El viaje hacia el amor propio, el amor a tus raíces.

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Yasmina Ewulu Navarro autora de este post

No recuerdo cuándo me di cuenta de que era diferente, pero sí recuerdo cómo: con el primer «negrita» que escuché refiriéndose a mí. Era un renacuajo, recién empezaba el parvulario empecé a ser tratada de manera totalmente diferente.

¿Por qué me pasaba eso? ¿Por qué se empeñaban en hacerme sentir una apátrida? Había nacido en España igual que ellos. Nadie parecería darse cuenta de que mi madre era una mujer blanca, de que yo era fruto de un matrimonio mixto, solo veían mi pelo afro y mi piel oscura.

Mi madre se ofendía (y veintiocho años después aún lo hace) cuando me llamaban negra: «Igual que te llaman negra, pueden llamarte blanca porque tienes el 50% de cada uno». Ella se encargó (y tiene mucho mérito) de cuidar esa increíble y preciosa maraña de pelo muy rizado. No pudo aprender de nadie, no había tutoriales y las pocas famosas negras del momento ocultaban su precioso pelo natural bajo pelucas o se destrozaban el pelo con tratamientos para hacerlo liso. Yo recuerdo como siempre le pedía que me lo dejara suelto, aunque fuera simplemente el pelo de la coleta, pero ella me hacía trenzas, o churritos o inventaba lo que fuese con tal de ocultar (¿inconscientemente?) mi pelo.

He de confesar que hubieron momentos de debilidad en los que deseé fuertemente ser blanca. Y durante una cantidad demasiado vasta de años soñé con una larga y domable melena lisa. Por supuesto, llegó ese momento en el umbral de la adolescencia en que le pedí a mi madre mi primer alisado y ella me lo concedió. Pobre pelo, a cuánto sufrimiento lo he sometido. Lo vi partirse, lo vi aclarar su color por lo abrasivo de los productos, incluso llegué a ver cómo se caía. Lo peor de todo es que nunca conseguí una textura como la de mis amigas.

A los catorce años mi madre topó con una chica blanca que sabía hacer trenzas africanas con extensiones y esa fue mi gran salvación. Años y años he llevado sus trenzas, de mil colores, de diferentes tamaños y extensiones. Por fin tenía algo parecido a una melena larga y lisa, ¡cuánta felicidad! Pero esa chica se fue y yo, rozando la veintena, decidí volver al alisado, ahora ya pagado por mí, y me gasté muchísimo dinero en productos para proteger mi cabello de los malos tratos que le daba y otro gran cantidad de dinero en planchas y secadores para que el liso fuera lo más parecido al de mis ídolos negras. ¡Qué inocente era, no sabía que la mayoría usaban pelucas! Cuánta frustración me hubiera ahorrado esa información.

Y ya nos acercamos al final del camino (aunque prefiero llamarlo el inicio del camino), gracias a la aparición de los smartphones y del auge de las redes sociales pude comprobar que se estaba llevando a cabo en Estados Unidos un nuevo movimiento, el de las naturalistas. Miles de mujeres afrodescendientes se hacían el «gran corte» para dejar atrás para siempre ese pelo tratado con químicos durante tantos años y empezaban a lucir sus rizos sin pudor, es más, con orgullo.

Fue un soplo de aire fresco, me sentí fuerte para hacerlo. A pesar de no tener referentes de mujeres afrodescendientes en mi entorno más próximo, decidí que ya valía de esconderme y de sentirme infeliz por algo que no podía cambiar. Era el momento de amar lo que era. Y encontré ese soporte vital, que nunca había podido tener, en las redes sociales. Así que lo hice, me hice el «gran corte», y dos años después de ello, amo a mi pelo y no lo cambiaría por ningún otro.

IMG_20160814_140223Autora: Yasmina Ewulu Navarro

Profesora de Secundaria y Bachillerato/De madre española y padre nigeriano/ Barcelona

11 comentarios

  1. Enhorabuena Yasmina! Me ha encantado tu artículo y más aún tu decisión de ser tú misma y de cuidar tu preciosa melena afro, Ojalá en el mundo cada día existan más personas como tú,un abrazo.

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