
Me he comprado un tocadiscos. No por nostalgia ni por estética, por una decisión ética. Quería salir de Spotify. No imaginaba que ese gesto aparentemente pequeño iba a abrir una puerta tan grande hacia la memoria.
Cuando fui a poner el primer vinilo, me di cuenta de algo curioso. No recordaba bien cómo colocar la aguja. Lo recordaba de forma borrosa, como un gesto aprendido por observación, no por práctica. Y enseguida entendí por qué. Cuando yo era niña, no era yo quien ponía los discos. Eran los adultos. En mi casa y en casa de mis abuelos, la música sonaba, pero no se explicaba. No se enseñaba. Estaba ahí, formando parte del aire.
En casa de mis abuelos paternos la música era, sobre todo, jazz. Era un lenguaje compartido. Mi abuelo, Gilberto Torres, solo se dejaba la barba blanca cuando había festival de jazz en La Habana. Era su manera de marcar el tiempo, de inscribirse en el acontecimiento. La barba no era una pose. Era un ritual.
Durante aquellos festivales —a principios de los años noventa— Dizzy Gillespie fue a La Habana. Y un día entró al salón de la casa de mis abuelos. No a un teatro ni a un club. A una casa. A su casa. Hay una foto de ese momento. Dizzy cruzando el umbral, y mi abuelo, con su barba blanca, recibiéndolo. No como fan, no como espectador. Como alguien que pertenece al mismo mundo.

Aquella casa era un lugar vivo. A veces se grababan programas de televisión allí. Chucho Valdés vivía cerca, había nacido en una casa próxima, y su hermana pasaba con frecuencia por casa de mis abuelos. Siempre había gente. Artistas, amistades, conversaciones, música.
En mi casa, en cambio, sonaban otras músicas. Rubén Blades, Ana Belén, Pablo Milanés. Canción política, canción popular. Dos casas, dos universos sonoros distintos, y una misma lógica. La música como parte de lo cotidiano. Nadie nos sentó para educarnos musicalmente. La cultura musical de nuestra generación no nació de una lección, nació de la convivencia con el sonido.

Mi abuela ponía discos mientras repartía el desayuno a todos los nietos. El jazz sonaba mientras la vida sucedía. Lo raro habría sido el silencio.
Hoy, muchos años después, me doy cuenta de algo que me inquieta. Durante mucho tiempo, en mi casa en España no había música. Nunca. La música se escucha con auriculares. Cada persona en su mundo. El sonido ya no ocupa el espacio común.
Ahora, con el tocadiscos, el sonido vuelve a entrar en casa. La música inunda las habitaciones, se mezcla con las conversaciones, con el ruido de la cocina, con la vida diaria. No se parece en nada a escuchar Spotify, ni siquiera cuando lo pones «de fondo» en la televisión. Es otra experiencia. Física. Compartida.
Tengo un disco de Nina Simone sonando en casa. A mi hija no le gusta especialmente. Y no pasa nada. A mí tampoco me gustaba especialmente la música que escuchaban mis abuelos cuando yo era niña. Hoy sé que esa música me habita. Forma parte de mi memoria, de mi sensibilidad, de mi manera de escuchar el mundo.
La música no necesita gustar para dejar huella. Necesita estar.
Empiezo a pensar que muchos de los problemas actuales en la creación musical tienen que ver con esto. No con la falta de talento, con la pérdida de una relación cotidiana con la música. Cuando la música deja de formar parte de la vida diaria, deja de ser lenguaje complejo y se convierte en producto rápido.
Antes también estaba la radio. En mi casa materna se escuchaba mucha radio. Para todos. El sonido era común. Hoy incluso el placer se ha privatizado. Todo pasa por los auriculares. Y creo que eso no es inocente. Tiene que ver con el individualismo, con la fragmentación, con la desaparición de lo compartido.
Mis abuelos ya no viven. Mi abuela murió el año pasado, con 98 años. Mi abuelo murió en 2006. La casa ya no está. Esa materialidad ya no existe. La música sí. Y la memoria también.
Volver al vinilo me ha devuelto el pasado. Me ha devuelto algo más esencial. La certeza de que la música puede volver a ser casa. Que puede volver a educar sin proponérselo. Que puede volver a unir generaciones sin pedir permiso.
Escuchar música, al final, era eso. Habitar juntos un mismo sonido.

Antoinette Torres Soler
Directora y Fundadora de Afroféminas
Lic. Filosofía. Máster en Comunicación de Empresa y Publicidad.
Cubana y española

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