
Casi nunca nos preguntamos quién limpia el mundo. No en sentido metafórico. Quién barre la estación antes de que llegue el primer tren, quién friega el pasillo del hospital a las cinco de la mañana, quién vacía las papeleras de la oficina cuando ya no queda nadie, quién recoge la basura que produce una ciudad entera cada noche. La respuesta, en casi cualquier lugar del planeta, tiene rostro de mujer empobrecida y racializada. Y la segunda pregunta, la que casi nadie formula, es todavía más incómoda. Quién garantiza que esas mujeres tengan agua caliente, jabón, compresas, un baño digno, un rato de intimidad para lavarse.

De eso trata Por un mundo más limpio. Vidas desperdiciadas, medio ambiente desperdiciado y capitalismo racial, el libro de Françoise Vergès que acaba de publicar Akal en castellano. La editorial lo ha sacado también en catalán, Fer del món un lloc més net, y con este título suma ya un cuarto libro de la autora en su catálogo, después de Un feminismo descolonial, Una teoría feminista de la violencia y Programa de desorden absoluto. Que una editorial generalista haya apostado cuatro veces por el pensamiento decolonial de una mujer de la Isla de la Reunión dice algo sobre cómo ha cambiado el mapa editorial en lengua castellana en la última década.
Vergès nació en 1952, creció entre la Reunión y Argelia, se formó como periodista en París y luego se doctoró en Berkeley. Hoy investiga en el Sarah Parker Remond Centre for the Study of Race and Racialization del University College de Londres. Su biografía intelectual es la de alguien que nunca separó la escritura del activismo. Cofundó el colectivo Décoloniser les arts, ha comisariado visitas decoloniales en museos, ha dirigido documentales, ha trabajado con artistas. Ese recorrido importa para entender el libro, porque Por un mundo más limpio no está escrito con el pulso del tratado académico. Está escrito con urgencia.
Lo que hace Vergès aquí es un gesto aparentemente modesto y en realidad demoledor. Toma la limpieza, la tarea más banal que existe, la que ninguna tradición filosófica ha considerado digna de teoría, y la convierte en instrumento de análisis del mundo entero. A lo largo de treinta y ocho secciones breves examina las relaciones sociales que han hecho de limpiar un trabajo pesado, racializado, feminizado y mal pagado, y que a la vez resulta absolutamente imprescindible para que cualquier sociedad funcione. Una sociedad puede pasar meses sin gestores de fondos. No sobrevive una semana sin quien limpie.
El concepto que articula el libro es el de negación estructural. Vergès habla de las políticas que desperdician tierras, cuerpos y recursos, y que privatizan el agua potable, la vivienda y el acceso a servicios de salud. Políticas de negación organizada de necesidades vitales, repartida según criterios raciales. La palabra estructural no es un adorno retórico. Marca la diferencia entre entender la miseria como un fallo administrativo, algo que se corrige con mejor gestión, y entenderla como un diseño que funciona exactamente como fue concebido. Cuando una mujer migrante en un albergue comparte una ducha sin agua caliente con otras veinte, eso no es un descuido presupuestario. Es el resultado previsible de un sistema que ha decidido de antemano de quién son las necesidades que cuentan.


De ahí sale otra de las ideas centrales, la del blanqueamiento de la limpieza. La higiene, tal como la entiende Occidente, no es un saber neutro. Se construyó en el mismo periodo y con los mismos materiales ideológicos que la empresa colonial, y heredó su lógica. Lo limpio quedó asociado a lo blanco, lo sucio a todo lo demás. Y se produjo una inversión perversa que Vergès señala con mucha puntería. Quien limpia queda marcado como sucio. Quien no limpia nunca se considera a sí mismo limpio. Los binarismos que conocemos bien, limpio y sucio, inodoro y maloliente, civilizado e incivilizado, no son descripciones de la realidad. Son mecanismos de reparto. Sirven para decidir quién tiene derecho a lo elemental y quién debe agradecer lo que le den.
Ese es el punto donde el libro golpea más fuerte a quienes leemos desde una posición racializada. Lo elemental. El agua, el jabón, la compresa, el espacio para lavarse, el tiempo para descansar. Necesidades que se consideran demasiado triviales para figurar en una agenda política seria, y cuya negación sistemática a las mujeres negras, migrantes, presas, refugiadas, internadas, es una de las formas más eficaces y más silenciosas del racismo contemporáneo. Vergès sostiene que trivializar esas necesidades y asociar a quien las reclama con la suciedad es una operación conjunta del racismo estructural y de las normas patriarcales. Reclamar una ducha limpia parece reclamar poco. Es reclamar el derecho a la vida.
El otro frente que abre el libro apunta a un lugar donde muchas esperaríamos encontrar aliados. El ecologismo blanco. Vergès describe cómo el capitalismo racial ha aprendido a hablar el idioma de la sostenibilidad, el reciclaje y el bienestar, y ha convertido esa lengua en una coartada que permite consumir sin culpa. Las mismas corporaciones que devastan territorios enteros mantienen programas de apoyo a mujeres y niñas en las comunidades que ellas mismas empobrecen. La contradicción es tan grosera que resulta difícil de creer hasta que se enumeran los casos. Y Vergès va más lejos, apunta que el Occidente colonizador se ha autoadjudicado el papel de administrador del planeta, la misma posición de tutela que ejerció durante siglos, ahora con vocabulario verde. Un ecologismo que no nombra el racismo ni el colonialismo está gestionando la catástrofe, no combatiéndola.
Frente a todo eso, la propuesta que da título al libro. Vergès acuña el concepto de limpieza decolonial y lo define con claridad. Cuidar la tierra, los seres humanos, las plantas, los animales y los ríos, no para disciplinarlos, no para convertirlos en mercancía ni en objeto de conservación, sino como práctica dedicada a sostener el mundo vivo. Es una redefinición completa del verbo. Limpiar deja de ser retirar lo que molesta y pasa a ser sostener lo que vive. Apoyándose en Ruth Wilson Gilmore, plantea que construir instituciones que afirmen la vida y organizarse contra el blanqueamiento de la limpieza genera espacios reales de libertad. No espera a que las instituciones existentes se reformen. Propone otras.
Queda por decir lo que este libro significa leído desde aquí. En el Estado español, la limpieza y el trabajo doméstico son un sector con rostro de mujer migrante y racializada, y con una historia jurídica que ilustra el argumento de Vergès mejor que cualquier ejemplo teórico. Durante décadas, las empleadas de hogar estuvieron en un régimen especial que las dejaba fuera de derechos que el resto de trabajadoras tenía reconocidos, incluida la prestación por desempleo, que solo llegó tras una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y la ratificación del convenio 189 de la OIT. No fue una laguna. Fue una decisión sostenida en el tiempo sobre qué trabajos merecían protección y cuáles no, y esa decisión coincidió puntualmente con quién realizaba cada uno.
Vergès no escribe sobre nosotras. Escribe sobre un sistema global, y por eso mismo el libro funciona como espejo. La estructura en secciones cortas lo hace muy legible, y eso tiene un valor político, porque saca el asunto del encierro universitario y lo pone al alcance de quien vive lo que el libro describe. Se lee rápido y se queda dentro mucho tiempo.
La idea que cuesta quitarse de encima es sencilla. Hay un mundo entero sostenido por manos que lo limpian, y ese mundo ha organizado con esmero que esas manos no tengan agua caliente.
Elvira Swartch Lorenzo
Colaboradora Afroféminas
Granada


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