lunes, junio 1

«Que se mueran los negros»: el ébola y la lógica del abandono

Mientras el este de la República Democrática del Congo enfrenta lo que la Organización Mundial de la Salud ha descrito como una «catastrófica colisión entre enfermedad y conflicto», el resto del mundo sigue mirando hacia otro lado. Es la lógica racista del sistema internacional aplicada, una vez más, a los cuerpos negros africanos: valen menos, mueren antes y mueren solos.

Desde que se declaró el brote el 15 de mayo de 2026, se han registrado más de 1.077 casos sospechosos y 246 muertos. La cepa en cuestión es el virus Bundibugyo, una variante del ébola para la que, en 2026, no existe vacuna aprobada ni tratamiento específico. La tasa de letalidad estimada por Médicos Sin Fronteras oscila entre el 25 % y el 40 %. Estamos hablando de un virus que mata a uno de cada tres infectados en una zona donde, según la OMS, los equipos de salud son incapaces de contener la propagación. El propio director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha advertido que «la epidemia en la RDC es mucho mayor» que las cifras confirmadas por laboratorio, y que «la violencia y la inseguridad están obstaculizando la respuesta».

Los bombardeos en las provincias de Ituri, Kivu del Norte y Kivu del Sur impiden rastrear contactos, aislar a los enfermos y ganar la confianza de una población ya diezmada por el hambre y la violencia. Según el indicador mundial de seguridad alimentaria IPC, cerca de 10 millones de personas en esas provincias enfrentan hambre aguda entre enero y junio de 2026. El ébola llega, pues, a un territorio que ya estaba siendo destruido. No como catástrofe excepcional, sino como nueva capa de un desastre estructural que Occidente observa sin intervenir, salvo cuando sus intereses económicos están en juego.

Porque ahí está la clave de todo. El Congo no es un país pobre. Es un país empobrecido. En 2022 se exportaron cobre y cobalto por un valor combinado de 25.000 millones de dólares, equivalente a más de un tercio del PIB congoleño. Y ese mismo año, el Banco Mundial documentó que alrededor del 74,6 % de la población de la RDC vive con menos de 2,15 dólares al día. Desde su colonización bajo el rey belga Leopoldo II, los recursos del Congo —oro, diamantes, cobre, coltán, uranio, cobalto— han sido explotados sistemáticamente para beneficio de los intereses occidentales. El coltán es clave para la fabricación de ordenadores, pantallas y teléfonos. El cobalto y el cobre son fundamentales para las baterías de los coches eléctricos. La demanda global de cobalto se estimaba en 222.000 toneladas para 2025. El teléfono que usas para leer este artículo existe, probablemente, gracias a manos congoleñas que trabajan en condiciones de miseria y violencia para que tú te conectes. Esa es la relación real entre el Congo y el mundo que dice no conocerlo.

Cuando el Congo sangra, nadie envía aviones militares. Cuando el Congo muere, nadie se presenta allí.

Comparemos. El 2 de mayo de 2026, la OMS fue notificada de un brote de hantavirus a bordo del crucero de expedición MV Hondius. El saldo oficial era de ocho casos, tres de ellos mortales. Tres personas. Turistas, en su mayoría procedentes de España, Reino Unido y Estados Unidos, a bordo de un barco de expedición de la operadora neerlandesa Oceanwide Expeditions, con capacidad para 196 pasajeros. La operación de respuesta fue coordinada entre el Gobierno de España y la Organización Mundial de la Salud. Se emplearon aviones militares y gubernamentales, personal equipado con trajes de protección integral y máscaras. El director general de la OMS se desplazó personalmente a Tenerife. Siete vuelos partieron el domingo 10 de mayo desde las Islas Canarias para repatriar a los pasajeros. Todo en menos de diez días. Una respuesta multinacional, coordinada, inmediata, visible.

Un análisis comparado de los datos de la OMS y Naciones Unidas demuestra que el esfuerzo occidental desplegado ante el hantavirus contrasta drásticamente con la respuesta a la epidemia de ébola en la República Democrática del Congo y Uganda. El contraste no es una cuestión de proporción de víctimas ni de capacidad logística, es una cuestión de a quién se considera merecedor de rescate. Tres muertos blancos con poder adquisitivo suficiente para pagarse un crucero de expedición hacia la Antártida activan más mecanismos de protección internacional que doscientas familias negras en Ituri. La cifra habla sola. El sistema también.

