Llevamos días siguiendo el Festival de Cine Africano de Tarifa y cada jornada nos da más razones para contaros lo que está ocurriendo allí. La 23ª edición del FCAT no está siendo una edición cualquiera.
Empezamos contándoos el homenaje a Mane Cisneros, la mujer que en 2004 decidió que en Andalucía tenía que existir un espacio donde África pudiera mirarse y ser mirada. Que el Estrecho, en vez de separar, podía ser el escenario de un encuentro. Veintidós años después, el festival le devolvió el gesto y ella lo resumió con una frase que dice mucho de lo que se ha construido: en un mundo donde prima el yo, en el FCAT prima el nosotros.
Lo que vino después fue en esa misma dirección.
El tercer día trajo un encuentro que vale la pena detallar. En el Teatro Alameda se sentaron frente a frente Remei Sipi Mayo, escritora y directora de teatro de Guinea Ecuatorial, y Mayra Santos-Febres, investigadora puertorriqueña del Centro de Investigación en Estudios en Afrodescendencia y Racialización de la Universidad de Puerto Rico. El título era Dos orillas, un mismo mar. Dos mujeres, dos islas, una memoria que el canon académico lleva siglos intentando archivar en los márgenes.
Remei Sipi contó que llegó hasta cuarto de bachillerato sin saber que existían escritores africanos. No es un olvido, es una decisión sostenida en el tiempo. El patriarcado, explicó, trabaja para hacerlos invisibles, y los libros de texto siguen siendo los mismos de siempre, sin incluir la historia de los escritores africanos, que tampoco circulan en Malabo ni en Bata mientras los gobiernos del continente mantienen pactos con quienes los colonizaron.
Mayra Santos-Febres trabaja desde una geografía que no encaja en los mapas habituales. Para ella África es un territorio vivo conectado por el mar, no por la tierra, y la realidad caribeña es fractal: la familia, las islas, la literatura, todo se repite en escalas distintas sin perder su forma. En sus novelas conviven el spanglish, el taíno y el árabe, porque eso es lo que hay, una mezcla que el pensamiento occidental lleva siglos queriendo ordenar en categorías que no le caben. Cuando llegó a hablar de ciertos feminismos europeos dijo que se les hacen bien ásperos, y preguntó, sin dramatismo, de dónde viene eso de la fragilidad femenina, porque ella nunca ha visto una mujer débil.




En las salas, Karima Saïdi presentó Ceux qui veillent, su documental sobre los descendientes de inmigrantes que cuidan a sus difuntos en un cementerio multiconfesional de Bruselas. Una película sobre el duelo y las raíces que también es una pregunta sobre lo que Europa hace con quienes llegan y con quienes ya se quedaron. Saïdi habló de algo que rara vez se escucha en la industria audiovisual: la presión de marcar casillas, de responder a las expectativas que tienen de ti antes de que abras la boca.
También estuvo Beatriz Mbula con su taller de cine decolonial para miradas occidentales, una propuesta que no trabaja sobre lo que se muestra sino sobre quien decide mostrarlo.
En la orilla marroquí, el programa Entrelíneas llevó al Museo Dar Niaba de Tánger la memoria del Tánger de los años cuarenta, con Mohamed Serifi-Villar y Driss Bouissef-Rekab, dos escritores que se hicieron amigos en la cárcel por delito de opinión. Cayetana Guillén Cuervo leyó sus poemas en castellano. Un espectador de Córdoba lo resumió: una misma mirada, dos orillas.
El FCAT continúa. Y la pregunta que deja esta jornada es la que sostiene el festival desde su primera edición: ¿qué cambiaría si el mundo mirara África no como un problema sino como una fuente?

Descubre más desde Afroféminas
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
