lunes, octubre 5

Los cuatro segundos que borraron un podio histórico

El 5 de agosto de 2024, en el Bercy Arena de París, ocurrió algo que no había pasado nunca en la historia de la gimnasia olímpica. Tres mujeres negras compartieron podio. La brasileña Rebeca Andrade en lo más alto, la estadounidense Simone Biles con la plata, y Jordan Chiles con el bronce. La fotografía de Biles y Chiles inclinándose ante Andrade dio la vuelta al mundo en cuestión de horas. Cinco días después, el Tribunal de Arbitraje Deportivo determinó que la reclamación que había subido a Chiles del quinto al tercer puesto se presentó cuatro segundos fuera del plazo reglamentario de un minuto. El bronce pasó a la rumana Ana Bărbosu. La fotografía se quedó, vacía de medalla.

De eso, y de mucho más, trata Yo soy esa chica, las memorias de Jordan Chiles que Libros Cúpula acaba de publicar en castellano. El original apareció en Estados Unidos en marzo de 2025, con prólogo de Simone Biles, y entró directamente en la lista de más vendidos del New York Times. Chiles tenía veintitrés años cuando lo escribió.

Conviene decir de entrada que este no es un libro de superación deportiva de los que se regalan por Navidad. Chiles explicó al presentarlo que quiso escribirlo porque la gente construye tu historia por ti, y que le pareció mejor contarla ella. Esa frase es la clave de todo. El libro es un acto de recuperación del relato por parte de alguien acostumbrada a que otros decidan qué significa su cuerpo, su rendimiento y su nombre.

Chiles nació en Vancouver, estado de Washington, es la menor de cinco hermanos y le pusieron el nombre por Michael Jordan. Empezó gimnasia a los siete años, en un gimnasio cercano a casa, porque sus padres la apuntaron a clases. Llegó a la plata por equipos en Tokio 2020, al oro mundial por equipos en 2022, fue dos veces campeona nacional universitaria con UCLA y ganó el oro por equipos en París. Sobre el papel, una trayectoria impecable. El libro cuenta lo que hubo debajo.

Y lo que hubo debajo lo reconocemos sin esfuerzo quienes hemos crecido siendo las únicas negras en algún sitio. El racismo que describe Chiles no es principalmente el insulto. Es el ambiente. Es ser una niña con talento en un deporte de élite abrumadoramente blanco y descubrir que el talento no te protege, que te sitúa en el centro de una atención que no es admiración. Es que se escrutine tu aspecto permanentemente, y muy en particular tu pelo, ese detalle que ninguna gimnasta blanca ha tenido que explicar jamás en una entrevista. Es que las competidoras europeas hagan comentarios racistas y la sanción, cuando llega, sea simbólica. Es que un cargo directivo de tu propia federación explique la trayectoria de las gimnastas negras hablando de su potencia física, como si los años de disciplina, de inteligencia técnica y de trabajo no existieran, como si lo que hacen fuese naturaleza en lugar de oficio. Chiles dedica páginas a desmontar exactamente esa idea, y hace bien, porque es el mecanismo más antiguo y más eficaz que existe para quitarle el mérito a una persona negra sin negar abiertamente su éxito.

Hay un episodio que el libro no esquiva y que la editorial menciona en su propia sinopsis. Un entrenador de su infancia la llamó gorda. De ahí arrancó una relación dañada con la comida que Chiles arrastró durante años. Lo dejo dicho así, sin más detalle, porque el detalle no aporta nada y puede hacer daño a quien lo lea. Lo que importa señalar es la estructura. A una niña negra de diez años, en un deporte que mide cuerpos con precisión de gramo, un adulto con poder sobre su vida le dijo eso, y el sistema que lo rodeaba no vio ningún problema. La gimnasia femenina de élite lleva décadas funcionando con ese modelo, y hemos necesitado que las propias gimnastas hablaran para empezar a nombrarlo.

Frente a todo eso, el libro construye su contrapeso en un sitio muy concreto. Las otras. La familia, en primer lugar, que Chiles sitúa como la infraestructura que la sostuvo cuando todo lo demás fallaba. Y las compañeras, sobre todo Simone Biles, a quien llama hermana mayor. Chiles cuenta que en plena adolescencia estuvo a punto de dejar la gimnasia, harta, y que fue una conversación con Biles la que la hizo continuar. Años después, cuando Biles se retiró de la final de Tokio por lo que en la jerga del deporte se llama twisties, fue Chiles quien entró a cubrir su hueco y contribuyó a la plata del equipo. El prólogo del libro lo firma Biles. Esa reciprocidad no es una anécdota bonita. Es la forma que encuentran dos mujeres negras de sostenerse en un espacio que no fue construido para ninguna de las dos, y cualquiera que haya trabajado en un entorno blanco sabe exactamente de qué hablamos.

Queda el asunto de la medalla, y aquí el libro ha quedado desbordado por la realidad de una manera que merece la pena contar. Cuando Chiles escribió estas páginas, el bronce estaba perdido. Describió aquel momento como uno de los más duros de su carrera, y añadió que ha pasado por muchos. Sus abogados habían recurrido al Tribunal Supremo Federal Suizo alegando dos cosas. Que el arbitraje no permitió presentar la grabación que probaba que la reclamación llegó a tiempo. Y que el presidente del panel arbitral llevaba casi una década ejerciendo como abogado de Rumanía y la representaba activamente en aquel momento.

El 23 de enero de 2026, el tribunal suizo les dio la razón. Anuló el laudo, calificó de concluyente la grabación audiovisual y devolvió el caso al Tribunal de Arbitraje Deportivo para una nueva decisión que tenga en cuenta esa prueba. La anulación de un laudo arbitral internacional por parte de ese tribunal es algo excepcional. A fecha de hoy el proceso sigue abierto.

Detengámonos en lo que eso significa. Una mujer negra de veintitrés años ganó una medalla, se la quitaron en cuestión de días por un cómputo de segundos, tuvo que devolverla, soportó una oleada de racismo en redes que la llevó a desaparecer de ellas por salud mental, y necesitó diecisiete meses y el tribunal supremo de otro país para que alguien aceptara mirar el vídeo que demostraba que tenía razón desde el principio. Ese es el coste del beneficio de la duda cuando no te lo conceden. Otras personas lo obtienen gratis. Ella tuvo que comprarlo con año y medio de su vida y un bufete internacional.

El título del libro viene de un lema que Chiles se puso para 2024, una fórmula para recordarse que, pasara lo que pasara, ella aparecía y lo daba todo. Yo soy esa chica. Suena a frase de camiseta hasta que se entiende de dónde sale. Sale de años de que te expliquen, con palabras y sin ellas, que no eres esa chica, que estás ahí de prestado, que tu sitio es discutible. Nombrarse a una misma en esos términos, en voz alta y por escrito, no es autoayuda. Es una respuesta.

Chiles escribe en algún momento que cuando alguien te pida que bajes el tono, que te hagas pequeña para que los demás estén cómodos, no le hagas caso. Que hagas tus dones tan ruidosos que no puedan ignorarte. Eso es lo que hay en este libro, y por eso merece leerse aquí, lejos de la gimnasia y de los Juegos, por cualquier mujer negra que haya tenido que ser excelente solo para que le permitieran estar en la sala.

Redacción Afroféminas



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