miércoles, marzo 4

Mi cabello afro no se certifica: cuando las instituciones deciden medir la negritud

En Panamá, colegios exigieron una "certificación afro" para permitir el cabello natural en las aulas. Analizamos el caso desde Fanon, Kilomba y bell hooks: regular el cuerpo negro no es disciplina escolar, es racismo estructural.

El 2 de marzo de 2026, con el inicio del año escolar en Panamá, las organizaciones afropanameñas tomaron las aceras frente a la Escuela Carlos A. Mendoza para lanzar la campaña «Mi cabello afro no se certifica». Detrás de esa consigna hay cuatro denuncias documentadas, dos en la provincia de Colón —una en el Colegio Abel Bravo—, otra en el Colegio de Artes y Oficios y una más en Las Mañanitas, en Panamá Este. En todos los casos, directivos escolares habrían condicionado la matrícula o el acceso a clases al cambio de peinado. La exigencia era presentar una «certificación afro» para poder llevar el cabello natural, las trenzas o los peinados protectores con los que esas niñas y esos jóvenes llegan cada mañana al colegio. En Panamá no existe ningún trámite ni certificado que valide la afrodescendencia. La propia Coordinadora Nacional de Organizaciones Negras Panameñas fue categórica en su pronunciamiento. La afrodescendencia no se valida mediante documentos ni se somete a verificación administrativa. La identidad afro no se mide por niveles de melanina. Se construye desde la herencia, la cultura y el autorreconocimiento.

Ante las denuncias, la ministra de Educación, Lucy Molinar, aclaró que el Ministerio no había emitido ninguna directriz al respecto. Hasta aquí, la respuesta esperable de cualquier funcionaria que quiere desvincularse del problema. Lo que vino después es otra cosa. Molinar declaró que «no es Meduca quien ha pedido certificación de nada» y que algunas escuelas lo habrían hecho porque ciertos estudiantes «han abusado un poco del decreto que facilita la expresión cultural». Añadió que «las libertades también tienen reglas» y que hay que atender «unas reglas básicas de volúmenes del cabello». La ministra es una mujer negra afropanameña, nacida en Colón Ministerio de Educación —la misma provincia donde se documentaron dos de las cuatro denuncias. No es un dato menor. Es el centro de la contradicción. La propia Coordinadora Nacional de Organizaciones Negras de Panamá tuvo que salir a defenderla cuando fue atacada con comentarios racistas por llevar la pollera nacional, señalando que los insultos hacían referencia explícita a su afrodescendencia. Una mujer negra que sabe lo que es que su cuerpo sea cuestionado públicamente por el hecho de serlo. Y aun así, en el momento de nombrar lo que ocurre en las escuelas panameñas, eligió hablar de «abuso» y de «volúmenes». Ese giro no es torpeza ni ignorancia. Es el mecanismo más doloroso del racismo estructural, el que opera desde dentro, cuando quienes han padecido la violencia terminan administrando su continuidad. No se trata de juzgar a Molinar como persona. Se trata de señalar que ningún cargo, ninguna trayectoria y ninguna identidad racial protegen automáticamente contra la lógica que el poder instala en quienes lo ejercen. El Resuelto 887-AL del 23 de marzo de 20233 prohíbe expresamente la discriminación étnica en los centros educativos y protege el uso del afro, las trenzas, los twists y los turbantes. Según Diógenes Sánchez, de la Asociación de Profesores de Panamá, ya está normado y regularizado. Lo que persiste es la resistencia de algunos directivos a cumplirlo. Esa resistencia es la historia. Y deslegitimar esa resistencia hablando de «excesos» no resuelve el problema. Lo perpetúa.

Esto no es un debate sobre uniformes. Es una discusión sobre a quién pertenece el cuerpo negro. Frantz Fanon lo formuló en Piel negra, máscaras blancas con una precisión que no ha envejecido. «El negro no es un hombre. Es un hombre negro.» El sujeto negro nunca es leído como individuo universal. Es un cuerpo marcado, examinado, interpretado. En esa misma obra, Fanon escribe que «el cuerpo negro es rodeado por una atmósfera de incertidumbre». Esa incertidumbre es la sospecha permanente. La necesidad de justificar la presencia. Cuando una escuela exige demostrar afrodescendencia para permitir un peinado natural, está activando exactamente esa lógica. El cuerpo negro no es evidente, es cuestionable. No es legítimo por sí mismo. Debe probarse. Fanon también describe cómo el colonialismo opera disciplinando la apariencia, empujando hacia la asimilación. El cabello afro ha sido históricamente uno de los principales objetivos de esa disciplina. No porque sea insalubre. Porque es visible. El volumen incomoda porque ocupa espacio. Puedes leer más sobre el pensamiento de Fanon en nuestra publicación «La actualidad del pensamiento de Fanon en el siglo XXI».

