
Llega el verano y con la presión del cuerpo que debe estar listo para ser visto, juzgado y, sobre todo, clasificado. El llamado «cuerpo de playa» es un dispositivo de control que opera de forma diferente sobre nuestros cuerpos, cruzando la gordofobia con el racismo, la hipersexualización con la invisibilización, y la vigilancia estética con una historia colonial que nunca terminó de cerrarse.
El cuerpo negro como espectáculo
La hipersexualización del cuerpo negro femenino tiene una fecha de comienzo, un nombre y una jaula. Sara Baartman, la mujer khoikhoi exhibida en Europa en el siglo XIX bajo el nombre de Venus Hotentote, cuyas nalgas y anatomía fueron objeto de escrutinio científico y espectáculo público. Lo que se hizo con su cuerpo —reducirlo a rasgo, convertir su corporalidad en curiosidad, negarle la condición de sujeto— es la raíz de una mirada que hoy se actualiza en los comentarios de las redes sociales, en las portadas de las revistas de verano y en la playa misma.
Cuando el verano llega, el cuerpo negro vuelve a entrar en una doble trampa: o es exotizado y hipersexualizado —»tienes un cuerpo increíble para ser negra», «las negras tienen más ritmo, más curvas, más»— o es invisibilizado en los estándares de belleza dominantes que siguen sin incluirnos. Las dos operaciones son caras de una misma lógica colonial: el cuerpo negro como objeto de fascinación o de exclusión, nunca como cuerpo ordinario con derecho a existir sin explicación.
Lo que el «cuerpo de playa» exige a las mujeres negras
El ideal del «cuerpo de playa» tiene sus propias versiones racializadas. A las mujeres negras se nos exige un cuerpo que cumpla simultáneamente con dos mandatos contradictorios. El del canon europeo de delgadez —cintura estrecha, vientre plano— y el del estereotipo racializado de curvas prominentes. Como señala la socióloga Sabrina Strings en Fearing the Black Body, la gordofobia tiene sus raíces en la anti-negritud. El rechazo del cuerpo gordo en Occidente se construyó históricamente sobre el rechazo del cuerpo negro. El resultado es que las mujeres negras navegamos entre dos sistemas de opresión que se refuerzan mutuamente.

bell hooks escribió que el sistema de representación dominante convierte los cuerpos negros en superficie de proyección de los deseos y los miedos de la cultura blanca. Grada Kilomba, en Memorias de la Plantación, va más lejos y señala que la mirada colonial no solo define quién es deseable, sino quién tiene derecho a ser sujeto. Cuando una mujer negra aparece en una playa, ese derecho se pone en cuestión antes de que diga una sola palabra.
Gordas, trans, con discapacidad, mayores
La presión estética del verano se ceba especialmente sobre quienes habitamos varias marginalidades a la vez. Las mujeres gordas —negras o no— enfrentamos la gordofobia que penaliza cualquier cuerpo que no sea delgado, y cuando a eso se suma el racismo, las formas se convierten en estereotipo o en blanco de comentarios que se disfrazan de cumplido. Las mujeres trans cargan con la violencia de un sistema que cuestiona la legitimidad de sus cuerpos antes incluso de llegar a la playa, y esa violencia se multiplica cuando la identidad trans se cruza con la negritud, la gordura o la discapacidad. Las personas con discapacidad quedan directamente fuera del marco del «cuerpo de playa», que es siempre capaz, siempre sin marcas visibles de enfermedad o diferencia, siempre diseñado para cuerpos que el sistema considera normativos. Las mujeres mayores desaparecen del imaginario por completo. El verano mediático es un territorio de juventud, y esa juventud tiene un color y una talla muy concretos.
Sonya Renee Taylor lo escribió en su magnífico El cuerpo no es una disculpa. El odio al propio cuerpo no es una experiencia individual, es el resultado de sistemas que nos enseñan que determinados cuerpos no merecen ocupar espacio. Para las mujeres negras, ese aprendizaje llega acompañado de una capa adicional, la de un racismo que históricamente ha utilizado nuestros cuerpos para definir los límites de lo humano.
Las mujeres negras llevamos siglos construyendo formas propias de habitar nuestros cuerpos al margen de lo que el sistema decidía que debíamos ser. Esa tradición existe, es nuestra y no necesita validación externa.
Este verano, como cada verano, las mujeres negras iremos a la playa. Con los cuerpos que tenemos, gordos, delgados, con cicatrices, con estrías, con curvas o sin ellas, jóvenes o mayores, con o sin discapacidad, trans o cis. Sin deberle a nadie una explicación ni una disculpa. Y también irán mujeres que por primera vez se permiten ocupar ese espacio sin vergüenza, mujeres que llevan años haciéndolo y que ya no miran alrededor para comprobar si tienen permiso.
La resistencia más radical no es alcanzar el «cuerpo de playa». Es rechazar la idea de que existe un cuerpo que merece la playa más que otro. Nuestros cuerpos no son espectáculo, no son estereotipo, no son superficie sobre la que proyectar ni la fascinación ni el rechazo de nadie. Son nuestros. Y eso, en una cultura que lleva siglos intentando apropiárselos, sigue siendo un acto político y también un acto de alegría.
Redacción Afroféminas

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