jueves, febrero 19

Ser neurodivergente siendo una mujer negra

Cuando una mujer negra entra en la consulta de un profesional de la salud mental, lleva consigo una historia que el sistema sanitario raramente está preparado para diagnosticar ni tratar con eficacia. Lleva años de síntomas ignorados, de diagnósticos equivocados, de tratamientos que nunca terminan de funcionar. Lleva la carga de ser leída siempre desde el estereotipo antes que desde la evidencia clínica. Y si además tiene espectro autista, TDAH o sufre trastornos de ansiedad, esa historia se vuelve aún más compleja. Porque en el cruce entre el racismo médico y el sesgo de género en los diagnósticos de neurodivergencia, las mujeres negras habitamos un espacio de invisibilización múltiple donde nuestras necesidades reales quedan sepultadas bajo capas y capas de prejuicios.

Los datos confirman que las niñas y niños negrxs reciben diagnósticos de autismo tres años después de que sus familias expresaran por primera vez sus preocupaciones al pediatra. Esta brecha diagnóstica se amplía aún más cuando hablamos de niñas y mujeres negras. Mientras que en población blanca la proporción entre hombres y mujeres con autismo es de 4 a 1, esta proporción está probablemente sesgada por una comprensión del autismo centrada en manifestaciones masculinas y la falta de instrumentos diagnósticos que tengan en cuenta el sesgo de género. Cuando a este sesgo de género le sumamos el factor racial, nos encontramos con un problema de salud pública que afecta directamente a nuestra comunidad.

Luciana Viegas, pedagoga brasileña y activista, cofundadora del movimiento Vidas Negras con Deficiência Importam, vivió esta realidad en carne propia. Descubrió su propio autismo a los 26 años, después de que su hijo fuera diagnosticado, tras haber pasado años recibiendo tratamientos para ansiedad y depresión que nunca abordaron la raíz de su neurodivergencia. Su testimonio resume una experiencia compartida por miles de mujeres negras en América Latina y España. Como ella misma explica, cuando el médico no tiene en cuenta el factor racial, no entiende que la experiencia de una persona negra es completamente diferente de la de una persona blanca, y acaba cayendo en patrones sobre el autismo que no nos representan.

El problema comienza en la consulta pediátrica y se extiende a lo largo de toda la vida. Los pediatras suelen ser despectivos con las familias negras o atribuyen de inmediato los comportamientos disruptivos a una mala crianza o a estereotipos hirientes. Esta lectura racializada de nuestros cuerpos y comportamientos tiene consecuencias devastadoras. Lxs niñxs negrxs que están distraídxs o inquietxs en clase pueden ser diagnosticadxs con TDAH o un trastorno de conducta, mientras que sus compañeros blancos con los mismos síntomas pueden ser diagnosticados con depresión. El tratamiento de cada una de estas condiciones es radicalmente diferente, y un diagnóstico erróneo puede significar años de sufrimiento innecesario.

Fábio Sousa, diseñador brasileño y fundador del canal «Se eu falar não sai direito», tuvo que pasar por cinco profesionales diferentes hasta recibir un diagnóstico correcto de autismo. Esta odisea diagnóstica desvela cómo el racismo estructural opera en el sistema de salud. Las evaluaciones neuropsicológicas están diseñadas desde parámetros que toman como norma las manifestaciones en población blanca masculina, dejando fuera las particularidades de cómo las mujeres negras experimentamos y expresamos la neurodivergencia.

En España, aunque no contamos con estadísticas desagregadas por origen racial debido a las limitaciones legales en la recogida de datos étnicos, sabemos que las mujeres con autismo están infrarrepresentadas en los estudios, especialmente aquellas con menos necesidades de apoyo, que no forman parte de las entidades especializadas. Si trasladamos esta realidad a las mujeres negras, podemos inferir que la invisibilización es aún mayor. Las barreras económicas, lingüísticas y culturales se suman a los sesgos raciales del sistema sanitario, creando un escenario donde muchas de nosotras navegamos la vida sin comprender plenamente nuestra propia mente.

