
Hace unos días tuve una conversación que, aunque parecía sencilla, terminó recordándome por qué sigo haciendo activismo después de tantos años.
Estaba platicando con mis amigos Abdul y Alexis. Abdul nació en Togo. Alexis en Guinea. Dos hombres africanos que hoy viven en Ciudad Juárez y que, curiosamente, nunca se habían conocido.
Mientras hablábamos les pregunté cómo se sentían viviendo aquí.
Abdul me contó que lleva un año y ocho meses en la ciudad. Trabaja, hace su vida, pero prácticamente solo se mueve por la zona centro. Ahí aprendió a sentirse seguro. Es el espacio que conoce y donde sabe cómo desenvolverse.
Alexis, en cambio, lleva cuatro años en Juárez. Ha recorrido mucho más la ciudad y, desafortunadamente, también ha conocido otra cara de ella. Me compartió algunas experiencias de discriminación que ha vivido en zonas de clase media donde, según me describía, algunas personas no solo lo observan como si no perteneciera al lugar, sino que hacen sentir esa distancia con miradas, comentarios o actitudes que cualquiera que haya vivido el racismo reconoce de inmediato.
No hablo de todas las personas. Generalizar sería injusto. En todos los sectores existen personas generosas y personas intolerantes. Pero también sería ingenuo negar que existen espacios donde la diferencia incomoda más que en otros.
Mientras escuchaba sus historias, pensé en mi querida Phedleine, originaria de Haití. Ella, junto con su familia, vive en una colonia mucho más antigua del centro de la ciudad. Me cuenta que sus vecinos suelen ser personas mayores, gente que ya ha visto pasar demasiadas cosas en la vida como para detenerse a juzgar el color de la piel de quien vive al lado.

No sé si sea la edad, la experiencia o simplemente la suerte de habitar un entorno distinto. No tengo datos suficientes para afirmarlo. Lo único que puedo decir es que esa ha sido la experiencia que ellos me compartieron.
Pero hubo algo mucho más importante que cualquiera de estas historias.
El momento en que Alexis y Abdul se conocieron.
Todavía puedo recordar sus rostros.
Dos hombres provenientes de países distintos del continente africano encontrándose en la frontera norte de México. Escuchándose. Descubriendo que compartían idiomas, recuerdos, costumbres y formas de entender el mundo que para muchos aquí pasan desapercibidas.
Fue una felicidad tan genuina que resultaba imposible no contagiarse.
Y entonces entendí algo.
A veces creemos que el activismo consiste únicamente en denunciar injusticias, organizar foros o escribir columnas. Claro que todo eso importa.
Pero también hay una forma silenciosa de cambiar el mundo.
Presentar a dos personas que necesitaban encontrarse.
Crear un espacio donde alguien pueda dejar de sentirse solo.
Construir una comunidad para quienes llevan años viviendo lejos de casa.
Con la fuerza que han tomado los discursos de ultraderecha en distintas partes del mundo, el aumento de las políticas antimigrantes y el miedo que muchas personas viven simplemente por haber nacido en otro país o tener otro color de piel, reunirnos también se convierte en una forma de resistencia.
Porque el racismo intenta aislarnos.
La comunidad hace exactamente lo contrario.
Nos recuerda que pertenecemos.
Como afrodescendiente sé perfectamente lo que significa buscar un rostro parecido al tuyo en un lugar donde casi nadie comparte tu historia. Sé la tranquilidad que produce escuchar un acento familiar, compartir un platillo, una canción o simplemente una conversación donde no tengas que explicar quién eres.
Eso fue lo que vi ese día.
No vi únicamente a un togolés y a un guineano.
Vi a dos hermanos africanos encontrándose al otro lado del océano.
Y, de alguna manera, también encontrándose conmigo.
Hace mucho tiempo que el activismo dejó de hacerme sentir esta clase de alegría.
Durante años luché por abrir espacios, tocar puertas y convencer a instituciones de que existimos. Muchas veces sentí que avanzábamos apenas unos centímetros.
Pero hay momentos que lo cambian todo.
Ver a una familia haitiana construyendo su vida con dignidad.
Ver a dos africanos sonriendo porque por fin encontraron a alguien que entiende una parte de su historia.
Ver que Ciudad Juárez, con todas sus contradicciones, también puede convertirse en un punto de encuentro.
Entonces recuerdo por qué sigo aquí.
No porque crea que voy a cambiar el mundo yo sola.
Sino porque, quizá, pueda ayudar a que algunas personas dejen de sentirse extranjeras por un momento.
Y en estos tiempos, donde tantas voces insisten en levantar muros, descubrir que todavía podemos construir comunidad es una de las formas más hermosas de esperanza.
Encontrarnos, abrazar nuestras raíces y reconocernos como parte de una misma diáspora afro también es una forma de resistir.
Y, debo confesarlo, hace muchos años que el activismo no me hacía sentir tan feliz como ahora. Quizá porque entendí que, antes que liderar un movimiento, lo que siempre quise fue algo mucho más sencillo: que ningún hermano o hermana afrodescendiente volviera a sentirse solo en esta frontera.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez

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