La declaración de Molinar sobre los «niveles de afro que no son hasta saludables» opera con la misma lógica. Grada Kilomba escribió en Memorias de la plantación que «el racismo cotidiano no es necesariamente violento en su forma explícita; es una repetición constante de la inferiorización». Y su diagnóstico llega más lejos. «La deshumanización ocurre cuando el sujeto negro es reducido a objeto de observación.» Hablar de niveles de afro saludables o insalubres convierte el cabello en objeto clínico. En algo que debe medirse, evaluarse, controlarse. No se trata de higiene. Se trata de jerarquía estética. La patologización del cuerpo negro es una estrategia histórica. Primero se clasificó como biológicamente inferior. Después como culturalmente atrasado. Hoy puede presentarse como una cuestión de reglamento o de volumen permitido. La lógica es la misma en cada época. La diferencia debe administrarse.

bell hooks lo expuso en Black Looks. «La supremacía blanca capitalista patriarcal produce estándares de belleza que excluyen sistemáticamente los cuerpos negros.» Y en ese mismo libro afirma: «Amar la negritud es un acto de resistencia política.» El cabello afro natural no es solo textura. Es una declaración de autonomía frente a estándares que históricamente han privilegiado la lisura, la reducción, la domesticación del volumen. Cuando una institución educativa regula el afro bajo criterios de «exceso», está reproduciendo un estándar estético racializado. No es neutral. Nunca lo ha sido. El pelo afro es político. Cada persona que decide llevarlo natural está haciendo una declaración de existencia, reclamando el derecho a ser vista tal como es.

La exigencia de certificación racial va mucho más allá de la torpeza administrativa. Es una frontera simbólica. Si el derecho está reconocido —y lo está, por escrito, desde 2023—, exigir prueba de identidad racial para ejercerlo es una forma de clasificación institucional. ¿Quién determina quién es suficientemente afro? ¿Bajo qué parámetros? ¿Con qué autoridad? El movimiento afropanameño advirtió que persiste una visión errónea que asocia la identidad afrodescendiente exclusivamente con el tono de piel, y que estas prácticas generan afectaciones emocionales profundas que pueden marcar de por vida a los estudiantes. Un tercio de la población panameña se ha autorreconocido afrodescendiente; el movimiento advierte que la cifra real podría ser mayor. Medir quién de esas personas merece llevar su cabello sin justificarse es establecer una escala de negritud validada por el Estado.

Fanon advertía que el colonialismo no solo ocupa territorios. También organiza la percepción. Define quién pertenece y quién debe justificarse. El Observatorio Afro de Panamá ha documentado que estas prácticas no son nuevas ni esporádicas: hay reportes desde el año anterior, y algunos directivos continúan resistiéndose a modificar reglamentos internos que contradicen la normativa vigente. El problema no es el cabello. No es el volumen. No es ningún supuesto abuso de la expresión cultural. El problema es que el Estado está permitiendo que se mida la negritud en las puertas de los colegios. Sus negativas públicas no cambian el resultado. Y cuando se mide la negritud, se jerarquiza. La discriminación capilar produce un daño emocional real y documentado que va mucho más allá del peinado. El 53% de las madres afroamericanas declara que sus hijas experimentaron discriminación por el cabello a los cinco años, y el 100% de las alumnas afrodescendientes en escuelas donde son minoría afirman que esa discriminación ocurre de manera regular.

La campaña «Mi cabello afro no se certifica» recuerda un derecho. Y recuerda algo que ningún reglamento escolar debería necesitar explicar. La identidad de una persona no es un trámite. Su herencia no es un expediente. Su cuerpo no necesita aval institucional para existir.

El afro no se certifica. Se respeta.

Redacción Afroféminas



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