El fenómeno del masking o camuflaje social adquiere dimensiones particulares en las mujeres negras neurodivergentes. Luciana Viegas señala que al conversar con otras mujeres negras autistas, se percató de que son vistas como personas agresivas o violentas, todo menos autistas. Este estereotipo racista se cruza con las expectativas de género, creando una trampa perfecta. Las mujeres en general desarrollamos mejores estrategias de camuflaje social que los hombres, lo que dificulta el diagnóstico del autismo y el TDAH. Pero cuando además eres negra, ese camuflaje se vuelve una cuestión de supervivencia en un mundo que ya te percibe como una amenaza.

En comparación con las personas blancas con los mismos síntomas, a las personas negras se les diagnostica con mayor frecuencia esquizofrenia y con menor frecuencia trastornos del estado de ánimo. Este dato, proveniente de estudios en Estados Unidos, revela un patrón de sobrediagnóstico de patologías psiquiátricas graves en población negra, mientras se pasan por alto condiciones como el autismo, el TDAH o los trastornos de ansiedad. En el caso de las mujeres negras, esta tendencia se combina con otro sesgo. La mayor proporción de diagnósticos de depresión y ansiedad en mujeres es resultado de factores complejamente interrelacionados, entre ellos la subordinación histórica de las mujeres y los sesgos epistemológicos y androcéntricos de la biomedicina.

El resultado es que muchas mujeres negras pasamos años recibiendo tratamiento para depresión o ansiedad cuando en realidad tenemos TDAH o estamos en el espectro autista. A partir de la educación secundaria se incrementa la detección y diagnóstico del autismo en chicas adolescentes, especialmente aquellas que desarrollan cuadros emocionales, conductas autolesivas o inestabilidad emocional. Para entonces, ya hemos interiorizado narrativas dañinas sobre nosotras mismas, ya hemos sido medicadas inadecuadamente, ya hemos perdido años de intervenciones tempranas que podrían haber mejorado nuestra calidad de vida.

El trastorno de ansiedad es más habitual en las mujeres negras y los síntomas son más intensos que en las mujeres blancas. Esto no debería sorprendernos. El trauma racial es una realidad documentada que afecta la salud mental de las personas racializadas. Experimentar discriminación racial y la injusticia puede desencadenar estrés crónico, ansiedad, depresión y traumas raciales. Cuando esta experiencia de racismo cotidiano se cruza con una neurodivergencia no diagnosticada, el impacto en nuestra salud mental se multiplica exponencialmente.

La falta de profesionales de la salud mental con competencia cultural agrava este panorama. Solo el 5% de los terapeutas en Estados Unidos son negros, y en España la situación es probablemente aún más precaria. Cuando finalmente accedemos a servicios de salud mental, nos encontramos con profesionales que no entienden cómo el racismo estructura nuestra experiencia vital, que no reconocen las particularidades de cómo manifestamos la neurodivergencia, que aplican protocolos diseñados sin tener en cuenta nuestra realidad.

Como describe Luciana Viegas, es común entre las personas autistas negras salir del consultorio con el diagnóstico en una mano y la receta de medicaciones en la otra, sin garantía de tratamiento de calidad ni un diagnóstico acertado que mejore la calidad de vida. El modelo médico de la discapacidad, que se centra en déficits y limita a las personas que la tienen a estereotipos y listados de síntomas, resulta particularmente dañino cuando se cruza con prejuicios raciales. Este modelo no tiene en cuenta los factores sociales, el contexto vital, las barreras estructurales que enfrentamos las mujeres negras en sociedades atravesadas por el racismo y el machismo.

La perspectiva interseccional se vuelve entonces imprescindible para comprender la salud mental de las mujeres negras neurodivergentes. La discriminación que sufre una mujer negra con problemas de salud mental es algo más complejo que la mera suma del machismo, el racismo y el capacitismo. Estas opresiones no operan de forma separada, se entrelazan y se potencian mutuamente, creando experiencias únicas que requieren respuestas específicas desde el sistema de salud.

