
Llevo dos semanas en cama sin poder moverme. Mi mente se debate entre migrañas extremas y pensamientos en bucle que me salvan de las jaquecas recordándome, torturadoras, que no está bien que no esté haciendo algo. Que no está bien que no esté luchando. Pero mi cuerpo no me responde. Ha dejado de pertenecerme y se ha rebelado ante el forcejeo al que lo tenía sometido. Llevo cuatro años ejerciendo sindicalismo de manera activa e ininterrumpida, y es la primera vez que el cuerpo no me obedece. He tenido que parar.

Mary Frances Winters acuñó y desarrolló el concepto de Black fatigue (fatiga negra) en su obra Black Fatigue: How Racism Erodes the Mind, Body, and Spirit, donde detalla el desgaste físico, mental y espiritual acumulado por generaciones debido a la exposición constante al racismo. Otras autoras, como Claudia Rankine e Ijeoma Oluo, y ensayos y novelas de James Baldwin, exploran de manera magistral y dolorosa las microagresiones cotidianas en los hábitos profesionales: el peso psicológico, emocional y físico de sostenerlas en el tiempo, que conduce al ahogo mental y a una presión asfixiante que termina por pasar factura irremediablemente, en algún momento, en la vida profesional de miles de personas negras en todo el mundo.
Winters define la fatiga negra como variaciones repetidas de estrés que resultan en un agotamiento extremo y causan dolencias mentales, físicas y espirituales que se transmiten de generación en generación. Las mujeres negras están estereotipadas como «trabajadoras» y han internalizado esta caracterización mediante el sobreesfuerzo, el sacrificio y el descuido de su salud. Deben priorizar el descanso sin disculparse, como parte del movimiento hacia la equidad y la liberación.
Llevo dos semanas en cama y la fatiga no desaparece; tengo el presentimiento de que con otro fin de semana no se podrá arreglar. Aun así, no duermo mucho. Los breves intercambios de piernas enroscadas con Morfeo no alimentan mi hipervigilancia, que se niega a abandonarme aún cuando le digo a mi sistema nervioso que estamos en un espacio seguro y que el peligro ya no nos puede tocar. No me cree. Y no lo culpo: tantos años sin escuchar sus reclamos han hecho que la confianza se fracture irremediablemente.

Y aquí estoy, pensando en cómo la lucha sindicalista, sin descanso y bajo ataques continuos, ha conseguido una despersonalización, un aislamiento y una falta de motivación en lo que antaño formaba parte crucial de mi identidad. Existe un término sociológico llamado la doble jornada y la pobreza de tiempo, que describe, de manera general, cómo la carga desproporcionada de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, sumada al empleo asalariado, agota las horas del día de las mujeres hasta privarlas de tiempo libre o discrecional. Esta restricción material no solo genera desgaste físico y mental crónico, sino que funciona como una barrera directa que les impide descansar, desarrollarse profesionalmente o disponer de la energía y la disponibilidad necesarias para militar o participar en la vida política.
Si a eso le sumamos que los espacios sindicalistas, en este caso, son círculos sumamente hostiles y monopolizados por una masculinidad que se niega a habitar sus propias contradicciones —una masculinidad que, aunque de izquierdas, muchas veces carece de autocrítica y de deconstrucción profunda—, no es de extrañar que aún sean espacios con necesidad de más mujeres liderando y formando parte activa de la lucha. No es de extrañar que, en todo el territorio español, siga buscando una hermana negra con la que entrelazar alianzas en la lucha obrera. Y no las culpo. Cuando los mismos espacios que deberían autodenominarse seguros y libertadores de todo tipo de discriminación son, hipócritamente, los que se cierran al diálogo antirracista en la práctica; cuando en esos mismos espacios coincides con perpetradores cómplices del patriarcado y el racismo, es normal que la no militancia sea más un resguardo y una supervivencia que un espacio de expresión y emancipación.
Para las mujeres negras, el síndrome de burnout atraviesa mucho más que la piel, el cuerpo, la mente y las emociones. Es un mal que aqueja al alma. Mi pobre alma, y el alma de todas las hermanas que cada día se enfrentan al duro golpe de no tener tiempo para parar y descansar hasta que ya es demasiado tarde.
La espiritualidad del agotamiento negro no se entiende simplemente como un cansancio personal, sino como una herida espiritual profunda causada por siglos de opresión sistemática, racismo y la exigencia histórica de producción ininterrumpida. Por eso, el burnout, cuando se interseca con la negritud, debe ir más allá del descanso como resistencia radical. Tiene que pasar por reclamar la divinidad de nuestros cuerpos y la humanidad de la que se nos ha despojado poco a poco, dejando en su lugar el vacío extremo de la incertidumbre de no saber siquiera quiénes somos ni por qué hacíamos lo que hacíamos en primer lugar.
El agotamiento también hay que entenderlo como la acumulación de un trauma intergeneracional que se aloja en el cuerpo y en el espíritu. Por eso, además de descansar, debemos reconectar con prácticas ancestrales y ritualistas que devuelvan el diálogo interrumpido con nuestra alma y le recuerden que ni ella ni el espíritu están destinados a vivir en un estado de supervivencia constante. No será fácil, no te voy a engañar. Debemos desaprender lo que nos han enseñado de manera mecánica e instrumentalizada. Pero ten paciencia con tu proceso y sé compasiva con lo que estás sintiendo y con los altibajos del camino. Estás aprendiendo a caminar de nuevo. Solo así el flujo con nuestra vulnerabilidad restaurará el diálogo con tu propósito, y el cuerpo sanará.
El descanso es una forma de resistencia porque altera el capitalismo y la supremacía blanca. Tu cuerpo es un lugar sagrado. El capitalismo no fue creado para que estemos bien: fue creado para que explotemos cada recurso de la tierra y de nuestro cuerpo en busca de beneficios. Cuando nos tomamos un tiempo para descansar, desacelerar y simplemente ser, estamos practicando la liberación en tiempo real. Como escribe Tricia Hersey en El descanso es resistencia: un manifiesto —y como intento, todavía torpemente, aprender a creerme—, descansar no es rendirse. Es la forma más radical que tenemos de decir que nuestra vida vale más que nuestra producción.
Dayana Catá
Educadora especial y escritora. Ante todo humana, negra, cubana, mujer y activista. Todo en ese orden y con el mismo grado de intensidad.


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