miércoles, noviembre 4

«Pensamiento feminista negro» de Patricia Hill Collins, treinta y seis años tarde

Hay un capítulo de este libro traducido al castellano desde 1998. Se titula «La política del pensamiento feminista negro» y apareció en una antología coordinada por Marysa Navarro y Catharine Stimpson. Es la referencia que cita Ochy Curiel en su trabajo sobre crítica poscolonial y feminismo antirracista, publicado en la revista Nómadas de la Universidad Central de Colombia. Un capítulo. El libro completo, las casi quinientas páginas, no había llegado hasta ahora. Pensamiento feminista negro. Conocimiento, conciencia y política del empoderamiento, de Patricia Hill Collins, ha publicado en septiembre por Kaótica Libros en coedición con U-tópicas, en traducción de Maria Paula Valise.

Black Feminist Thought apareció en Estados Unidos en 1990. Brasil lo tuvo en 2019, con Boitempo, traducido por Jamille Pinheiro Dias y con un prefacio que Collins escribió expresamente para la edición brasileña. Nosotras hemos tardado treinta y seis años.

Es importante empezar contando eso porque el libro trata precisamente de cómo se suprime el conocimiento producido por mujeres negras. Su recorrido en nuestra lengua es un capítulo más de lo que describe.

Collins es socióloga, profesora emérita de Sociología en la Universidad de Maryland, en College Park, y profesora emérita de Estudios Afroamericanos en la Universidad de Cincinnati. Escribió este libro con un objetivo que hoy puede sonar extraño y que entonces no lo era en absoluto. Tenía que demostrar que el pensamiento de las mujeres negras era teoría. Que merecía el nombre. Que no era testimonio, ni anécdota, ni materia prima para que otros teorizaran sobre ello.

Lo que hizo para demostrarlo fue tomar una decisión de forma, y en ella está todo. Collins construye el libro juntando voces que la academia nunca pone juntas. En el capítulo de apertura mezcla las palabras de Maria Stewart sobre el poder del conocimiento de las mujeres negras con las de Fanny Barrier Williams, que escribió que a la muchacha negra no se la conoce ni se cree en ella, y con las de Nancy White, a quien el libro describe como una mujer negra residente en el centro urbano empobrecido, y que reivindica su propia capacidad de producir conocimiento diciendo que ella entiende todas esas cosas porque las ha vivido. Las tres aparecen al mismo nivel. Sin jerarquía entre la pensadora del XIX, la escritora reconocida y la vecina que nadie citaría nunca.

Esa práctica recorre el libro entero. Collins se niega a aceptar la jerarquía que coloca el conocimiento académico por encima del conocimiento experiencial de las mujeres negras corrientes. De ahí sale una de sus propuestas más radicales y menos citadas, el desmontaje del concepto dominante de intelectual, que pasa a definirse con independencia de la escolarización formal. Quien produce conocimiento sobre su propia vida y lo pone en circulación está haciendo trabajo intelectual, tenga título o no lo tenga.

Lo lleva hasta el final en uno de los capítulos más hermosos del libro, donde analiza las letras de las grandes intérpretes del blues estadounidense, Nina Simone, Billie Holiday, Aretha Franklin. Y lo hace como teoría. Collins sostiene que fueron esenciales en la consolidación de la autovaloración y en la lucha por el respeto a las mujeres negras, y las considera grandes intelectuales por su transmisión de conocimiento a través de la oralidad. Cuando una cantante dice lo que dice sobre su propio cuerpo, su deseo o su dignidad, delante de un público que la escucha, está haciendo algo que la academia tardaría décadas en reconocer.

De este libro se usan todos los días dos conceptos, casi siempre sin haberlo leído.

El primero es la matriz de dominación. Collins no habla de sumar opresiones. Habla de cómo se organizan. Describe cuatro dominios en los que funciona el poder, el estructural, el disciplinario, el hegemónico y el interpersonal, y muestra que esos cuatro dominios reaparecen en formas de opresión muy distintas entre sí. No es lo mismo que decir que una mujer negra pobre sufre tres cosas a la vez. Es decir que raza, clase y género están organizados conjuntamente, y que por eso no se pueden separar ni para analizarlos ni para combatirlos.

El segundo son las imágenes de control. Collins describe cómo ciertas representaciones de las mujeres negras funcionan como maquinaria ideológica. La madre dependiente del Estado, la mujer negra respetable, la mujer negra sexualizada. Lo que señala es la función, no el estereotipo. Esas imágenes están diseñadas para que el racismo, el sexismo, la pobreza y otras formas de injusticia social parezcan naturales, normales e inevitables en la vida cotidiana. Funcionan por contraste, porque otros grupos definen su propia normalidad frente a una feminidad negra degradada de antemano. De ahí sale la conclusión que más duele, que a las mujeres y las niñas negras se las acaba presentando como autoras de su propia opresión.

