen Cleaver y su voz no tiembla. «Perdimos algo muy precioso cuando perdimos a Bobby Hutton», dice ante la multitud. «Pero Bobby Hutton no perdió nada. Bobby Hutton tomó su posición. Dio su vida.»

Ese momento concentra algo esencial en la biografía de Kathleen Neal Cleaver: la capacidad de estar en el centro de la historia y hablarle de frente, con una claridad que el miedo no logra interrumpir.

Kathleen Neal nació el 13 de mayo de 1945 en Dallas, Texas. Su padre, Ernest Eugene Neal, era profesor de sociología en el Wiley College de Marshall, Texas, y su madre, Pearl Juette Johnson, tenía un máster en matemáticas, una rareza para las mujeres negras de su generación. Cuando Kathleen era muy pequeña, la familia se mudó a Tuskegee, Alabama, donde Ernest asumió la dirección del Consejo de Vida Rural del Instituto Tuskegee. Poco después, el padre ingresó en el Servicio Exterior estadounidense y la familia recorrió el mundo: India, Liberia, Sierra Leona, Filipinas. Aquellos años de infancia transcurridos en países habitados mayoritariamente por personas de color transformarían para siempre su manera de comprender la raza, el poder y la pertenencia.

De regreso a Estados Unidos, cursó el bachillerato en la George School, un internado cuáquero cerca de Filadelfia, del que se graduó con honores en 1963. Comenzó sus estudios superiores en el Oberlin College de Ohio y los continuó en el Barnard College de Nueva York. En 1966, en plena efervescencia del movimiento por los derechos civiles, dejó la universidad para trabajar a tiempo completo en la oficina de Nueva York del Comité de Coordinación de Estudiantes por la No Violencia (SNCC) —la misma organización donde militaban figuras como Stokely Carmichael, cuyo liderazgo fue determinante en el giro del movimiento hacia el Black Power. El detonante personal fue el asesinato de su amigo de infancia Sammy Younge a manos de supremacistas blancos. Después de eso, la universidad esperaría.

En enero de 1967, Kathleen fue trasladada a la oficina de Atlanta del SNCC, donde asumió la secretaría del programa universitario. Una de sus tareas fue organizar una conferencia estudiantil en la Universidad Fisk, en Nashville, Tennessee. Allí conoció a Eldridge Cleaver, ministro de información del Partido de las Panteras Negras, que había salido recientemente de la prisión estatal de Folsom. Kathleen se trasladó a San Francisco para unirse al partido, y el 27 de diciembre de 1967 se casaron.

Lo que Kathleen Cleaver construyó dentro del partido fue mucho más que una presencia de apoyo. Se convirtió en la secretaria de comunicaciones, un cargo que ella misma creó basándose en lo que había observado hacer a Julian Bond en el SNCC. Fue la primera mujer designada al Comité Central de las Panteras Negras, el órgano de dirección del partido. Desde esa posición, hizo exactamente lo que describe con sus propias palabras en un ensayo de 2001: «Organicé manifestaciones. Escribí octavillas. Dirigí ruedas de prensa. Asistí a vistas judiciales. Diseñé carteles. Aparecí en programas de televisión. Hablé en mítines.» También gestionó la campaña para liberar a Huey Newton, cofundador del partido encarcelado desde 1967, y ayudó a organizar retiros de sanación para mujeres que habían estado en el partido, mujeres que habían vivido en la clandestinidad, que habían sido torturadas, que habían sido exiliadas. Ese mismo 1968 se presentó como candidata a la Asamblea Estatal de California en la lista del Partido de la Paz y la Libertad, un paso sin precedentes para una mujer negra en aquella California.

La violencia del Estado no tardó en llegar. La noche del 6 de abril de 1968 —dos días después del asesinato de Martin Luther King— Eldridge Cleaver participó en un enfrentamiento con la policía de Oakland. Bobby Hutton salió del sótano con las manos en alto. Una lluvia de balas lo mató en el acto. Eldridge fue detenido y enviado a San Quintín. Kathleen recibió la noticia a las cinco de la mañana. Seis días después, plantada en el parque Merritt, convirtió el luto en denuncia política ante miles de personas. El COINTELPRO, programa de contraespionaje del FBI diseñado para destruir a las Panteras Negras y otros movimientos de liberación negra, ya llevaba meses operando. J. Edgar Hoover había declarado al partido «la mayor amenaza para la seguridad interna del país», y bajo ese programa la agencia federal infiltró, desacreditó y destruyó sistemáticamente al partido mediante cartas falsas, informantes y operaciones de desestabilización.

