
Hace unos días celebramos los 98 años de Sylvia Wynter, filósofa jamaicana que lleva décadas denunciando que el humanismo europeo tomó un modelo muy concreto —el hombre blanco, cristiano, propietario, letrado— y lo elevó a medida de lo humano. Todo lo que quedaba fuera de esa figura era deficiente, peligroso, o directamente prescindible. Las mujeres, los pueblos colonizados, las personas negras eran existencias que el sistema clasificaba como variantes menores o negaciones del original. Wynter llamó a esta operación la sobrerepresentación del Hombre. Hoy esa misma operación tiene un nuevo rostro, y ese rostro se presenta como feminista radical.
El auge del feminismo occidental en las últimas décadas ha producido una figura universal de la Mujer construida sobre los rasgos, las experiencias y los valores de la mujer blanca, occidental y secularizada. Como ocurrió con el Hombre de Wynter, esta figura no se anuncia como particular. Se presenta como el horizonte de la liberación femenina, el parámetro desde el que se mide el nivel de opresión de cualquier mujer en cualquier parte del mundo. Y desde ese parámetro se decide quién merece solidaridad y quién representa una amenaza.
La mujer musulmana, especialmente la que porta velo, no encaja en esa imagen. El feminismo hegemónico no cuestiona su propio modelo. Convierte a la mujer musulmana en problema. La islamofobia deja de ser una forma de racismo y xenofobia para convertirse en posición feminista. Se la llama conciencia crítica, valentía laica, defensa de los derechos de las mujeres. Esa defensa opera exclusivamente dentro de los límites de un canon cultural muy específico, y fuera de esos límites la solidaridad se convierte en condena.
Lo mismo ocurre con las mujeres trans. El odio que una parte del llamado feminismo ha desplegado contra ellas es la consecuencia directa de tener un modelo fijo y cerrado de lo que una mujer debe ser. Ese odio cumple una función de vigilancia, traza el perímetro, y al hacerlo establece una complicidad con la extrema derecha y con los sectores conservadores que llevan décadas usando exactamente los mismos argumentos. La necesidad de fijar quién es mujer legítima no distingue de bandería política cuando el modelo subyacente es idéntico.

La misma lógica que expulsa a la mujer musulmana del perímetro de lo femenino legítimo ha puesto en el punto de mira al hombre migrante, preferiblemente negro o árabe, convertido en figura del violador. Ese feminismo radical ha entrado de lleno en ese juego. Usa los datos de agresiones sexuales con la misma selectividad con la que el racismo siempre ha usado las estadísticas, descontextualizando y desvinculando del racismo estructural que determina quiénes son más vigilados, más detenidos y más condenados por los mismos delitos que cometen en igual proporción personas de cualquier origen. Lo que empieza a asomar es la vieja tesis de la incompatibilidad cultural, la idea de que hay culturas con una disposición intrínseca a la violencia contra las mujeres que las sociedades occidentales deben frenar. Es el racismo de siempre con ropa nueva, y la puerta trasera por la que este feminismo termina de sellar su alianza con la xenofobia y con un proyecto político que no tiene nada que ver con la liberación de ninguna mujer.
Ninguna figura ha cargado con el peso de esa expulsión con tanta intensidad como la mujer negra. Dentro del humanismo colonial que Wynter analizó, la mujer negra ocupó siempre una posición límite. No del todo mujer según los parámetros del sistema, no del todo humana según sus jerarquías. El feminismo hegemónico no ha roto con esa herencia. La ha reproducido con vocabulario actualizado. La mujer negra es la no-mujer en ese esquema, la que excede los bordes del modelo, la que no termina de caber, la que incomoda con su sola presencia porque su existencia pone en evidencia que el universal nunca fue universal. Sojourner Truth lo enunció en una pregunta que no ha envejecido. ¿Acaso no soy mujer? La pregunta sigue sin recibir una respuesta honesta de este feminismo radical.
Cuando el feminismo negro señaló todo esto, la respuesta no fue el debate. Fue el ataque. Se nos acusó de divisivas. La acusación revela su propio mecanismo. Divisivas respecto a qué unidad. Respecto a una unidad que nunca nos incluyó, que se construyó en parte contra nosotras, que necesita nuestra subordinación para mantener su coherencia interna. Señalar los fallos de un sistema no lo divide. Demuestra que la unidad que proclamaba era una ficción sostenida por el silencio de las excluidas. El feminismo negro no dividió el movimiento. Reveló que el movimiento tenía fronteras que nunca había declarado.

Este feminismo hegemónico autodenominado radical, y las mujeres que lo encabezan, comparten más intereses, más argumentos y más posturas ideológicas con las mujeres que integraron el Ku Klux Klan que con Angela Davis o con las necesidades reales de las mujeres negras. No es una provocación. Es una descripción. Las mujeres del Klan también se creían protectoras, también defendían una imagen de feminidad que había que preservar a toda costa, también señalaban quién era la amenaza exterior. La diferencia con cierto feminismo contemporáneo está únicamente en el vocabulario que usan para justificarlo.
La pregunta de fondo es qué significa liberar. Un feminismo que produce islamofobia no está liberando a las mujeres musulmanas. Las está disciplinando. Un feminismo que odia a las mujeres trans no está defendiendo a ninguna mujer. Está administrando una jerarquía. Un feminismo que ataca al feminismo negro por señalar todo esto no está construyendo un movimiento más fuerte. Está protegiendo un privilegio. Y cuando ese feminismo converge con la extrema derecha en la figura de quién es la amenaza y quién merece ser protegida, la distancia que lo separa de nosotras se vuelve abismal.
Wynter nos enseñó que el problema no era que el humanismo colonial hubiera fallado en incluir a todos. Había sido diseñado para excluir. Lo que hoy llamamos feminismo radical ha ocupado la misma posición que el humanismo colonial. Ha producido su propio universal, ha trazado sus propias fronteras, y ha llamado liberación a lo que en realidad es una redistribución del privilegio dentro de los mismos esquemas de siempre.
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