miércoles, mayo 20

La tragicomedia de ser una centennial mestiza

Desde bien pequeña, había aprendido mejor que nadie lo que era convivir con la mezcla entre mi españolitis y mis raíces afro. Una mezcla cultural que parecía tener vida propia, como si fuera un personaje secundario al que nadie había invitado, pero que siempre se acababa colando por alguna parte: En fiestas, en reuniones, en actuaciones escolares… Tendría yo unos seis o siete años cuando la famosa e incordiosa pregunta, ¿de dónde eres? Vino a mí con más fuerza que los cuadernillos Rubio en vacaciones.

Yo quería tener una infancia normal. Una infancia donde las preguntas sobre mi color, mi pelo y otras cuestiones (que no le importaban a nadie) no estuvieran presentes. Pero mi mezcla, fiel compañera de vida, se adelantaba. Y no le podía hacer sombra, porque sencillamente vivía en mí y para mí.

No es que quiera quejarme, aunque en mi derecho estoy, pero nadie me preparó para ello. En ningún manual de instrucciones se me advirtió de que mi identidad cultural se iba a convertir en una pesadilla, en un Gran Hermano 2.0. Supongo que a los niños (y a algunos adultos) les cortocircuitaba que una niña mestiza pudiese ser española (y fallera, si me apuras) sin necesidad de explicar el origen de mi querida y muchas veces puteada negritud, a la que ahora abrazo con tanto amor, cariño y respeto. En mi defensa diré, que mi madre no me parió con el objetivo de ser el rompecabezas de nadie.

Bastante tuvo ella con llevarme en el vientre durante nueve largos meses, como para tener que prever que su hija iba a ser el misterio sin resolver de los curiosos empedernidos. Aún así, con el pasar del tiempo, he de reconocer que las preguntas invasivas han disminuido progresivamente. No obstante, tengo que hacer mención especial a aquel profesor de 1º de primaria que, —por alguna extraña razón—, creía que mi madre era del Congo.

No recuerdo con todo lujo de detalles cómo salí de aquella conversación absurda. Como niña, y aún sabiendo que mi madre era de Guinea Ecuatorial, le dije que sí. Que mi madre era del Congo. Porque con tal de salir al recreo y comerme el bocadillo de Nocilla, era capaz de darle la razón a cualquiera que se me pusiera por el camino. Así que sí: mi existencia, por más que me pese, ha consistido en responder a preguntas ridículas y en sentirme desencajada, y muy lejos de tener un espacio donde mis dos identidades pudiesen converger adecuadamente sin tener que pelearse entre ellas.

Todo lo que puedo decir a estas alturas, es que a ser una centennial mestiza se aprende. Que no hay cura, —de los de sotana y misas de domingo— que haga milagros contra la ignorancia ajena. Que África no es un país y que Guinea Ecuatorial dejó de ser colonia española hace ya unas cuantas décadas.

Quizá por esto, —y por más historias que alguna vez tendré que contar—, me he autoapodado como más rizada que Lisa. Un peculiar homenaje a la tragicomedia de pertenecer a dos mundos y, sobretodo, al desesperado intento de ser yo misma, más allá de las expectativas ajenas y la Geografía mal estudiada de unos cuantos.

Lisa Burches

Graduada en Comunicación Audiovisual por la UOC



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