
Ha comenzado el Black History Month. El pasado domingo 1 de febrero dio inicio el Mes de la Historia Negra en los Estados Unidos. Febrero es el mes en el que el país se permite reconocer de forma explícita la herencia afroamericana, sus contribuciones y el papel central que la población negra ha tenido en la construcción de la nación. Esta celebración, aunque acotada en el tiempo, representa un papel clave en la historia política, social y económica de los Estados Unidos.
Las conmemoraciones relacionadas con el Mes de la Historia Negra suelen empezar algunos días antes de febrero coincidiendo con el nacimiento, el 15 de enero, del Dr. Martin Luther King Jr.. A partir de esa fecha, cada año comienzan los primeros eventos, homenajes, discursos y concentraciones que se extienden durante todo el mes. Pero la pregunta persiste edición tras edición: “¿qué pasa durante el resto del año?, ¿qué es lo que sigue intacto de marzo a enero?”
Esta celebración es ampliamente conocida, pero también lo son sus límites.
Antes de entrar en un análisis más profundo de todo este entramado, conviene detenerse brevemente en sus raíces. El Black History Month o Mes de la Historia Negra tiene su origen en 1926, y su antecedente directo es “The Black History Week”, o lo que inicialmente fue una semana impulsada por el historiador afroamericano Carter G Woodson con el objetivo de combatir la exclusión sistemática de la historia negra dentro del sistema educativo estadounidense. La premisa era clara, pero también subversiva. Si a un pueblo se le niega su historia, se le niega también el derecho de ser y de pensarse como sujeto pleno.

Décadas después, en 1970, en plena resaca de la lucha por los derechos civiles y del impulso de movimientos sociales como el Black Power, la semana se convirtió en un mes gracias a la presión sostenida en el tiempo de universidades y escuelas públicas con mayoría de estudiantes negros, y de asociaciones comunitarias y culturales organizadas. Cabe apuntar que sería un error caer en la idea de que la extensión de la celebración a un mes fue debida a la generosidad del Estado sin tener en cuenta la presión social e intelectual de muchas personas afroamericanas que ocupaban puestos en instituciones educativas. El reconocimiento oficial del Black History Month llegó finalmente en 1976 durante la presidencia de Gerald Ford.
La primera vez que escribí sobre el Black History Month, también para Afroféminas, fue en 2019. Entonces llevaba cuatro años viviendo en los Estados Unidos y apenas conocía su historia y su origen. Escribía además con escasos referentes y más bien desde un lugar de búsqueda personal. Como mujer negra nacida en España y migrante en los Estados Unidos, necesitaba entender dónde encajaba mi historia dentro del relato afro norteamericano, y porqué tantas otras experiencias negras quedaban fuera de ese marco.
Durante mucho tiempo pensé en todas estas cuestiones con cierta incomodidad y en términos identitarios, buscando refugio mayoritariamente en la realidad afrolatina. Formulé preguntas desde la experiencia de una persona afrodescendiente criada mayoritariamente en un entorno blanco de habla hispana y desconociendo buena parte de su diáspora. Sin embargo, esas preguntas hoy las leo desde un lugar mucho más profundo y político.
La negritud en los Estados Unidos está profundamente atravesada por una historia muy concreta -y demasiado reciente- de esclavitud, segregación y racismo institucional que sigue operando en el presente. Ese trauma heredado ha modelado la experiencia negra de una manera muy específica, con sus memorias, códigos, luchas propias y, como plantea Angela Davis, su propia belleza. Quienes venimos de otras latitudes, como América Latina, África o Europa, nos miramos en este relato desde los márgenes, habitando también una racialización que puede entenderse desde la herida del racismo, pero con una trayectoria distinta, la heredada del colonialismo europeo, con sus propias violencias, sus jerarquías y sus silencios.

Comprender estas diferencias no pretende jerarquizar vivencias, ni fragmentar la experiencia negra, sino asumir que ésta es una constelación diversa marcada por contextos de poder específicos e incluso geográficos. En los Estados Unidos este contexto ha marcado de manera tan profunda la identidad nacional y de las personas afrodescendientes, que cualquier intento de entender la negritud del país requiere de una revisión profunda de su historia, tanto la contada como la real. Fue cuando entendí esto, cuando también me di cuenta de que no bastaba solo con buscar referentes ni explorar mi propio marco identitario, había que cuestionar la historia que nos habían contado.
Fue también recientemente en una cena con amigas cuando, como una estudiante que llega tarde a clase, durante una conversación descubrí la existencia del “The 1619 Project”, iniciativa lanzada por el New York Times en 2019, que propone una relectura radical de la historia de EE.UU. El proyecto desplaza el punto de partida del relato nacional, tradicionalmente ubicado en 1776, año en el que se proclamó la Declaración de Independencia, para situarlo en 1619 con la llegada de los primeros africanos esclavizados a las colonias inglesas. Este nuevo planteamiento, no solo reordena la cronología, sino que da mucho más sentido a todo lo que vino después: las propias ideas de libertad y democracia, concebidas desde sus inicios bajo la explotación sistemática de los cuerpos negros. No debe sorprendernos que el recibimiento de este libro no fuera especialmente caluroso en ciertas esferas públicas del país, donde contar la historia sin tapujos suele generar malestar y donde, frente a relatos que descolocan, se recurre una y otra vez a las versiones más amables y pacíficas del pasado, así como a referentes delicadamente seleccionados para no incomodar, como es el caso de Martin Luther King.
Cada mes de febrero el nombre y la imagen de Martin Luther King Jr. vuelven a ocupar un lugar central en aulas, auditorios, periódicos, televisiones y radios. Se citan sus palabras más pulidas y conciliadoras, se repite su sueño una y otra vez. Pero se tiende a dejar de lado al King que incomoda, al que denunció el racismo estructural y la desigualdad como violencia, al que cuestionó al capitalismo y lo tildó de sistema excluyente. Ese King combativo y sin aristas suele quedar fuera del encuadre de la foto por pura conveniencia. Sin embargo, incluso en esa versión “blanqueada”, su legado se resiste a quedar silenciado. Martin Luther King miraba al futuro y veía en él una tarea inacabada y compleja, e invitaba a mirar de frente a todo aquello que sostiene la injusticia.
Quizá precisamente por eso, el Black History Month no deba entenderse como un punto final, y tal vez precisamente por eso todavía se sigue celebrando. Este mes no existe para embellecer ni exotizar la historia de Estados Unidos, tampoco se hace para saldar algún tipo de deuda simbólica con la comunidad negra, no hay deuda que se pague con 28 días al año de actos conmemorativos ni currículos temporales. Este mes debería ser entendido como una invitación a la reflexión y un recordatorio de que la historia negra no cabe en un mes, pero sí puede ayudarnos a crear un calendario más honesto y complejo, y en definitiva, más justo y vivo. Febrero pasa, pero queda la posibilidad de seguir conociendo la historia real, con todas sus voces, pues entender el pasado nos puede ayudar a ampliar el presente y a imaginar un futuro que no necesite ser suavizado para resultar aceptable.

Sandra McClean Montoya
Psicóloga y educadora. De Valencia
Profesora de español, literatura española y Culturas Hispanas en Nueva York.
IG: @sandrolamc / @sandramccleanspanishcoach
Website: www.sandramccleanspanishcoach.com

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