Las consecuencias de este doble silencio son profundas. En el cotidiano, los desafíos de la persona negra autista son diferentes a los de una persona blanca con el mismo diagnóstico. Una niña blanca teniendo una crisis recibirá apoyo, mientras que una negra puede ser vista como violenta o peligrosa. Esta realidad se extiende a la vida adulta. La comunicación oral puede ser un impedimento en el autismo, y hay muchos relatos de personas negras asesinadas por la policía antes de conseguir comunicarse. Para las madres negras de niños autistas, esta amenaza es una preocupación constante que añade otra capa de estrés a la ya compleja tarea de criar en un entorno hostil.

El acceso al diagnóstico a través de los sistemas públicos de salud presenta obstáculos adicionales. Las consultas se demoran demasiado, y la mirada hacia el autismo depende del abordaje del psicólogo o neuropsicólogo involucrado. Si llegaste a la vida adulta sin diagnóstico correcto, habrá depresión y ansiedad que tratar antes de abordar las necesidades específicas del autismo. Esto crea un círculo vicioso donde el retraso diagnóstico genera más problemas de salud mental, que a su vez dificultan aún más el acceso a un diagnóstico adecuado.

Luciana Viegas, pedagoga brasileña y activista, cofundadora del movimiento Vidas Negras con Deficiência Importam

En América Latina, movimientos como el VNDI Brasil están trabajando para visibilizar estas realidades y exigir políticas públicas que consideren la intersección entre raza y discapacidad. En 2025, el movimiento tuvo la oportunidad de presentar por primera vez ante la ONU la perspectiva de un movimiento negro con discapacidad, marcando un hito importante en el reconocimiento internacional de esta problemática. En España, necesitamos urgentemente espacios similares que articulen las luchas antirracistas con las luchas por los derechos de las personas neurodivergentes.

La construcción de una salud mental verdaderamente inclusiva pasa por reconocer que el conocimiento médico ha sido producido desde una mirada blanca, masculina y capacitista. Los instrumentos diagnósticos, los protocolos de tratamiento, incluso las definiciones mismas de qué constituye un comportamiento «normal» o «patológico», están atravesados por estos sesgos. Mientras no abramos paso a epistemologías diversas, a conocimientos producidos desde las propias comunidades afectadas, seguiremos perpetuando la invisibilización de las mujeres negras neurodivergentes.

Necesitamos profesionales de la salud mental formados en antirracismo y en perspectiva interseccional. Necesitamos investigaciones que incluyan de forma significativa a mujeres negras en sus muestras. Necesitamos protocolos diagnósticos que tengan en cuenta las particularidades de cómo se manifiesta la neurodivergencia en diferentes grupos raciales y de género. Necesitamos sistemas de salud pública que garanticen acceso equitativo a diagnóstico y tratamiento, independientemente del origen racial o la situación socioeconómica.

Pero sobre todo, necesitamos escucharnos entre nosotras. Las narrativas de mujeres negras neurodivergentes como Luciana Viegas, como las activistas del VNDI, como todas aquellas que están nombrando su experiencia y exigiendo ser reconocidas, son fundamentales para romper el doble silencio que nos ha oprimido durante décadas. Solo desde ese reconocimiento mutuo, desde esa construcción colectiva de conocimiento, podremos empezar a imaginar y a construir sistemas de salud mental que realmente nos cuiden.

Nuestras mentes neurodivergentes no son un déficit. Somos parte de la diversidad humana, y merecemos ser comprendidas y atendidas en toda nuestra complejidad. El camino hacia una salud mental antirracista y verdaderamente inclusiva comienza por reconocer que nuestro sufrimiento no es individual ni patológico, sino que está profundamente enraizado en estructuras de opresión que debemos desmantelar juntas.

*Afroféminas dispone de una sección de recursos para salud mental con un listado de profesionales racializados y documentos de interés accesibles.

Marián Cortés Owusu

Pedagoga


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