La duda racista de las motas

Ilustración de la portada del libro infantil «Don’t Touch My Hair!» de la ilustradora Sharee Miller

En Buenos Aires, hay miradas que atraviesan los cuerpos, que hablan. La mayoría de los porteños no pone en palabras lo que piensa pero si agudizás los sentidos podés escuchar sus pensamientos.

Desde que nació mi hija Evangelina, vamos por la calle atravesadas por esas miradas. La miran a ella, me miran a mí y vuelven a mirarla. No hay padre a la vista. Hija negra, mamá blanca ¿No cierra la ecuación?

En estos años, escuché y en algunos casos respondí (cuando la pregunta era bienintencionada) todo tipo de preguntas: ¿es tuya? ¿es adoptada? ¿dónde está el papá? ¿y ese pelo? ¿a quién salió?

Como reafirmación de su identidad, al principio, les conté a algunos que el papá de Eva es africano, que está en Dakar, que la conoce por skype, que nunca vino a la Argentina. Que soy mamá soltera. Con el correr del tiempo, me fui cansando y guardando el relato de nuestra historia solo para pocos. Yo no voy por la calle preguntando el origen o el por qué de los rasgos de otros niños. No hay diferencia.

Mi hija está por cumplir 6 y hoy, con distintos bemoles, lo que sigue llamando la atención es su pelo. Entre los niños y entre los adultos.

Muchos niños se sorprenden cuando la ven y la mayoría queda fascinado. ¡Qué buen pelo! ¡Qué lindo! ¿Qué buen peinado! ¿Lo puedo tocar? son algunas de las expresiones cotidianas. Eva generalmente sonríe. Es chiquita y me dijo que le da «ternura» cuando otros pequeños veneran sus motas.

Los adultos oscilan entre el racismo, el racismo sutil, los comentarios superficiales y la fascinación también ¿Cómo hacés para peinarla? ¿Y si le agarran piojos? ¿Me regalás un rulo? ¡Me muero con ese pelo!¡Es espectacular! ¡Debe ser desestresante tocarlo! ¡Qué bella con esos rulos! ¡Sos una pequeña modelo! Y así, todo el tiempo.

Mientras las dos estamos hartas de los comentarios, muchos se sienten con el derecho de preguntar y opinar. Seguro entienden de lo que les hablo. Horas atrás un desubicado lanzó: uh! el pelo parece una esponja, a lo que le respondí: y el tuyo es como una escoba. Quedó pasmado.

En Buenos Aires, las miradas y los comentarios atraviesan los cuerpos, les decía. Pero no todo es así. Les cuento tres situaciones con pequeños y sus padres:

Primera situación: el sábado fuimos a comer a una pizzería y mi hija se hizo rápidamente amiga de una nena un poco más grande que ella. Al despedirse, la nena le hizo una caricia un poco brusca en el pelo y la mamá la detuvo: ¡Pará Micaela! ¿A vos te gustaría que te toquen el pelo así? Sonreí por dentro. Quedamos con Eva que, a partir de ahora, el que le toque los rulos sin permiso va a recibir una tocada en su pelo también. El espejo ¿Por qué no?

Segunda situación: de visita a un centro cultural, Eva bailó y corrió por los pasillos con una bebé que se le pegó durante horas. La niña no quería soltarla. En un momento, mi hija me contó que se llamaba «Africa». Toda una revelación. Me puse a charlar con la mamá y me explicó que el nombre le había bajado como un mantra durante el embarazo. Que le había gustado uno de sus significados: Fortaleza.

Tercera situación: El domingo fuimos a una plaza y otra nena se presentó sin titubeos: «Soy Emilia y tengo 7 años ¿vos?» «Soy Eva y cumplo 6 en unos días«, respondió mi hija. «¿Puedo ser tu amiga?», le preguntó Emilia y enseguida se treparon y rieron juntas haciendo piruetas en el pasamano. Es ahí cuando renace mi esperanza en el presente y el futuro. Es cuando detecto que parte de las nuevas generaciones no ven colores ni motas. Ven personas.


Valeria López

Mamá de Evangelina. Periodista y productora de TV. Creadora de los blogs Mamás Solteras Actívense y Mamá Ultimo Momento. Escribe «El Diario de Eva» en el sitio digital tn.com.ar

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