
Cada 8 de marzo se repite la misma historia. Hablamos de las mujeres como si fuéramos un bloque homogéneo. Como si la experiencia de ser mujer fuera compartida, reconocible, casi universal. Y no lo es. Una de las claves para entender por qué está en algo que rara vez se nombra de forma directa: la mirada y el régimen de representación.
La pregunta no es solo quién mira. La pregunta es qué mujeres pueden ser miradas como «mujer» y cuáles quedan fuera de esa categoría.
Cuando hablamos del male gaze solemos centrarnos en el deseo masculino. bell hooks fue más lejos y explicó que la mirada dominante en Occidente es también una mirada blanca, una mirada que convierte a las mujeres negras en objeto y nunca en sujeto de feminidad legítima. En Vendiendo bollitos calientes analizó cómo la sexualidad femenina negra fue construida históricamente como mercancía, como exceso, como disponibilidad permanente. Es una cuestión de poder racial. La representación no describe, produce jerarquía.
Hoy ese mecanismo sigue activo. Las plataformas de contenido, la publicidad, las series, las redes sociales, todo replica el mismo patrón. La mujer negra aparece hipersexualizada o invisibilizada, nunca en el lugar de la feminidad legítima, nunca en el centro del relato. Lo que bell hooks nombró hace décadas sigue siendo la gramática visual de nuestro presente.

Las mujeres blancas —especialmente quienes acceden a espacios de visibilidad— han estado históricamente dentro del marco de lo reconocible como «mujer». Eso no significa libertad. Significa acceso condicionado. Audre Lorde advirtió que «las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo». Estar dentro del sistema no implica cuestionarlo, y muchas veces implica adaptarse a sus reglas. Esas reglas exigen cuerpos normativos, estética disciplinada, delgadez, juventud, una feminidad deseable pero respetable. La visibilidad tiene precio, y ese precio lo pagan sobre todo las mujeres que no encajan en el molde. Mientras tanto, el feminismo blanco hegemónico celebra su visibilidad sin preguntarse a quién dejó fuera para conseguirla.
Kimberlé Crenshaw demostró que las mujeres negras no sufren racismo y sexismo por separado, como experiencias paralelas, sino como una estructura entrelazada que produce una exclusión específica. La interseccionalidad no es una suma de opresiones. Es una articulación que genera una experiencia propia, que el feminismo blanco ha tardado demasiado en querer ver. Angela Davis explicó cómo, desde la esclavitud, las mujeres negras fueron construidas simultáneamente como fuerza de trabajo y como cuerpos sexualmente disponibles. No eran vistas como «damas», ni como frágiles, ni como protegibles. Eran vistas como herramientas. Ese molde colonial no ha desaparecido, ha mutado. Hoy se expresa en la hipersexualización de los cuerpos negros en los medios, en la masculinización de las mujeres negras en el imaginario colectivo, en la negación sistemática de su vulnerabilidad cuando son víctimas de violencia.
bell hooks, en su análisis sobre el cabello, mostró cómo incluso la estética se convierte en campo de disciplinamiento racial. El pelo, los rasgos, la textura: todo lo que no encaja en el ideal blanco es corregido o castigado simbólicamente. Llevar el cabello natural sigue siendo hoy un acto político: en muchos países, las mujeres negras han perdido empleos por negarse a alisar su cabello, han sido expulsadas de espacios formales por llevar trenzas, han sido leídas como «poco profesionales» por tener el pelo que les creció. Las leyes Jim Crown en Estados Unidos no nació del vacío, nació de décadas de discriminación documentada. Históricamente, las mujeres negras han sido colocadas en dos extremos: hipersexualizadas o masculinizadas. En ambos casos se las expulsa del ideal de feminidad dominante, y esa expulsión tiene consecuencias materiales: menor reconocimiento como víctimas, menor protección institucional, mayor exposición a la violencia, cuestionamiento constante de su feminidad.
No todas las mujeres han sido construidas como «mujer» de la misma manera. El feminismo que no lo asume no es feminismo para todas.
A veces se piensa que estar fuera del ideal podría ser una forma de libertad. Audre Lorde lo dejó claro cuando escribió que el silencio no nos protege. La exclusión simbólica tampoco. No ser el ideal no implica escapar del sistema, implica ser leída desde otros estereotipos igualmente restrictivos, igualmente violentos, igualmente construidos para mantener el orden racial. La mujer negra que no encaja en el ideal blanco de feminidad no es libre. Es vigilada desde otro lugar. Sus excesos son regulados, su presencia es tolerada cuando resulta útil y descartada cuando no lo es. El sistema no la ignora: la gestiona desde la periferia.
Chimamanda Ngozi Adichie habló del peligro de una historia única: cuando una narrativa se impone como universal, borra todas las demás. Eso ocurre cuando el feminismo habla de «la mujer» sin nombrar las diferencias raciales, económicas y coloniales que atraviesan esa categoría. Cuando no se nombran esas diferencias, se universaliza la experiencia blanca, se invisibilizan violencias específicas y se reproduce jerarquía dentro del propio movimiento. Este 8 de marzo ese riesgo sigue presente. Los grandes titulares del día hablarán de «las mujeres». Las estadísticas generales ocultarán que la brecha salarial es mayor para las mujeres negras, que la violencia obstétrica las afecta de forma desproporcionada, que su trabajo de cuidados es el más precarizado, que su presencia en los espacios de poder sigue siendo la excepción dentro de la excepción. Una fecha pensada para visibilizar puede convertirse, sin querer, en otra forma de borrar.
El pensamiento negro feminista lleva décadas diciéndonos algo fundamental: la categoría «mujer» no es neutra. Está racializada. Está jerarquizada. Está históricamente construida. Bell hooks, Audre Lorde, Kimberlé Crenshaw, Angela Davis y Chimamanda Ngozi Adichie no escribieron para ser citadas en Instagram. Escribieron para que dejáramos de mirar sin ver. Este 8 de marzo no hacen falta discursos que nos igualen superficialmente. Hace falta análisis que incomode, que nombre lo que se prefiere callar, que sitúe en el centro a quienes el sistema coloca siempre en el margen. Porque hasta que eso no se asuma con todas sus consecuencias, la conversación seguirá incompleta. Y las mujeres que quedan fuera del marco seguirán pagando el precio de nuestra comodidad.
Afroféminas

Descubre más desde Afroféminas
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
