El juego invisible: ¿estás decidiendo o la narrativa blanca lo hace por ti?

Mi madre guarda absolutamente todo, al punto de la acumulación compulsiva…pero, me estoy dando cuenta que eso es para otro texto. Mi madre guarda todo y nada mejor que una pandemia para ponerse a revolver cajas y encontrar mis antiguos reportes escolares. 

Desde lo académico siempre tuve buenas notas, me ubicaba en el tope de la clase, fui abanderada y obtuve becas.  Desde la conducta, también se podría decir que era buena alumna porque nunca tuve una sanción o me llamaron a la oficina de Dirección; sin embargo, en todos los reportes en la sección de “Conducta del alumno/a” abundan los “regular” y/o “buena”. Lo sé, para cualquier persona, esto es intrascendente, algo sobre lo cual no se le dedica el tiempo ni el espacio de pensamiento. Pero para mí, acostumbrada a las buenas notas, ese “bueno” era punzada al ego. Mi comportamiento no era peor o mejor que el de mis amigxs y compañerxs, pero ellxs tenían el “muy bueno” o “excelente”. 

“Agostina es una excelente alumna, pero tiene que manejar su temperamento”, “Agostina tiene un gran potencial, pero es un poco contestadora” “Agostina es una gran alumna, muy querida entre sus compañeros, pero tiene que contener su carácter” 

Contener su carácter.  Bueno, esa a todas nos la habrán dicho, alguna vez en la vida – solo por haber nacido hembra. 

Tampoco me voy a tildar de Santa, confieso que, quizás, algunas veces, como decimos en Argentina, se me haya “saltado la térmica” y haya tenido alguna contestación fuera de lugar (“ese carácter escorpiano”, dirán las personas quienes más me conocen) pero nunca me terminó de cerrar la idea de “mala conducta”. Porque y cayendo en un formato discursivo maradoniano: “Agostina no hablaba a menos que no fuese absolutamente necesario” Primero, era tímida (“era”, hoy en día no me callo nada). Y segundo, tenía aparatos, acné y me sentía incómoda con mi cuerpo. Era el auge del principio de los 2000s cuando Christina Aguilera y Britney Spears estaban en una guerra silenciosa de pantalones tiro bajo y vientre plano; la verdad es que era imposible que empiece a hostigar gente porque sí – ya tenía demasiado con mi propia existencia. 

Mamá me dice “Ay, nunca les presté atención a esos comentarios, vos estudiabas, te iba bien y tenías amigos. Esos reportes no te conocían”. Mamá tiene razón, no me conocían. Y sin embargo, ahí estaban esos “regular” ¿Por qué?  ¿Con qué vara medían mi “regular” y el “muy bueno” de la otra? 

La respuesta siempre estuvo ahí, mirándome en el espejo. No tardé en acordarme de todas las veces que tuve que responder frente a un comentario de mierda – originado por ignorancia o por maldad – que atacaba a mi color de piel, a la historia de la negritud en la Argentina, o inclusive, a mi familia. Entonces, ¿efectivamente tuve problemas de conducta o simplemente me vi obligada a atravesar situaciones que mis otrxs compañerxs, personas blancas, no pasaron? Defenderse cuando alguien te ataca, por verte distinto a la “predominante” ¿es un problema de conducta? ¿O es una oportunidad para que el docente inicie una conversación acerca de la diversidad? 

En la etapa escolar, mucha gente atraviesa alguna forma de “bullying” – y ese es tema para otro debate y para gente especialista en el tema.  Yo me refiero a una forma de ataque estructural, tan sutil y tan instalado en lo cotidiano que se vuelve “norma”, los micro-racismos que todxs tenemos como sociedad y no sabemos.

Las notas académicas son tangibles. Mesa de examen, calificación, listo. Pero la conducta. ¡Ay! La conducta es tan subjetiva.  Claramente, para esos docentes, en la dinámica de cómo está constituido el mundo, y con sólo 13 años, yo era “the angry black woman”. Ya me habían dado juicio y sentencia y ni ellos estaban enterados. 

En la Universidad a nadie le importa tu conducta – lo que no quita que haya otras formas de racismo, sólo que no se te evalúa por comportamiento o ese no afecta tu promedio general- sin embargo, a la otra institución que le sigue a ésta y le importa más tu conducta que a Escuela misma, es el trabajo. No hay Institución que necesite más que seas una persona obediente, diligente y sumisa. Sos “difícil”, “poco amigable”, “complicada para entablar una conversación”. Las evaluaciones de desempeño del trabajo, para mí, han sido otro gran reporte escolar donde la subjetividad que se maneja es aún peor. Y me van a tener que disculpar, pero si 1 de cada 4 comentarios que dice o Mabel o Raúl o es racista o sexista o xenofóbico u homofóbico o, simplemente, una mierda ofensiva que ya se queda sin colectivos a los cuales atacar, mi nivel de tolerancia se va drenando lentamente y quizás mi cara sí sea de pocos amigos. Si hubiera manifestado lo que realmente sentía, hubiera terminado sin trabajo… varias veces. Porque, desafortunadamente, hay más espacio para la repetición de discursos opresivos, micro-agresiones, micro-racismos y respaldo y tolerancia para las Mabeles y Raúles, que para fomentar un lugar multicultural, inclusivo y libre de discriminación – de todo tipo. Como era más fácil en la Escuela ponerme un “regular” que hacerse cargo que el salón de clases estaba plagado de racismos en todas sus formas.  