Con Eldridge huyendo primero a Cuba y luego a Argelia para eludir su arresto, Kathleen lo siguió en julio de 1969, embarazada de su primer hijo. Maceo nació poco después de llegar a Argel, y su nombre era un homenaje al general cubano Antonio Maceo. Un año después, durante una visita a Corea del Norte, nació la hija del matrimonio, Joju. Los Cleaver convirtieron Argelia en la base internacional del partido, manteniendo contacto con la prensa global y con otros movimientos anticoloniales del mundo. Kathleen describió aquel país como «un puesto avanzado y facilitador de solidaridad para el Partido Pantera Negra» que permitió a la pareja exiliada mantener acceso a la prensa. En 1971, un enfrentamiento entre Eldridge y el cofundador Huey Newton llevó a la expulsión de la rama internacional. Los Cleaver fundaron entonces la Red de Comunicación Popular Revolucionaria. En 1973, el gobierno argelino les forzó a marchar y la familia se estableció en París. En 1975, regresaron a Estados Unidos.

El regreso no fue una rendición. Fue el inicio de otra forma de lucha.

En 1984, Kathleen se graduó summa cum laude con una licenciatura en Historia por la Universidad de Yale y fue elegida para Phi Beta Kappa. En 1989 obtuvo el título de Derecho por la Facultad de Derecho de Yale. Graduarse a los 39 años con esas calificaciones, después de una década de exilio y de criar dos hijos en condiciones de extrema presión política, dice mucho sobre la naturaleza de su inteligencia y su disciplina.

Trabajó como asociada en la firma Cravath, Swain & Moore en Manhattan, fue auxiliar jurídica del juez A. Leon Higginbotham en el Tribunal de Apelaciones del Tercer Circuito, y luego profesora titular en la Facultad de Derecho de la Universidad de Emory en Atlanta, donde también integró la Comisión del Tribunal Supremo de Georgia sobre Sesgo Racial y Étnico en los Tribunales.

Su activismo jurídico no se detuvo con la cátedra. Dedicó años al caso de Elmer «Geronimo» Pratt», ex líder de las Panteras Negras que pasó 27 años en prisión por un asesinato que no cometió. En 1997, Pratt ganó su petición de habeas corpus y fue puesto en libertad. También trabajó en la defensa del periodista y preso político Mumia Abu-Jamal. Sus escritos aparecieron en Ramparts, The Village Voice, The Boston Globe y Transition, y contribuyó con ensayos a títulos como Critical Race Feminism y The Black Panther Party Reconsidered. En 2001 coeditó Liberation, Imagination, and the Black Panther Party (Routledge), una compilación que sigue siendo referencia en los estudios sobre el movimiento negro.

El nombre de Kathleen Cleaver no alcanza en el mundo hispanohablante la visibilidad que merece, y esto no es accidental. Las mujeres que construyeron el Partido de las Panteras Negras —como Afeni Shakur o la propia Kathleen— operaron en estructuras donde el liderazgo masculino acaparaba el relato, mientras ellas sostenían la organización, las comunicaciones y la memoria colectiva del movimiento. Que Kathleen fuera la primera mujer en el Comité Central de las Panteras es un hecho histórico que el registro mainstream tarda aún en integrar con la misma energía con que repite los nombres de Newton o Seale.

En una entrevista con el historiador Henry Louis Gates Jr., reflexionó sobre el conflicto entre la revolución y la lógica del sistema: «Cuando tienes personas que son revolucionarias, repudian el compromiso de ganar dinero, y dicen ‘Queremos justicia. Queremos cambio. Queremos verdad. Queremos libertad’. Eso no va a funcionar si la estructura de la sociedad se basa en recompensas e incentivos financieros. Así que estábamos en desacuerdo con la forma en que el sistema funcionaba. Teníamos una idea diferente. Decíamos ‘Poder para el pueblo’.»

Kathleen Cleaver tiene hoy ochenta años. Trabaja en sus memorias, Memories of Love and War, que lleva años componiendo. Su figura es la de una mujer que vivió el exilio, la clandestinidad, la maternidad en condiciones extremas, el regreso, el estudio, el ejercicio del derecho y la escritura, todo desde una coherencia política que no ha abandonado. Dijo en una entrevista al New York Times que las «ilusiones juveniles de inmortalidad» la ayudaron a sobrevivir, junto con la responsabilidad hacia sus hijos. Sigue esperando, según sus propias palabras, ver un día en que el clima político de intimidación y represión se disuelva en uno que rectifique la injusticia y mejore el bienestar social.

Ese día aún no ha llegado. Ella sigue siendo testigo y sigue siendo una voz.

Redacción Afroféminas



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