
Cada 12 de octubre España repite el mismo ritual. Banderas en los balcones, desfile militar por la Castellana, la cabra de la Legión, tertulianos que hablan de gesta civilizatoria y de encuentro entre dos mundos, políticos que exigen orgullo y jamás piden perdón. La Hispanidad sale a la calle con olor a naftalina para celebrar un imperio que dejó de existir hace más de un siglo. Y quienes la celebran con más fervor suelen ser los mismos que, al día siguiente, señalan como problema a las hijas y los nietos de aquella conquista sangrienta cuando bajan de un avión en Barajas.

Conviene recordar de dónde viene la fecha. En 1918 se instituyó como Fiesta de la Raza, y la palabra raza no estaba ahí por casualidad. El franquismo la rebautizó como Día de la Hispanidad, alimentado por la idea de una comunidad de pueblos unidos por la lengua, la fe católica y la sangre, con España como madre y centro. La democracia la heredó y en 1987 la consagró como Fiesta Nacional. Cambió el nombre, pero el relato que la legitima quedó intacto. Se sigue celebrando la llegada de Colón como el nacimiento de algo glorioso y no como el principio de una catástrofe para millones de personas.
Hay algo profundamente estúpido en reivindicar un imperio que ya no existe. Es la nostalgia de quien vive de unas rentas que se agotaron hace generaciones. España perdió sus últimas colonias americanas en 1898 y desde entonces arrastra una herida de grandeza que nunca ha querido mirar de frente. La Hispanidad funciona como un calmante. Permite sentirse cabeza de una gran familia de naciones, una madre patria a la que sus hijas deben respeto y gratitud. Las madres de verdad no saquean a sus hijas. Las madres de verdad no las marcan con hierro ni las venden en subasta.
Basta con salir a la calle. Las grandes ciudades españolas, Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Sevilla, están llenas de personas racializadas que proceden de los restos de ese imperio. Las vemos en las terrazas sirviendo cafés, detrás de la barra de los bares, empujando la silla de ruedas de una señora mayor, limpiando portales al amanecer, repartiendo comida en bicicleta bajo la lluvia. Son ecuatorianas, colombianos, dominicanas, peruanos, hondureñas, venezolanos, cubanas. Hablan la lengua que impusieron a sus antepasados, muchas rezan al dios que llegó en las carabelas, llevan apellidos castellanos heredados de encomenderos y de amos. Son, en el sentido más literal, la Hispanidad que tanto se celebra. Y la misma sociedad que agita banderas el día 12 las mira el día 13 como intrusas.
Esta aparente contradicción se explica por el Racismo que los españoles se empeñan en negar. La Hispanidad tiene un color de piel preferido. El latinoamericano bienvenido es el que parece europeo, el de apellido italiano, el que pasa desapercibido en una cena de empresa. Las pieles oscuras que vienen de América, los rasgos indígenas, los cuerpos negros descendientes de la esclavitud, reciben otro trato. Se les pide la documentación en el metro. Se les cierra la puerta del piso de alquiler en cuanto el casero escucha el acento. Se les sigue por los pasillos del supermercado. Detrás de ese casting late un supremacismo blanco intrínseco que la retórica de la hermandad hispana no puede desmontar. La familia hispánica se quiere jerárquica, con la blanquitud arriba y el resto ordenado por grados de oscuridad, exactamente como lo dibujaban los cuadros de castas del siglo XVIII.
Hay una herida todavía más dolorosa. Muchas de las personas negras que hoy llegan desde el Caribe o desde el Pacífico colombiano descienden de africanas y africanos esclavizados bajo la corona española. España participó durante más de tres siglos en la trata transatlántica y fue de los últimos países en abolir la esclavitud en sus territorios. En Cuba no terminó hasta 1886. Grandes fortunas de Cádiz, Barcelona, Santander o Madrid se levantaron sobre el trabajo forzado en los ingenios azucareros. La propia familia real se enriqueció con ese negocio. La regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, y su esposo Agustín Fernando Muñoz hicieron dinero con la trata y con las plantaciones cubanas, tal como ha documentado la investigación histórica. Las bisnietas de aquellas personas vendidas cruzan hoy el Atlántico en sentido contrario y se encuentran con un país que les exige papeles, gratitud y silencio.