La realidad es que todas las mujeres negras estamos jugando un juego que nos vamos enterando las reglas a medida que pasamos casilleros, o cumplimos años. Desde niñas, la forma en que las mujeres negras son percibidas y tratadas está atravesada por el racismo estructural y enraizado en el discurso de supremacía blanca. 

Mi abuela siempre me obligaba a sonreír en cada lugar público que entráramos. Siempre. Me dolían los cachetes de mirarla a ella con su sonrisa de Mona Lisa, todo el tiempo. No entendía cómo lo toleraba. “La están tomando las cámaras” decía mi abuelo y todxs nos reíamos al unísono de esta performance privada pero pública que solía hacer. Era un comportamiento algo extraño que, con la perspectiva que dan los años, logré entender.  “En cada lugar que entres, a vos, a mí, a las mujeres negras como nosotras, Pollita, nos van a mirar y nos van a juzgar” – me dijo una vez. Ella me iba enseñando las reglas del juego, de a migajas, esperando que nunca tuviera que jugar. Efectivamente “se reía para las cámaras” como decía mi abuelo – cámaras invisibles para él, pero siempre presentes para ella. Yo recién las empecé a ver a medida que fui creciendo e, indefectiblemente, me convertía en una mujer negra más. 

Dentro de esta narrativa, las mujeres negras no se supone que usemos nuestra voz. Se supone que las mujeres negras no debemos retro-atacar. Por eso, cuando lo hacemos, se nos considera dominantes. O agresivas, amenazantes, ruidosas, escandalosas, temperamentales, impulsiva, bélicas, combatientes, indisciplinadas, rebeldes… Corto acá la lista, porque si no se hace eterna. Por eso mi abuela sonreía como Mona Lisa, quería “confundir al algoritmo”.  Seguramente más de una de Uds. queridxs lectorxs, y en más de una ocasión, fue adjetivadx de tal manera – inclusive por otras mujeres (blancas, por supuesto). 

A ver, si la mismísima puta ama del mundo mundial, Serena Williams, es la ejemplificación misma del estereotipo del angry black woman, ninguna de nosotras se va a salvar de eso, hermanas. Y no, Meghan Markle no le dio esa entrevista con Oprah porque se encontraba “resentida” (etiqueta que escuché de muchos lados, inclusive grupos de amigxs) como mujer negra, se hartó y tiene la suerte de estar en un lugar de privilegio social, económico y de poder, como para que su relato sea escuchado y transmitido mundialmente.  

En mi experiencia personal, compré lo que me vendían acerca de mí misma. Los accesos que tuve gracias a mi condición educativa, amoldaron mi autopercepción. ¿En cuántas formas he sido condicionada a vivir en una sociedad pensada, hecha y ejecutada y estructurada para la gente blanca – sin haberme dado cuenta? ¿Cuántas cosas asumí sobre mí -y en extensión, mi familia – que eran ciertas porque me lo dijo una “Institución”? Entonces, ¿tengo una personalidad avasallante o en realidad es lo que aparenta, ya que necesariamente tengo que hablar más fuerte que el resto de las personas (blancas), para que mi voz sea escuchada? 

El racismo opera de tantas maneras, inclusive en manifestaciones de nuestros propios pensamientos, que, de alguna manera, nos instruyeron para que se presenten. Es un ejercicio continuo y constante el replantear (se) construcciones y discursos acerca de unx mismx. Cosas que solía pensar eran hechos reales sobre mí personalidad, en realidad son construcciones que la narrativa blanca me ha hecho creer – y a otros millones de mujeres negras también – porque beneficia su relato del mundo y el poder que ejercen sobre éste. 

Pensá en cuántas mujeres negras antes que vos, sonrieron a cámaras invisibles para que sean benevolentes al momento de juzgarlas y el mundo aún hoy, sigue tildándonos de “enojadizas”, cada vez que una levanta la voz ante una injusticia. Por ellas, por vos, por todas, la declaración más revolucionaria que podés hacer es ser quién y cómo sos, sin disculpas ni permisos. Y mucho menos acondicionamientos. Brilla, hermana. No te queda otra. Mi abuela sigue teniendo razón: en cada lugar que una mujer negra entre, inexorablemente, la van a empezar a juzgar. Por eso agrego: mejor darles algo jugoso de qué hablar. 


Agostina Yannone

Afroargentina, 7ma generación. (she/her)
Profesional de Relaciones Públicas y Comunicaciones de Marketing. Viajera.
Twitter: agosyannone / Instagram: agostinalytical


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