Fuertes, valientes y poderosas

Me llamo Siham y soy una mujer negra, africana, árabe, tuareg, musulmana y española. Son múltiples las identidades que me definen y todas ellas han marcado mi trayectoria y mi forma de ser, de actuar y de luchar. A lo largo de mi vida entre dos continentes he aprendido de muchas mujeres diversas, mujeres que también me han ayudado a definirme, a empoderarme y a crecer. Doy las gracias a todas ellas por lo que soy hoy en día.

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Cris Magaldi: “Es fundamental no negar jamás el color de piel ni de dónde viene una persona ya que ahí están sus raíces”

“Tengo dos pasaportes, dos tierras y dos madres. Alemania la asocio a mi madre adoptiva, porque ella, aunque fue dura conmigo, me preparó para la vida y no cesó de decirme ‘¡hazlo, tú puedes!’. Fue ahí donde descubrí mi fortaleza, mi independencia y que era una mujer capaz. Mi madre biológica, por su parte, al igual que Brasil, me parió pero no me ha acompañado a lo largo de mi existencia, así que no me conoce bien”.

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Dignidad

Llego como de costumbre a prestar mis servicios de asesoría jurídica al Centro Local de Atención a Víctimas del Conflicto, y ella ya está esperando con el turno #1 a ser atendida por mí. Es una mujer de 27 años de edad, viste un pantalón ancho de bolsillos a los lados, camiseta de un equipo de futbol.

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Madre

Quiero empezar este texto, contando que este trabajo con víctimas del conflicto armado, me ha hecho ver las pequeñas cosas, aquellas a las que solo prestamos atención, cuando en algún artículo de superación personal, o yo que sé, nos dicen que somos ricos por tener todo lo sencillo y lo simple, en nuestras vidas.

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Ella

Es mi amiga. Nos conocimos en mi trabajo, ya que fue convocada con otras dos mujeres afro de su equipo para atender a la población afro víctima del conflicto armado en el Centro Local de Atención. Ella Sabedora Ancestral (Mujeres que tienen conocimiento de la medicina ancestral de nuestros antepasados, y que se enseña de una mujer a otra); Una Psicóloga y una Trabajadora Social. Ella llega con su desparpajo, sus trenzas tejidas, con color azul y negro, su boca con un color rojo fuego y sus ojos delineados con azul cielo.

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La rumba

La hago seguir y procedo a cerrar la, por cuanto, son relatos que deben tomarse con la más estricta reserva, por motivos de seguridad. Me dice que iba de rumba a un pueblo cercano a su residencia, pues estaban de fiestas patronales en esa época (fiestas que conmemoran algún santo de la iglesia católica), en compañía de su mejor amiga.

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Nuestro mayor acto de violencia es existir

Yo, al hacer este ejercicio me conecto con mi historia de vida en la que la gente de la costa venezolana (población de la que provengo) siempre es referenciada con la violencia de una o otra manera. Me conecto con la cantidad de veces que he tenido que gritarle al vigilante de una farmacia o un supermercado que me sigue por todo el establecimiento porque mi sola presencia les resulta peligrosa.

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Estamos completas

Así arrancó todo. Corría una brisa envolvente en el Monte Filopapos de Atenas y ahí estábamos los dos, Amadou y yo. Nos rodeaban decenas de griegos pero estábamos solos. Fue la primera vez en mi vida que le hablé a Dios y le dije que, si existía, no tenía miedo, que me llevara. Que era feliz.

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Bueno, soy negra

Me sentí poderosa, reconocer mi pelo fue el primer paso para sentirme bien conmigo misma, a que no tengo ningún pelo malo. Entendí que mi boca es hermosa, grande como de Negra Bembona como decía mi padre y no la mire con enojo sino con un profundo orgullo.

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“Otra para quitarnos el oxígeno, aprovecharse de la sanidad y robarnos los hombres”

Me quedé paralizada unos segundos, quería responder con una reprimenda a aquella
señora que estaba faltando al respeto no solo a mi presencia, sino a la de cualquier
persona negra, a la de cualquier mujer de etnia diferente con un racismo anquilosado
con la se hubiese cruzado en cualquier espacio como éste o similar.

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Muriel, el aparatico y la milésima de segundo: Otro testimonio del más acá

Muriel, se movía nerviosa en la cama de la clínica, mientras la doctora desconocida para ella, le invitaba a tranquilizarse. Había evitado ir a su ginecóloga de cabecera, pues quería extraer el dispositivo de su cuerpo, sin tener que dar muchas explicaciones; un nerviosismo que no era extraño, se apoderaba de una Muriel que ansiaba por sacar ese artefacto de su cuerpo.

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Amina, la Nana

Siento que mi afán de escribirlo todo, me viene precisamente de la necesidad de recordar sus innumerables cuentos y vivencias, especialmente de sus antepasadas, porque el género femenino era el centro de sus conversaciones: las madres, las abuelas, las parteras, las matas, las hierbas, las fieras, las lágrimas, la vida, la muerte, la maldad, la bondad, la flojera, las hermanas, todo acompañado de una frase firme y permanentemente repetida, “somos la semilla y la mata, los hombres nacieron para regarnos a nuestro antojo” sin comprender su significado, me divertía poniéndole música a esas palabras, imitando su postura con las manos en la cintura, bailando cuando las repetía.

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Amor propio y pelo afro

Cuando decidí usar mi cabello «natural» estuve bastante tiempo muy insegura con mi aspecto. Antes de tomar la decisión había pasado semanas leyendo todo lo que encontré en las redes sobre lavado, cuidados, rizos, productos, etc.  Pero lo confieso, estaba aterrada. Años y años de esconderme debajo de alisados y tratamientos químicos habían hecho mella en mí.

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Me sentí Negra, en una ciudad de “blancos”

Son once los años que llevo en esta ciudad, donde el color de piel sigue siendo un problema. Pero es que así no lo quieren ver.
Hace once años llegue aquí y me recibió una oleada de confusión, en donde hablar con mi acento era objeto de burla, en donde ser de piel oscura es sinónimo de robo, pobreza y maldad; donde salir a la calle implicaba que alguien te gritara “¡Ay, La familia!” haciendo un intento de imitar nuestro acento que suena tan distanciado como Colombia de Japón.

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