
N.H.I. quiere decir No Humans Involved, ningún humano involucrado. Eran las tres letras que algunos funcionarios del sistema judicial de Los Ángeles anotaban en los expedientes cuando el caso afectaba a jóvenes negros o a personas latinas. Una abreviatura de oficina que despachaba en un renglón la vida entera de una persona. De esa práctica, que salió a la luz durante el proceso abierto tras el apaleamiento de Rodney King en 1991 y la posterior absolución de los policías que lo golpearon, nació uno de los textos más afilados del pensamiento negro contemporáneo. Lo firmó Sylvia Wynter en 1994 y ahora llega por primera vez al castellano de la mano de Ediciones del Signo, en Buenos Aires, con el título N.H.I. Ningún humano involucrado.
El texto tiene forma de carta. Wynter se dirige a sus colegas de la universidad y les plantea una inquietud. Cómo es posible que una clasificación así se haya inventado, se haya escrito y se haya aceptado sin escándalo. La pregunta es demoledora. Por qué. Por qué el orden del saber que producimos en las aulas, en los congresos y en las revistas científicas deja fuera de la categoría de lo humano a determinados cuerpos. Wynter sostiene que la academia no observa el racismo desde la distancia. Lo fabrica, lo legitima y lo sostiene cada vez que elabora con rigor un sistema de jerarquías que termina decidiendo quién merece duelo y quién no.


Conviene saber quién está detrás de esas páginas. Sylvia Wynter nació el 11 de mayo de 1928 en Holguín, en una Cuba de paso para sus padres, una familia jamaicana que regresó a la isla caribeña cuando ella tenía dos años. Creció en Kingston, bajo el dominio colonial británico, en una escuela donde el inglés se enseñaba como lengua de la civilización y donde la historia de África y del Caribe sencillamente no figuraba en los libros. Ganó una beca que la llevó a estudiar al King’s College de Londres. Fue novelista, autora de The Hills of Hebron, dramaturga, ensayista y filósofa. Enseñó durante años en la Universidad de Stanford, donde se jubiló como profesora emérita, y en 2010 recibió la Orden de Jamaica. Su obra cruza la historia, la literatura, la neurociencia y la economía con una ambición poco común.
El corazón de su pensamiento cabe en una idea que ilumina toda la carta, la sobrerrepresentación del Hombre. Wynter explica que el humanismo europeo tomó una figura muy concreta, el varón blanco, cristiano, propietario y letrado, y la elevó a la categoría de medida única de lo humano. Todo lo que quedaba fuera de ese molde pasaba a ser una versión defectuosa o una negación del original. Las mujeres, los pueblos colonizados y las personas negras quedaban catalogadas como variantes menores. El acrónimo de los expedientes de Los Ángeles es la versión burocrática de esa operación de siglos. Cuando un orden de conocimiento decide de antemano qué cuenta como humano pleno, la policía y los tribunales solo aplican la consecuencia.
Aquí está la fuerza de la carta y la razón de leerla hoy. Wynter no se queda en el episodio de 1992. Muestra que aquellas tres letras eran la punta visible de una arquitectura mucho más honda, la ontología que Occidente construyó para ordenar el mundo en vencedores y condenados de la tierra. Esa arquitectura sigue operando en los controles de identidad por perfil racial, en los relatos que naturalizan la muerte de unos cuerpos y vuelven inconcebible la de otros, en la facilidad con la que ciertas vidas se archivan. Leerla nos coloca frente a nuestra propia responsabilidad, la de quienes escribimos, enseñamos y nombramos.

El prólogo de esta edición argentina lo firma Federico Pita, politólogo, activista afroargentino y fundador de la Diáspora Africana de la Argentina, conocida por sus siglas DIAFAR. Pita propone leer el texto de Wynter como un arma de combate, una herramienta contra el racismo internalizado en las estructuras políticas. Su lectura sitúa la carta en clave afrolatinoamericana y la conecta con la realidad de un continente donde la cuestión racial todavía pelea por ocupar el centro del debate. El volumen reúne así dos intervenciones que apuntan a lo mismo, mostrar la raza como principio de diferenciación social y desactivarlo. Para el público lector en español, contar con Wynter traducida y comentada desde el sur cierra una distancia que llevaba demasiado tiempo abierta.
Son apenas ochenta páginas. La extensión engaña, porque cada párrafo abre una galería entera de preguntas sobre la educación, la justicia y el lenguaje con el que repartimos humanidad. Recomendamos su lectura a quien quiera entender cómo una abreviatura administrativa puede contener un sistema completo de poder, y a quien busque herramientas para desmontarlo. Quien quiera adquirir el libro puede hacerlo directamente en Ediciones del Signo. Y para acompañar la lectura dejamos también nuestro perfil de Sylvia Wynter, la filósofa que dedicó su vida a redefinir qué significa ser humano.
Redacción Afroféminas

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