viernes, agosto 28

Prometido el cielo: representación, racismo y ausencia

El pasado 19 de agosto nos llegó a la redacción de la revista la invitación al pase especial de la película de la directora tunecina Erige Sehiri, Prometido el cielo, en el cine Renoir Floridablanca en Barcelona. Reconozco desde la vergüenza y la autocrítica que llevo mucho sin consumir historias negras en el cine. Mi alma sencillamente se cansó de presenciar historias de dolor, duelos y supervivencia, teniendo que revivir el malestar de ver a los nuestros siendo narrados desde una mirada que, aunque real, sigue perpetuando el discurso que oscila entre dos realidades diametralmente opuestas: la vulnerabilidad desgarradora y la superación heroica y caricaturesca. Pero en los personajes de la directora franco-tunecina encuentras un refugio casi arrullador de mujeres que no se victimizan. Como un soplo fresco, ellas no necesitan ser salvadas. Y solo te cuentan quiénes son a través de la placidez y lo bello de lo ordinario, y una fotografía digna de mención. El horror se camufla cotidiano, en diálogos agudos, miradas, gestos y una banda sonora inteligentemente escogida. Una obra inmensa donde las haya.

Mi artículo no irá sobre cuánta añoranza sentí al evocar la imagen de mis amigas negras de la juventud, ni en cómo, cuando salí del cine, llamé emocionada a mi abuela y le conté que Naney, una de las protagonistas, era idéntica a Caridad, una de nuestras primas de La Habana, y que verla en pantalla me había traído tantos recuerdos de la infancia. No. Mi artículo irá sobre algo en lo que me llevo percatando desde hace años. En muchos eventos, presentaciones de creadores y artistas negras/os y afrodescendientes, no estamos.

La presentación de la propuesta fue llevada a cabo por la ilustradora Nadia Hafid, ganadora de premios tan importantes como Mejor Autora Emergente en 2021, Premio de la Crítica, Asociación de Críticos y Divulgadores de Cómics de España, y colaboradora habitual de The New Yorker, The Economist, entre otros. Pero mi mirada se iba, una y otra vez, a recorrer toda la sala en búsqueda de coetáneos. A estas alturas de mis letras, las personas negras y racializadas que me están leyendo entienden perfectamente esta búsqueda, muy habitual dentro de una comunidad que, aunque heterogénea, no puede evitar buscarse siempre entre la multitud. Si mis números no me fallan, solo éramos cinco. ¿Pero por qué?

¿Será la barrera económica estructural? ¿Serán las dinámicas de gentrificación cultural? ¿Será la composición demográfica de los espacios urbanos? Este fenómeno no es aislado. El 9 de octubre de 2017 el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) sufrió uno de los escándalos más vergonzosos y polémicos del año. El espacio abrió sus puertas a una de las mayores referentes mundiales del afrofeminismo y la lucha antirracista. Y mientras Angela Davis accedía a un estrado que la esperaba, merecidamente, con los brazos abiertos, una inmensa cantidad de personas negras y afrodescendientes se quedaron haciendo colas en la calle sin poder entrar. Todos esos brazos eran blancos. Pero la polémica no quedó allí, porque semanas después las redes sirvieron de escenario campal cuando muchas asociaciones, activistas y colectivas denunciaron la priorización que se hace desde muchas instituciones al consumo blanco burgués. La apropiación del discurso antirracista como simple tendencia estética, progresista e intelectual es un mal del que nos llevamos quejando desde hace mucho tiempo, ya que despoja a los eventos de la dimensión comunitaria, dejando fuera, irónicamente, a quienes sufren racismo en su día a día.

¿Y cómo pelear contra la gentrificación y centralización de los espacios culturales? ¿Cómo hackear el objetivo comercial para que el marketing y los algoritmos de distribución no nos sigan excluyendo?

En la presentación pude conocer a Jonatan, un joven de dieciocho años que nació en Etiopía y fue adoptado con un año. La complicidad indescriptible del abrazo representativo, también es esto. Jonatan me habló de él y de cómo casi toda su vida ha sido consciente del racismo constante que puede llegar a sufrir una persona con rasgos o ascendencia africana en la sociedad occidental.

Lo que más le conmovió de la historia fue conocer las dificultades económicas y las experiencias de racismo que viven estas mujeres y, aun así, su decisión de hacerse cargo de una niña de cuatro años. «Me hizo pensar que, muchas veces, quien menos tiene es quien más da», me explicó. Quizá ahí reside una de las grandes fuerzas de la película: no convertir a sus protagonistas en víctimas, sino mostrar su humanidad, sus contradicciones y también su capacidad de cuidar.

Jonatan también percibió que la presencia de personas afrodescendientes en la sala era casi nula, algo que le generó tristeza. Pero su lectura no fue únicamente de reproche. Pensó también que para algunas personas negras este tipo de historias pueden resultar difíciles porque recuerdan experiencias propias o familiares. El cine, especialmente cuando habla de dolor y racismo, puede no ser siempre un espacio de refugio. Y quizá ahí exista también una de las razones de nuestra ausencia.

No cree que exista una única explicación. Puede estar en la asociación del cine con el ocio, y el rechazo a relacionarlo con historias de sufrimiento; pueden estar las experiencias de racismo que algunas familias africanas residentes en Cataluña cargan consigo; y está, inevitablemente, la poca visibilidad que tienen las producciones protagonizadas por personas negras fuera del contexto estadounidense. Si no nos vemos representados en la distribución, en la publicidad o en los espacios donde estas obras circulan, ¿cómo esperamos que lleguen hasta nosotros?

Pero hubo algo que me llamó especialmente la atención de su reflexión. Para Jonatan, compartir una sala mayoritariamente blanca no fue necesariamente una experiencia negativa. Al contrario, considera positivo que quienes no han vivido racismo puedan acercarse a estas historias y comprender que no son relatos lejanos. Saber que una persona que tienes al lado ha podido vivir una situación de discriminación puede hacerte más consciente de que estas realidades existen a tu alrededor. Y, en ese sentido, una sala blanca también puede convertirse en un espacio de aprendizaje.

Su mirada me obliga a matizar la mía. Quizá la pregunta no sea únicamente por qué no estamos, sino qué ocurre cuando estamos y qué ocurre cuando no estamos. Porque una película antirracista no debería convertirse en un producto consumido exclusivamente por quienes ya conocen el racismo. Pero tampoco puede construirse una conversación antirracista que olvide precisamente a las comunidades que viven sus consecuencias.

El debate está servido y, como siempre, apuesto por la autocrítica, la introspección y una deconstrucción pedagógica y disruptiva que, poco a poco, y no solo, ponga el foco en las dinámicas de poder, muchas veces sutiles, estructurales y sistemáticas, que crean situaciones como estas. Porque quizá esa sea también una de las grandes enseñanzas de Prometido el cielo: sus protagonistas no necesitan que nadie las salve, pero sí que alguien mire, escuche y reconozca sus historias. Tal vez con nuestras comunidades ocurra lo mismo. No necesitamos que nos abran la puerta como un gesto de caridad; necesitamos que dejemos de encontrarla cerrada. Y quizá el primer paso sea tan sencillo —y tan incómodo— como preguntarnos quién falta en la sala y por qué.

Dayana Catá

‌Educadora especial y escritora. Ante todo humana, negra, cubana, mujer y activista. Todo en ese orden y con el mismo grado de intensidad.



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