miércoles, junio 17

Los relatos cansan

Cansan a quienes los cuentan. Cansan a quienes tienen que revivir una y otra vez el miedo, la humillación, el rechazo o la violencia para demostrar que existen. Cansan porque parecen no tener fin. Porque cada vez que una persona migrante toma la palabra, se le exige una nueva prueba de sufrimiento, una nueva confesión, una nueva exposición de su intimidad.

Durante años se nos dijo que era necesario contar las historias. Que había que poner rostro a las cifras. Que había que humanizar los datos. Que cuando la sociedad conociera las vivencias de las personas migrantes comprendería la injusticia y actuaría en consecuencia. Da igual cuántos años lleven en España: se les sigue preguntando por el desierto, por el hambre durante la travesía, por la familia que dejaron atrás, por el racismo en la escuela, por el momento exacto en que llegaron. Como si siempre tuvieran que regresar al mismo relato para ser escuchadas.

Pero ¿cuántas historias más hacen falta?

Vivimos en una época de sobreexposición informativa. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a testimonios, investigaciones, documentales, artículos, reportajes y experiencias personales. Disponemos de abundante información sobre el funcionamiento de las fronteras, los mecanismos de exclusión y las desigualdades que atraviesan la vida de las personas migrantes. Sabemos que existe discriminación en el acceso a la vivienda, al empleo y a la sanidad. Sabemos que el racismo no es una anécdota, sino una realidad cotidiana para millones de personas.

La información ya está ahí.

Por eso cada vez resulta más difícil sostener que el problema es el desconocimiento. Quien quiere entender tiene herramientas de sobra para hacerlo. Quien quiere escuchar encuentra voces por todas partes. Quien quiere aprender dispone de más recursos de los que cualquier generación anterior tuvo jamás.

Seguir reclamando relatos como condición previa para la empatía empieza a parecerse demasiado a una forma de consumo. Como si las personas migrantes tuvieran que seguir abriendo sus heridas para que otras puedan emocionarse durante unos minutos.

Hay algo profundamente injusto en esa exigencia.

Porque mientras unas personas tienen derecho a existir sin justificarse, otras deben narrarse constantemente para merecer consideración. Deben explicar quiénes son, de dónde vienen, qué han sufrido y por qué merecen ser tratadas con humanidad.

Resulta llamativo que se exija más a las personas migrantes demostrar que merecen derechos que a las instituciones y responsables políticos garantizar que esos derechos se cumplan.

A estas alturas, el problema no es que no dispongamos de información. El problema es qué hacemos con ella.

El racismo ya no puede refugiarse únicamente en la ignorancia. Existe pese al conocimiento. Convive con él. Lo atraviesa. Hay personas que conocen los hechos y aun así sostienen discursos racistas. Personas que escuchan testimonios y continúan defendiendo políticas discriminatorias.

No es una cuestión de falta de datos. Es una cuestión de voluntad.

Y también es una cuestión moral.

No debería ser necesario demostrar una y otra vez el sufrimiento ajeno para reconocer una injusticia. Nadie debería necesitar una colección infinita de testimonios para comprender que ninguna persona merece ser discriminada por su origen, su color de piel o su situación administrativa. La empatía no debería depender de una campaña permanente de sensibilización.

Quizá haya llegado el momento de dejar de pedir más relatos.

No porque las historias no importen. Han sido fundamentales.

Pero no podemos seguir depositando sobre las mismas personas la responsabilidad de convencer a quienes no quieren ser convencidos. Tampoco podemos seguir exigiéndoles que expongan una y otra vez aspectos íntimos de sus vidas para demostrar lo que ya debería ser evidente.

Todo depende, en última instancia, de la voluntad política. De la capacidad de transformar el conocimiento acumulado en decisiones concretas, en derechos garantizados y en una convivencia basada en la igualdad. Porque las historias pueden abrir los ojos, pero son las acciones las que cambian la realidad.

La cuestión ya no es qué más tienen que contarnos las personas migrantes. La cuestión es qué están dispuestos a hacer quienes tienen la capacidad de convertir el conocimiento en políticas y derechos.

Omnia Nr

Escribe para desahogarse, aunque por el camino termine desahogando también a quienes la leen. Convierte dudas, contradicciones, rabias y preguntas incómodas en columnas con algo de ironía y cero paciencia para los discursos vacíos.

A veces sus textos parecen una conversación; otras, un pequeño incendio elegante. En ambos casos, suele dejar algo ardiendo después de la última línea.



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