
Hay políticos que solo existen en el ecosistema que los fabrica. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, es uno de esos fenómenos locales españoles que el periodismo afín ha vendido como figura «internacional» de la derecha dura, y que México acaba de desnudar con una precisión que ningún debate parlamentario en España había logrado. Ayuso solo aguantó seis de los diez días anunciados de su gira por México. Se fue antes. Sin agenda. Sin los discursos de cierre previstos en Monterrey. Sin los Premios Platino que supuestamente eran parte del programa. Y con una versión oficial de su gabinete que culpaba al gobierno mexicano de «boicot», como si la responsabilidad de lo ocurrido pudiera estar en cualquier otro lugar que no fuera ella misma.
Empecemos por el principio. Ayuso llegó a México en un momento delicado, cuando las relaciones entre España y México intentaban una recomposición diplomática tras años de tensiones. Lo que debería haber sido una gira institucional con vocación de acercamiento se convirtió, desde el primer día, en propaganda colonial. En una conferencia en la Universidad de la Libertad, institución vinculada al magnate Ricardo Salinas Pliego, afirmó que «las cadenas del socialismo» están acabando con la democracia en México y en España de la misma manera, y señaló a Morena, el partido gobernante, como responsable de lo que llamó una «cueva de ladrones«. Antes de pisar tierra mexicana, ya había calificado al país de «narcoestado«. Estaba claro que era una operación de imagen para consumo interno español.
El episodio que lo detonó todo fue el homenaje a Hernán Cortés. El evento estaba previsto en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, y la Arquidiócesis canceló la ceremonia religiosa apenas una hora antes del inicio, al considerar que no debía instrumentalizarse con fines ideológicos. Fuera del templo, decenas de integrantes de pueblos originarios portaban carteles con mensajes como «El genocidio no se bendice» o «La conquista fue violencia, no evangelización«, y exigieron a Ayuso que pidiera perdón a los pueblos indígenas de México y del continente. Aquí conviene detenerse un momento. México es un Estado con deudas históricas enormes con sus pueblos originarios y con su población afrodescendiente, que sigue enfrentando discriminación estructural y subrepresentación. Nadie en Afroféminas viene a idealizar al Estado mexicano ni a ningún gobierno en particular. Lo que sí decimos es que Cortés fue responsable de la masacre de Cholula en 1519, en la que murieron 6.000 personas, y fue criticado incluso por las autoridades judiciales de la época. Reivindicarlo en suelo mexicano es una provocación deliberada.
Los desplantes no tardaron. Su principal reunión institucional durante toda la estancia fue con la alcaldesa de Cuauhtémoc, un contacto considerado de perfil limitado dentro del panorama político mexicano. Ninguna figura relevante del gobierno federal la recibió. El Congreso de la Ciudad de México aprobó una declaratoria política de rechazo a su visita, con diputadas argumentando que México merece respeto y que la voluntad de su pueblo no está sujeta al juicio de quienes vienen de fuera a darle lecciones que nadie les pidió. En Aguascalientes, una diputada de Movimiento Ciudadano la abordó en el aeropuerto para reprocharle sus palabras sobre la Conquista. La respuesta de Ayuso fue «muy bien, venga», mientras discutía con ella. El descaro como única táctica disponible cuando ya no hay terreno argumentativo.

Lo que México puso en evidencia es algo que en España se sabe, pero que cierta prensa se encarga de silenciar sistemáticamente. Ayuso es un producto mediático sostenido con dinero público. El portal de transparencia de la Comunidad de Madrid ha sido señalado en estudios académicos como uno de los más opacos de España en materia de rendición de cuentas sobre publicidad institucional. Solo entre los medios más afines a su proyecto político, el gobierno de Ayuso destinó casi siete millones de euros: OkDiario recibió más de un millón y medio, EsRadio más de un millón, El Mundo casi tres millones. La frase que lo resume la pronunció su propio jefe de gabinete, Miguel Ángel Rodríguez: que no hace falta comprar a un medio de comunicación, basta con ser su mejor cliente. Ese ecosistema es el que ha fabricado la leyenda de Ayuso como líder imparable, como fenómeno político sin fisuras. Y ese ecosistema no viajó con ella a México.
Desde la Asamblea de Madrid, la izquierda ofreció disculpas públicas a México por una visita que calificó de «insultante, ridícula e ignorante». Manuela Bergerot de Más Madrid señaló la contradicción de llenarse la boca con la palabra hispanidad mientras se vota en contra de regularizar a las personas latinas que ya viven en Madrid. La hipocresía es, en este caso, arquitectónica.
Nosotras no nos sorprendemos. Desde Afroféminas llevamos años documentando cómo funciona este modelo político que combina discurso identitario español, apoyo judicial estratégico, financiación clientelar de medios y una prensa que actúa como amplificador sin distancia crítica. Lo que el episodio mexicano demostró es que fuera de ese aparato de protección, sin cámaras amigas, sin jueces disponibles, sin titulares fabricados de antemano, lo que queda es una política que no sabe debatir, que no tiene argumentos históricos sólidos, que convierte la provocación en método y la huida en comunicado oficial.
Ayuso acabó la semana acusando a la presidenta Sheinbaum de boicotear su viaje, un viaje que, por otro lado, ella misma había boicoteado despejando la agenda. La derecha dura europea, ese conglomerado de partidos, líderes mediáticos, operadores judiciales y opinadores de agitación, solo funciona cuando controla los resortes del poder. Cuando se le quitan las muletas institucionales, lo que aparece es cobardía y mucho ridículo.
México no necesitaba darle ninguna lección a Ayuso. Solo tuvo que existir como lo que es, un país soberano con memoria propia. Eso fue suficiente para que ella se fuera corriendo.
Afroféminas

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