Una sociedad incapaz de aceptar su propio mestizaje difícilmente aceptará el que llega de América Latina. La península es hija de fenicios, romanos, judíos, árabes, bereberes, gitanos y africanos subsaharianos. En la Sevilla del siglo XVI, puerto de las Indias, vivía una numerosa población negra, esclavizada y libre, que con el tiempo se diluyó entre el resto y desapareció de la memoria oficial. Ese pasado se borró con la misma obsesión por la limpieza de sangre que la Inquisición convirtió en norma. La blanquitud española es, en buena medida, una construcción sostenida por la amnesia. Quien ha necesitado olvidar a sus propias abuelas negras y moriscas no está preparado para reconocerse en la cara de una mujer de Esmeraldas o del Chocó.

Frente a todo esto, una parte de la sociedad bienintencionada ha encontrado un argumento que repite en cada debate. «Vienen a pagar nuestras pensiones», dicen. Cotizan, sostienen la Seguridad Social, cuidan a los mayores, hacen los trabajos que nadie quiere hacer. Todo eso es verdad y todo eso es irrelevante. El argumento intenta dar una utilidad a nuestras vidas para convencer al racista que muchos españoles llevan dentro. Es un empeño inútil. El racismo no se combate con hojas de cálculo porque no nace de la razón económica. Nace del miedo, del desprecio y de una jerarquía aprendida desde la infancia. Y hay algo más grave. Justificar nuestra presencia por lo que producimos reproduce la lógica colonial que nos trajo hasta aquí. Durante siglos los cuerpos negros e indígenas solo valieron por lo que rendían en la mina, en el cañaveral, en la hacienda. Decir hoy que valemos porque pagamos pensiones es volver a ponernos precio.
No necesitamos ser útiles para tener derecho a estar. Estamos aquí porque la historia nos ha traído, porque esta tierra también se levantó con el oro, la plata, el azúcar y el tabaco arrancados a nuestros pueblos, porque migrar es un derecho humano y no una concesión.
Lo que falta en España no es un argumento mejor. Falta una catarsis emocional con un pasado que se omite en los libros de texto. El alumnado aprende el descubrimiento, la evangelización, la gramática de Nebrija y la queja eterna contra la leyenda negra. Aprende muy poco del exterminio de los pueblos originarios, de la encomienda, de la mita, de los barcos negreros que zarpaban rumbo a La Habana, de los cuadros que clasificaban a las personas por su porcentaje de sangre africana o indígena. La memoria colonial no ocupa ningún lugar en el debate público. Es un país que tampoco ha terminado de mirar a su propia dictadura, con fosas comunes todavía abiertas en sus cunetas. Una nación que no ha llorado a sus propios muertos difícilmente llorará a los que causó al otro lado del mar.
Esa catarsis no consiste en flagelarse. Consiste en nombrar. En contar la historia completa en las escuelas. En reconocer públicamente el daño, como han empezado a hacer otros antiguos imperios europeos. En revisar qué se celebra y por qué. En escuchar a los pueblos originarios y afrodescendientes de América cuando piden reparación, y dejar de responder con desdén cada vez que un gobierno latinoamericano reclama una disculpa. Hasta que eso ocurra, el 12 de octubre seguirá siendo la fiesta de los vencedores, y no habrá paz para las olvidadas y los olvidados de esta historia.
Las mujeres negras e indígenas que hoy limpian, cuidan y sirven en las ciudades españolas conocen esta historia mejor que cualquier manual. La llevan en la piel, en el apellido, en la memoria de sus abuelas. No esperamos que un desfile militar nos la cuente. Cada 12 de octubre seguiremos aquí, en las terrazas, en los hospitales, en las aulas, en las redacciones, recordando que la Hispanidad que se celebra con banderas tiene nuestra cara. Y que un país incapaz de mirarse en ella seguirá sin saber quién es.
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