martes, octubre 13

La unidad de la izquierda se mide en nuestros cuerpos

Hay debates que para algunas personas son una cuestión de estrategia y para otras son una cuestión de supervivencia. El debate sobre la unidad de la izquierda a la izquierda del PSOE de cara a las elecciones del 29 de noviembre pertenece a esta categoría. Desde Afroféminas queremos fijar nuestra posición con claridad, sin rodeos y sin la cortesía que a veces se exige a quienes hablamos desde los márgenes. Lo que está en juego en estas elecciones no es lo mismo para todo el mundo. Y conviene que quienes se sientan a negociar listas, siglas y liderazgos lo tengan presente cada minuto.

Empecemos por lo evidente, que parece que hay que repetir una y otra vez. Si la extrema derecha llega al poder en coalición con el PP, las personas más perjudicadas seremos las personas racializadas. Las personas negras, las personas migrantes, las personas extranjeras que no tenemos la piel del color que el discurso nacionalista considera propio. No lo decimos desde el victimismo que tanto les gusta atribuirnos. Lo decimos desde el análisis frío de cómo funciona el poder.

Somos un objetivo fácilmente definido. Somos una minoría. Tenemos menos derechos de partida. Y sobre nosotras se pueden aplicar con enorme facilidad las políticas de prioridad nacional, ese eufemismo que esconde algo muy sencillo de entender. Prioridad nacional significa darnos menos derechos a quienes no somos consideradas parte de la nación. Significa una fila delante y otra detrás. Significa que en el acceso a la vivienda, a las ayudas, a los servicios públicos, a la sanidad, a la educación, habrá personas de primera y personas de segunda. Y ya sabemos en qué fila nos van a colocar.

Estas políticas no se aplican en abstracto. Se ensayan sobre cuerpos concretos. Se prueban primero sobre quienes tienen menos capacidad de defenderse, menos voz pública, menos redes, menos papeles, menos tiempo para protestar porque están ocupadas sobreviviendo. Y cuando funcionan, cuando la sociedad se acostumbra a ellas, cuando dejan de escandalizar, se extienden. Así ha funcionado siempre la maquinaria del racismo institucional. Nuestros cuerpos son el laboratorio.

Y aquí es donde la cuestión de la unidad de la izquierda deja de ser un asunto de despachos y se convierte en una cuestión vital.

Ya lo hemos dicho en otros textos en esta casa y lo volvemos a decir. Para muchas personas feministas y de izquierdas blancas, un gobierno de extrema derecha será incómodo. Será desagradable. Será motivo de indignación, de manifestaciones, de columnas de opinión, de conversaciones amargas en la sobremesa. No queremos restar importancia a esa incomodidad, porque también traerá retrocesos reales para ellas, sobre todo en derechos de las mujeres y de las personas LGTBI. Lo que señalamos es la distancia. Para ellas será incómodo. Para nosotras será la diferencia entre poder quedarnos o no, entre tener un techo o no tenerlo, entre ser atendidas o ser expulsadas.

Porque no partimos de cero. Partimos de una situación de enorme precariedad. Cuando se habla de la crisis de la vivienda en España, se habla de jóvenes que no pueden emanciparse, de alquileres imposibles, de familias que dedican la mitad de su sueldo a pagar un piso. Todo eso es verdad. Para las personas racializadas, la realidad va mucho más allá. No es que tengamos un difícil acceso a la vivienda. Es que buena parte de nuestra gente vive en pisos patera, en habitaciones subarrendadas, en infraviviendas, en situaciones que la mayoría de la sociedad prefiere no mirar. Vivimos en los márgenes. Literalmente en los márgenes.

Ahora imaginemos qué ocurre cuando sobre esos márgenes cae un gobierno que ha hecho de la prioridad nacional su bandera. Imaginemos qué ocurre cuando quien ya está en el borde recibe el empujón. Quien está en el centro puede perder algo. Quien está en el borde cae.

Por eso, cuando escuchamos las negociaciones, los vetos cruzados, las disputas por quién encabeza qué lista, las viejas heridas que nadie quiere cerrar, sentimos algo parecido a la rabia. Porque mientras se discute quién se queda con la foto, nosotras miramos el calendario con miedo.

Queremos detenernos en una cuestión que para nosotras no es menor. Desde Afroféminas celebramos que Gabriel Rufián no vaya a ser el líder de una posible alianza de las fuerzas a la izquierda del PSOE. Lo decimos con toda claridad. Es una buena noticia.

En los últimos tiempos, Rufián ya estaba virando hacia un discurso securitario. Ponía la seguridad en el centro y, al hacerlo, compraba los argumentos de la extrema derecha. Hablaba de que en los barrios humildes la gente lo estaba pasando mal porque había muchos extranjeros. Ese marco tiene un nombre y un dueño. Es el marco de quienes llevan años construyendo la idea de que la persona migrante es el problema, de que la inseguridad tiene color, de que la pobreza de los barrios obreros se explica por la presencia de quienes llegaron de fuera y no por décadas de abandono, especulación y desigualdad.

