miércoles, enero 14

Cuando nos vemos, existimos: Teyana Taylor y el derecho a ser el centro

En estos tiempos convulsos, de retroceso político, discursos que cuestionan derechos conquistados y un clima cultural cada vez más hostil hacia la diversidad, la representación no es un lujo ni una moda: es una necesidad política, colectiva y emocional. 

Por eso, cuando una mujer negra pisa la alfombra roja, cuando su cuerpo, su talento y su historia ocupan un espacio que históricamente se le ha negado, cuando se reconoce su trabajo y su esfuerzo, aunque pueda parecer frívolo, no solo es un logro individual, sino un gesto profundamente colectivo en el que muchas de nosotras podemos refugiarnos. 

El reciente reconocimiento de Teyana Taylor en los Globos de Oro, quien fue galardonada  con su primer Globo de Oro en la categoría de actriz de reparto por su papel en la película Una batalla tras otra, así como su mera presencia en la ceremonia, no es causal ni simbólica, es el resultado de un talento innegable sí, pero también de una carrera construida a contracorriente en una industria que históricamente ha limitado la presencia de mujeres como ella. Y es precisamente por eso, que su logro trasciende lo individual y adquiere una dimensión profundamente colectiva. Su figura encarna algo grande: la posibilidad de romper con los apretados márgenes que la industria del cine y la cultura en general han confinado durante décadas a las mujeres negras. 

No es visibilidad, es legitimidad

Durante más tiempo del deseado, la representación de las mujeres negras en el cine ha sido escasa, condicionada y cargada de estereotipos. Las actrices negras eran relegadas a papeles secundarios, convertidas en apoyo emocional de protagonistas blancos, hipersexualizadas, sometidas, con poca personalidad o despojadas de complejidad, de mundo interior. Cuando una mujer negra protagoniza, escribe, dirige o es premiada, no sólo gana visibilidad, sino que gana legitimidad narrativa. Teyana Taylor, artista radical, creadora multidisciplinar, cuerpo político que, al igual que en el papel que representa en la aclamada película Una batalla tras otra no responde al molde tradicional de “mujer negra aceptable” del sistema establecido. Y es justo aquí donde radica su potencia y la importancia abismal que este premio representa. La presencia de Teyana desafía las lógicas de blanqueamiento colonial, estético y del silenciamiento emocional que todavía hoy operan en la industria cultural. 

Verse para poder imaginarse 

La representación importa y mucho, y sino que nos lo digan a nosotras… Porque cuando una niña negra con pocos referentes ve a una mujer como ella ocupar espacios de poder simbólico entiende, aunque nadie se lo diga explícitamente, que su futuro no tiene porque ser pequeño, que le pese a quien le pese, hay un universo infinito con el que soñar, y en el cual imaginarse.  

En contextos donde resurgen discursos racistas, misóginos y colonialistas sin ningún pudor, ver a mujeres negras triunfar no como excepción ni exotismo, sino como parte legítima de la narrativa dominante y el canon cultural, se convierte en un acto de resistencia en el que todas podemos sentirnos representadas. Y tampoco es casual que estos avances tengan que convivir con intentos constantes de ser desacreditados, minimizados y tachados de “agenda” o “doctrina”.

Los cuerpos negros como territorio político

El cuerpo de la mujer negra siempre se ha presentado como si de un campo de batalla se tratara. Controlado, explotado, juzgado, mutilado. Por eso, cuando ese cuerpo se presenta desde la autonomía, la autodeterminación, el amor y el deseo propios y la autorrepresentación, está haciendo política. 

En una alfombra roja, en un escenario, en una pantalla, con un micrófono en la mano, las mujeres negras no están solo siendo vistas sino que están reescribiendo que tienen derecho a estar ahí, a ser el centro de todas las miradas y toda la admiración. 

En un país que se asfixia en el retroceso, la cultura siempre es trinchera

La relevancia e importancia de este reconocimiento no se puede desligar del clima político y social que se está atravesando en este momento en los Estados Unidos. En un contexto marcado por el avance y el crecimiento de discursos populistas y reaccionarios, en el cual se cuestionan explícita y constantemente los avances en políticas de igualdad, diversidad, equidad e inclusión, en el que se persigue indiscriminadamente a quien no represente lo aceptable para quienes lideran estos discursos y en el que el recrudecimiento del racismo institucional y cultural es evidente, cada espacio que una mujer negra o no blanca ocupa, se vuelve profundamente político.

La industria cinematográfica estadounidense no es ajena a este momento histórico y social. Por el contrario, es uno de los escenarios donde se libra una batalla simbólica clave, donde los relatos en su mayoría siguen siendo marcados desde el filtro masculino blanco y donde las historias contadas desde una perspectiva racializada y feminista siguen siendo cuestionadas. Mientras se intenta recortar derechos y censurar narrativas con el fin de devolver a los márgenes a quienes nunca estuvieron plenamente en el centro, la presencia de mujeres negras en espacios de legitimación cultural es una forma de resistencia casi subversiva.   

A nadie le extraña que en medio de todo este clima de polarización y retroceso, se intensifiquen los ataques a la representación por parte de quienes se niegan a entender las verdaderas consecuencias de todos estos avances, a través de acusaciones de exceso de diversidad, agenda ideológica o politización del arte. Como si el arte no hubiera sido siempre político. Como si lo verdaderamente ideológico no fuera en realidad el relato dominante creado desde la exclusión. 

En tiempos donde todo lo alcanzado en avances sociales parece estar en riesgo, la representación no es un adorno que queda bien en la foto. Es memoria, es resistencia, es futuro. Y cuando en mitad de este clima, una mujer como Teyana Taylor es reconocida celebrar su éxito no implica caer en fanatismos ni triunfalismos. La industria sigue siendo desigual, las oportunidades limitadas, y los reconocimientos excepcionales. Por eso y por mucho más, todo lo que Teyana merece a nivel personal, al final nos está ensanchando el espacio a todas las demás y nos invita a actuar desde el recordatorio, incómodo para algunos, de que aquí seguimos, creando, mostrándonos, reclamando legitimidad, ocupando espacios públicos… y que, se pongan como se pongan, no pensamos irnos. 

Sandra McClean Montoya 

Psicóloga y educadora. De Valencia

Profesora de español, literatura española y Culturas Hispanas en Nueva York.

IG: @sandrolamc / @sandramccleanspanishcoach 

Website: www.sandramccleanspanishcoach.com



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