lunes, mayo 11

Nosotras también hacemos pilates

Hace unas semanas, una escritora con bastante proyección ridiculizaba que la gente de barrio hiciera pilates o tomara té verde. No lo entendí. Y por eso estoy aquí, para dar mi opinión.

Hacemos pilates y también nos sentamos, a veces, con una taza caliente entre las manos, sin prisa.

Las que nacemos al otro lado de la frontera sur memorizamos el olor del té antes incluso de aprender a hablar.

Existe una idea persistente de que hay cuerpos, prácticas y formas de vida que no nos pertenecen. Como si el bienestar, el cuidado del cuerpo o incluso ciertos gustos estuvieran reservados para una élite económica y cultural. Como si hubiera que pedir permiso para estirarse, respirar o simplemente parar.

Pero la realidad es otra, mucho más compleja y, sobre todo, mucho más digna.

Hacemos pilates. Tomamos té verde. No por imitación ni por aspiración, sino porque el cuerpo siempre ha necesitado cuidado, incluso cuando la vida aprieta. Y cuando no lo cuidas, el cuerpo revienta. Se rompe.

Quienes venimos del norte de África lo sabemos bien. El té no es una moda ni un símbolo de estatus. Es cultura, historia, conversación, pausa. Y nunca ha hecho falta justificarlo.

Y ahí están también las madres migrantes, sosteniendo una taza de té y todo lo demás: la vida, los turnos imposibles, las esperas interminables, el racismo que atraviesa sus cuerpos agotados, cuerpos que nunca tuvieron derecho a parar.

Sin embargo, basta con que esas mismas prácticas pasen por ciertos filtros —cafeterías de diseño, nombres en otros idiomas, discursos de bienestar empaquetado— para que parezca que han sido descubiertas, refinadas o incluso reinventadas.

De pronto, el café se convierte en experiencia. El té, en tendencia. El descanso deja de ser una necesidad para convertirse en disciplina. Y el cuidado parece legítimo solo cuando viene acompañado de una estética concreta y de un cuerpo sano, productivo, funcional.

Y cuando aparecen prácticas como el pilates o el yoga, asociadas en el imaginario a las clases medias o altas, surge la sospecha. Como si mover el cuerpo con cuidado fuera incompatible con venir de donde venimos. Como si el bienestar no fuera compatible con nuestro origen o nuestro pasaporte.

Durante demasiado tiempo se ha querido fijar a las mujeres racializadas en una sola imagen: la del desgaste. La del cuerpo que aguanta. La del cansancio como identidad.

Pero para vivir también hay que aprender a respirar mejor. Y buscar espacios donde el cuerpo no duela tanto.

Hacer pilates no borra de dónde vienes. Cuidarte no te aleja de tu clase.

Al contrario: es una forma de no dejar que te rompan.

Como escribe Houria Bouteldja: “Cuanto más feos somos nosotros, más hermosos son ellos. Cuantas más faltas de ortografía cometemos, más los confirmamos en su autosatisfacción. Somos sus dobles maléficos y necesitan nuestro yo corrompido para mantener su inocencia”.

Por eso también necesitamos cuerpos fuertes, descansados y sanos. Porque la lucha no puede sostenerse únicamente desde el desgaste. Resistir también es cuidar el cuerpo.

Omnia Nr

Escribe para desahogarse, aunque por el camino termine desahogando también a quienes la leen. Convierte dudas, contradicciones, rabias y preguntas incómodas en columnas con algo de ironía y cero paciencia para los discursos vacíos.

A veces sus textos parecen una conversación; otras, un pequeño incendio elegante. En ambos casos, suele dejar algo ardiendo después de la última línea.



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