La rumba

Es un comienzo de día cotidiano. Sin embargo, este día llego retrasada al trabajo, pues los trancones en la ciudad de Bogotá son de todos los días y son el enemigo número uno de las personas que trabajamos lejos de nuestras casas (Son todos los ciudadanos de Bogotá).

Ilustración de Owen Gent

En el pasillo, fuera de mi oficina, esta ella; mujer afro de 22 años de edad, con sus caderas grandes y sus glúteos súper pronunciados (Son de aquellas mujeres que no necesitan largas jornadas de gimnasio, para tener los glúteos firmes y grandes. No tuve esa suerte). De acuerdo a la contextura de su cuerpo, su cintura parece la de una hormiga, sin un gramo de grasa en esta parte de su cuerpo. Es la única del grupo que no está sentada en las sillas de espera, además porque se nota ansiosa y nerviosa, como dudando si hace o no, la declaración de sus hechos victimizantes.

Aun así, se llena de valor y me aborda, me pregunta si soy yo la que le voy a recibir su declaración, pues sin haberme conocido antes, yo le genero tranquilidad y confianza para contarme su secreto.

La hago seguir y procedo a cerrar la, por cuanto, son relatos que deben tomarse con la más estricta reserva, por motivos de seguridad. Me dice que iba de rumba a un pueblo cercano a su residencia, pues estaban de fiestas patronales en esa época (fiestas que conmemoran algún santo de la iglesia católica), en compañía de su mejor amiga. No habían caminado una hora, cuando se les acerca una camioneta HILUX, con tres hombres armados, que no vestían ningún uniforme distintivo de algún grupo armado; uno de ellos se baja y las apunta con una pistola. Diciéndoles que deben subirse a la camioneta porque la rumba es con ellos. Dice que llegan a un campamento donde no hay nada alrededor, en el cual estaba el comandante con unos 20 hombres más.

Con los ojos llenos de lágrimas y al borde de escurrírseles, me mira y me dice que fue la noche de rumba más horrible de su vida, como si todo hubiera sido su culpa, pues lo primero que hicieron fue obligarlas a desnudarse delante todo el grupo. Ella llora, yo le alcanzo un pañuelo y le digo que si quiere tomamos un tiempo y hablamos de otra cosa. Ella con vos temblorosa, continúa su relato, contándome con detalle las atrocidades que cada uno de los hombres hicieron, haciendo hincapié siempre en que quién empezó con las aberraciones, era el comandante del grupo, a quién según entendí, le tocaba primero, obtener la pureza de estas mujeres (el grupo solo secuestraba mujeres jóvenes que no tuvieran experiencia con hombres). Que logró escapar junto con su amiga, porque los hombres además de consumir alcohol, consumieron otro tipo de sustancias, que los dejaron dormidos, casi muertos.

Al final después de haber dicho todo, con una voz de victoria me dice “le agradezco haberme escuchado, no se imagina el peso que cargaba, porque es usted la primera persona, que sabe que me sucedió, hace cinco años”.

PD. Pienso en mi hija y en lo que hay.

PD. Quedo inmersa en pensamientos infinitos de todo y de nada.


Marcela González Bonilla

Bogotá (Colombia) Abogada, trabajando con la población víctima del conflicto armado.

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5 comentarios

  1. Muy doloroso relato, descarnado y sobre todo respetuoso de la problemática que aborda, pues sin necesidad de lo explícito y sin juicios de valor, logra transmitir lo trágico de lo narrado.

  2. Esa es la historia de miles de mujeres víctimas del conflicto armado en nuestro país y que algunos sectores que se lucran de la guerra quieren continuar por eso es necesario que la comunidad internacional siga respaldando el proceso de paz

  3. Lastimosamente es la fuerte historia de miles de mujeres, algunas que inmersas en el profundo miedo de si quiera recordar tal hecho tan atroz prefieren quedarse calladas y tratar de continuar su vida como si no fuese sucedido nada, claro está que esto es imposible algo así no se olvida nunca…

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