Cuando alguien de la izquierda asume ese marco, no está disputando a la extrema derecha. Le está dando la razón. Está legitimando su diagnóstico y, con ello, allanando el camino a sus soluciones. Porque si el problema son los extranjeros, la solución lógica será expulsarlos, restringirles derechos, colocarlos al final de la fila. La prioridad nacional empieza en esas frases aparentemente razonables, dichas con tono de sentido común, por alguien que dice estar de nuestro lado.

Para nosotras, el antirracismo no puede ser un adorno ni un párrafo de compromiso en un programa electoral. El antirracismo debe ser brutal. Debe ser innegociable. Debe estar en el centro, y no en la periferia, de cualquier proyecto que se diga transformador. Una izquierda que cede en el antirracismo para ganar votos en los barrios es una izquierda que ya ha decidido quién es prescindible. Y ya sabemos a quién señala ese dedo.

Por eso es importante quién lidera. Por eso importa el discurso. Por eso no da igual quién se ponga al frente. Las palabras de un líder político no son solo palabras. Son permisos. Le dicen a la sociedad qué se puede pensar, qué se puede decir y qué se puede hacer. Un líder de izquierdas que habla de los extranjeros como un problema de seguridad da permiso para que el vecino, el policía, el casero y el funcionario nos traten como sospechosas.

Queremos ser honestas también en otra cosa. No tenemos mucha fe en que esta unidad salga adelante. Hemos visto demasiadas veces cómo las fuerzas a la izquierda del PSOE se fragmentan, se enfrentan, se desgastan en disputas que a quienes vivimos en los márgenes nos resultan incomprensibles. Hemos visto cómo los egos, las cuotas y los agravios acumulados pesan más que la urgencia del momento. Nuestro escepticismo no nace del cinismo. Nace de la experiencia.

Y aun así escribimos este texto. Lo escribimos porque, si sirve de algo, queremos que sirva para que quienes están negociando piensen en nosotras. Que piensen en las personas racializadas, en las personas negras, en las migrantes, en las extranjeras, en todas las que van a quedar tiradas en la cuneta si la extrema derecha llega al poder. Que piensen que somos el objetivo principal. Que piensen que no tenemos la red de seguridad que tienen otras. Que piensen que no habrá una segunda oportunidad para quien sea expulsada, desahuciada o empujada a la clandestinidad.

Nos dirigimos de manera directa a Irene Montero y a todas las personas que en estos días tienen en sus manos la posibilidad de construir algo. Sabemos que la unidad cuesta. Sabemos que hay heridas reales y desconfianzas fundadas. Sabemos que cada organización tiene su historia, sus razones y sus límites. Os pedimos que pongáis todo eso en perspectiva. Os pedimos que miréis más allá de vuestras organizaciones y penséis en quienes no tenemos escaño, ni portavoz, ni micrófono, y vamos a pagar el precio más alto de vuestro fracaso.

Os pedimos también que esa unidad, si llega, no se construya sobre nuestras espaldas. Que no se compre la tranquilidad de una alianza al precio de rebajar el antirracismo. Que no se nos pida silencio en nombre de la estrategia. Que no se nos diga que ahora no toca, que primero hay que ganar y después ya hablaremos de lo nuestro. Lo nuestro es ahora. Lo nuestro siempre ha sido ahora, porque es en nuestros cuerpos donde se ensayan las políticas que después se extienden a todo el mundo.

La historia nos ha enseñado que el fascismo no llega de golpe. Llega poco a poco, empezando por los cuerpos que a la mayoría le importan menos. Llega con leyes que parecen pequeñas, con medidas que afectan a una minoría, con discursos que suenan razonables. Y cuando la mayoría quiere reaccionar, ya es tarde para las primeras víctimas. Nosotras somos esas primeras víctimas. Lo sabemos porque lo hemos visto en otros países, porque lo llevamos en la memoria de nuestras familias, porque lo leemos en la historia de la diáspora africana en todo el mundo.

Las mujeres negras hemos aprendido a sobrevivir en contextos hostiles. Hemos aprendido a organizarnos, a cuidarnos entre nosotras, a resistir cuando nadie más lo hacía. Seguiremos haciéndolo pase lo que pase el 29 de noviembre. No necesitamos que nadie nos salve. Lo que exigimos es que quienes dicen estar de nuestro lado no nos abandonen por cálculo, por orgullo o por incapacidad de ponerse de acuerdo.

La unidad de la izquierda no se mide en encuestas ni en escaños. Se mide en nuestros cuerpos. Se mide en cuántas de nosotras podrán seguir teniendo una tarjeta sanitaria, un permiso de residencia, un techo, una escuela para sus hijas. Se mide en si el miedo que sentimos hoy se convierte o no en la realidad de mañana.

Pensad en nosotras. Porque nosotras ya estamos pensando en lo que viene.

Afroféminas



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