Este es el decimoséptimo brote de ébola en la República Democrática del Congo desde que el virus fue identificado en 1976. Diecisiete. El Congo lleva cincuenta años siendo el laboratorio del mundo para esta enfermedad, y el mundo lleva cincuenta años sin desarrollar una vacuna para la cepa que ahora mata. La directora de la unidad de atención de biocontención de la Universidad de Texas, Susan McLellan, lo explica con una frase que revela toda la lógica del abandono sanitario global: «El ébola Zaire fue el que acaparó toda la atención, y con muy buenas razones». El ébola Zaire captó la atención cuando llegó a Europa y a Estados Unidos en 2014, cuando infectó a personal sanitario blanco y occidental. Entonces sí hubo fondos, entonces sí hubo vacunas, entonces sí hubo respuesta. El virus Bundibugyo, en cambio, sigue sin vacuna aprobada en 2026 porque lleva décadas matando exclusivamente en el este de África, y eso, en los presupuestos de investigación farmacéutica global, no constituye mercado suficiente.

El brote llega además en un momento en que expertos en salud global advierten que los recortes de EEUU a la financiación exterior debilitan la vigilancia epidemiológica y la capacidad de respuesta en regiones vulnerables. Un estudio publicado en la revista Science encontró que el retiro abrupto del financiamiento de USAID estuvo asociado con un aumento de conflictos en zonas africanas altamente dependientes de ayuda internacional. Otro estudio publicado en The Lancet proyectó que la retirada del 83 % de los programas gestionados por USAID podría causar más de 14 millones de muertes adicionales en el mundo para 2030, incluidas más de 4,5 millones de niños menores de cinco años. El ébola es el resultado predecible de décadas de desinversión calculada en sistemas de salud africanos, combinada con la extracción sin límites de sus recursos.

El director general de los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades, el doctor Jean Kaseya, señaló que la detección tardía retrasó la respuesta y dio tiempo al virus a propagarse. «Este brote comenzó en abril». Comenzó en abril y no fue declarado emergencia hasta el 17 de mayo. En ese tiempo, el virus ya circulaba sin control en una región devastada por el conflicto armado, el desplazamiento masivo y el hambre. La detección tardía es el resultado directo de un sistema de vigilancia sanitaria desmantelado por la falta de financiación internacional, y de una infraestructura de salud que nunca fue construida porque las potencias coloniales necesitaban trabajadores, no ciudadanos sanos.

Las vidas negras no entramos en los cálculos de rentabilidad de las farmacéuticas, no generamos la presión mediática suficiente para movilizar gobiernos, no producimos el escándalo político necesario para que los organismos internacionales actúen con la misma celeridad que despliegan cuando el problema aterriza en un crucero europeo. Y el Congo lo sabe. Lo lleva sabiendo desde que Patrice Lumumba fue ejecutado en 1961 con la complicidad documentada de Bélgica y la CIA, porque quería que los recursos del país beneficiaran a su propio pueblo. Ese crimen fundacional sigue sin haber sido reparado, y sus consecuencias las siguen pagando, con su cuerpo, los hijos y las nietas de quienes lo enterraron.

La Unión Africana ha prometido que para finales de 2026 habrá una vacuna contra la cepa Bundibugyo. «Podemos decirles con certeza que, para finales de 2026, Africa CDC se asegurará de que tengamos una vacuna», declaró Jean Kaseya. Es una promesa que llega tarde, formulada desde el continente que padece el virus porque el resto del mundo no se molestó en anticiparlo.

El racismo en los sistemas de salud, opera poniendo jerarquías a las vidas humanas. No lo hace con declaraciones explícitas sino con presupuestos, con tiempos de respuesta, con decisiones sobre qué virus merece investigación y cuál no, con qué cuerpos se evacúan en aviones militares y cuáles se cuentan a posteriori en cifras de muertos sospechosos. El Congo no necesita la compasión de Occidente. Necesita que Occidente deje de saquear su subsuelo, de financiar los conflictos que impiden la respuesta sanitaria y de mirar hacia otro lado cuando el resultado de ese saqueo se cobra vidas por centenares. Necesita que el mundo sea consecuente con la retórica de la solidaridad internacional que exhibe cada vez que el peligro llega a sus propias costas. Y necesita una vacuna que lleva cincuenta años sin producirse porque los muertos, hasta ahora, eran todos negros.

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