miércoles, junio 10

La visita del Papa Robert Prevost y la descolonización del discurso teocrático

La reciente visita del Papa Robert Prevost a España ha reabierto una vieja herida histórica que, lejos de poder sanar, sigue respondiendo a las necesidades de la Iglesia Católica por blanquear el pasado, en lo que a esclavitud y ocupación de territorios se refiere.

En su visita, uno de los puntos más destacados, además de reconocer la pluralidad política sin caer en la confrontación, fue el discurso migratorio. En la actualidad, España vive uno de sus momentos más tensos relacionado con la llegada diaria de migrantes que cruzan la frontera en busca de una vida mejor. Un tema que durante décadas, y ahora más que nunca con el resurgimiento de la extrema derecha, divide a la población entre quienes piensan que la migración supone un riesgo a nivel social, económico y cultural, en contraposición con aquellas personas que defienden un enfoque humanista, sin negar el reto que supone la acogida de miles personas en situaciones críticas marcadas por la pobreza, la desigualdad y los contextos bélicos.

En un escenario cada vez más crítico, las palabras de Prevost no pueden entenderse como un simple gesto de complicidad con los más necesitados. Más bien parece un intento de lavado de imagen del cristianismo, con el fin de restaurar su poder eclesiástico, mientras el foco de atención se desvía de los casos de abuso a menores, su principal factor de decadencia institucional. Y es que, aunque a priori no lo parezca, durante siglos, la institución eclesiástica catolicista tuvo un papel protagónico —por no decir antagónico— en los procesos de imposición forzada de la religión católica en los territorios conquistados por los europeos, además de promover el comercio transatlántico y la trata de personas. En particular, la comunidad africana fue una de las más afectadas por el sistema esclavista, impulsado y legitimado por discursos teocráticos que consideraban a las personas negras seres inferiores sin alma. 

Se buscaba pues, un proyecto de homogeneización cultural cuyas consecuencias se siguen manifestando hasta el día de hoy en el imaginario social de un mundo que se niega a reconocernos, ya no tanto como víctimas, si no como supervivientes, y que continúa perpetuando estereotipos y jerarquías heredados de aquel pasado monstruoso. De esta forma, las contradicciones entre el discurso conciliador del nuevo Papa y las acciones propulsadas por la Iglesia Católica para reparar el trauma colectivo que persigue, de manera indiscriminada, a las comunidades afectadas por la historia esclavista, ponen de manifiesto el nulo interés de la autoridad eclesial por reconocer los horrores cometidos en nombre del catolicismo y evitar responsabilidades morales que pongan en jaque su credibilidad. Resulta paradójico que, desde su privilegio, el Papa Prevost —cuyo apellido suena a Preboss— hable de respetar la “dignidad humana” sin hacer referencia al vínculo directo entre la dignidad predicada y la deshumanización de esa dignidad que el propio catolicismo convirtió en una doctrina teológica, cuyo carácter fue aberrante para la humanidad.

Tan solo digo, que no hay acto de reparación sin una transformación profunda y honesta. Que a estas alturas no me valen palabras superfluas y vacías para compensar un trauma histórico que aún nos duele. Que doy gracias a la vida por haber tenido la inmensa suerte de nacer en este siglo XXI y no en el siglo XV, porque con mi piel y lo mucho que me cuesta cerrar mi boquita, hubiera durado lo mismo que Juana de Arco, vamos, dos telediarios. Y mira tú por donde, que aún no he acabado de lidiar con las consecuencias de ser una hija indirecta, precisamente, de esa sombra tan lejana —y a veces tan presente— de dolor y opresión llamada colonialismo.

Como suele decirme habitualmente mi madre: “y lo que te rondaré, morena”.

Lisa Burches

Graduada en Comunicación Audiovisual por la UOC



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