Esos dos conceptos los reconoce cualquiera que haya pisado un espacio feminista. Ahí empieza la parte incómoda de esta historia.

En mayo de 2020, con motivo de los treinta años del libro, Meina Yates-Richard, profesora de Estudios Afroamericanos e Inglés en la Universidad Emory, publicó un ensayo que no va contra Collins sino contra lo que le hemos hecho a Collins. Su argumento es que el libro fue canonizado a través de esos dos conceptos, extraídos del cuerpo del texto y descontextualizados, y que esa ubicuidad en las citas acabó funcionando como una forma de silenciamiento. Citar la matriz de dominación se convirtió en el modo de acreditar que una está al día del feminismo negro, lo que exige una lectura de superficie en lugar de una conversación de fondo.

Yates-Richard dice que la academia amplifica voces que no escucha de verdad, y recluta esas mismas voces para silenciar a otras. Al obligar a las feministas negras a repetir una y otra vez las ideas fundacionales, impone una especie de parálisis teórica sobre el trabajo que viene después. La propia Collins dejó escrito algo próximo en el prefacio a la segunda edición, en 2000, cuando explicó que su preocupación se había desplazado desde tomar la voz hacia el modo de usarla, porque había comprendido con qué rapidez se la pueden quitar a una.

Lo que señalan otras pensadoras negras de la generación siguiente es que el problema no está en el libro, está en la manera en que lo usamos. Jennifer Nash lo dice sin anestesia en Black Feminism Reimagined. Los estudios de mujeres en Estados Unidos se organizan alrededor del símbolo de la mujer negra conservando muy poco interés por la materialidad de nuestros cuerpos, por la complejidad de nuestras experiencias o por la heterogeneidad de lo que producimos. Somos el emblema de un campo al que no le interesamos.

Patricia Hill Collins

Y mientras tanto seguimos teniendo que justificarnos. Brittney Cooper lo llamó la cultura de justificación, y describe algo que reconocemos sin esfuerzo. Por muy omnipresente que sea la interseccionalidad en las bibliografías, a quien estudia las vidas, las historias y la producción cultural de las mujeres negras se le sigue exigiendo que demuestre que eso es suficientemente académico. Nadie pide esa demostración en sentido contrario.

Hay una salida, y la propone Kristie Dotson. Recibir este libro como un conjunto de preguntas y problemas sin resolver que nos tocan a nosotras.

Queda la conversación que de verdad nos corresponde, y que no es estadounidense.

Lélia Gonzalez llevaba años escribiendo en Brasil. Fue una de las fundadoras del Movimiento Negro Unificado en 1978 y de las primeras en la región en colocar la importancia de la interrelación entre racismo, sexismo y clasismo en la vida de las mujeres negras. Acuñó la amefricanidad, un concepto con el que denunciaba la latinidad como una forma nueva de eurocentrismo, porque subestima o descarta las dimensiones indígenas y negras en la construcción de las Américas. Angela Davis llegó a decir que había aprendido más de Lélia Gonzalez de lo que nadie iba a aprender de ella misma.

Y está Ochy Curiel, dominicana, que reconoce la sistematización que hizo Collins del pensamiento del feminismo negro y al mismo tiempo pone el dedo donde conviene. Curiel llama comodín a la interseccionalidad, porque coloca en el centro las diferencias cuando lo que hay, dice, no son diferencias sino diferenciaciones producidas por las opresiones. Y añade una frase que deberíamos tener enmarcada. Lo que daría fuerza al feminismo latinoamericano como propuesta teórica y epistemológica propia sería soltarse de esa dependencia intelectual euronorcéntrica, lo cual no niega que esas autoras sean referentes importantes.

Ahí está el nudo. No es que no mereciéramos tener a Collins en castellano. Es que mientras esperábamos a que alguien la tradujera, teníamos a Gonzalez, a Sueli Carneiro, a Beatriz Nascimento, a Curiel, escribiendo en portugués y en español sobre esto mismo y desde nuestro propio territorio. La pregunta no es qué nos aporta Collins. Es por qué hizo falta que viniera de Estados Unidos para que prestáramos atención a lo que ya se estaba diciendo aquí.

Leer este libro ahora, completo y bien traducido, merece la pena y mucho. Hay capítulos enteros que nadie cita nunca y que son los mejores. Lo que no merece la pena es leerlo como un monumento. Dotson tenía razón, lo que heredamos de Collins no son dos conceptos para citar al pie de página, son las preguntas que dejó sin resolver. Y algunas de esas preguntas llevan décadas respondiéndose en nuestro idioma, sin que nadie las tradujera porque ya estaban escritas aquí.

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Redacción Afroféminas



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