La buena, la mala y la porno: Deconstrucción de una mujer negra

¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?

¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?

Cuando la mentira es la verdad

¿Qué ves?, 1993, Divididos.

La buena 

“¿Con puré o papas fritas? Puse los ojos en blanco ante la incredulidad de la pregunta que me estaba haciendo. No me podía estar preguntando eso, ¿no me conocía acaso? La miré y dije en voz alta lo que ella ya sabía “Con puré. Obvio.” Se ríe. Cuando me iba bien en el colegio mi abuela me cocinaba milanesas, mi comida preferida. 

“Contame Pollita, ¿cómo te fue con los exámenes?” Me había ido muy bien, era buena alumna. Pero ella estaba preocupada porque en uno de los exámenes me había sacado un 8. Para cualquiera es una excelente nota también pero no para mí y, definitivamente, no para mi abuela.  “A todos nos costó ese examen, la nota más alta fue un 9”. “Yo no te pregunté cómo le fue a los demás, te pregunté cómo te fue a vos. A ver, Pollita, a los demás les puede ir como les plazca; pero a vos, a vos no te alcanza con ser como la mayoría. ¿Cuántas veces te dije? Para nosotras, no existe el ‘buena’. Te tenés que esforzar el triple para lograr que te vean de la misma manera y, aun así, a veces, no te lo van a querer reconocer”.

Hoy eso tiene nombre: techo de cristal.  La mayoría de las mujeres sabe de lo que hablo, salvo que el techo de cristal para las mujeres negras está un poco más bajo que el de la mayoría. Mi abuela solo terminó la escuela primaria, pero en esa época con eso bastaba para por lo menos acceder a un oficio. A ella le fue muy bien, pero quería para sus hijas (y sus nietxs) aquello a lo que ella no había podido acceder. Particularmente conmigo – porque había salido “más oscurita” que el resto; pero parecía inteligente, había esperanzas.  

No me considero particularmente inteligente, pero sí que me esfuerzo más que la mayoría. Hice todo para lucirme en papeles y aproveché cada oportunidad que me fue otorgada. ¿Me sirvió? Yo creo que sí. Accedí a una buena educación. 

El tipo de racismo al cual yo me tuve que enfrentar creciendo en Argentina, por mi situación, no fue de privación, sino todo lo contrario. Fue uno en el que te sentís cómoda -casi como en grupo de iguales- y de repente, algo sucede y te hace recordar que no sos como el resto. 

  • “¿Usted es Yannone?” 
  • “¿En serio? Leyendo el examen, te imaginaba diferente, no sé. Pero bueno, la felicito, muy bueno.” 
  • Diferente ¿cómo?
  • ¿Qué? No sé qué me imaginé. Ay, no. Perdón. Deje, ya está. Perdón. 
  • Entiendo. 

Cuando arrancaba un nuevo término escolar o en la Universidad, la primera vez que un docente me entregaba la nota y veía a quién se la entregaba, se daba una conversación de ese estilo. ¿Los culpo? Por lo general, no hablaba mucho en clase hasta sentirme cómoda – y la gente llena los vacíos con suposiciones.  ¿Y qué van a suponer de la joven negra sentada en primera fila que toma apuntes, pero casi ni habla? Cualquier cosa, menos que es la que tiene el mejor promedio de la clase. 

Llevándolo a jerga futbolera, ellos están jugando con 11 y vos estás con 10 y sin más posibilidades de cambio. No me quedó otra que buscar ser la más buena, buscarme estrategias, tener que pensar lo peor y adaptarme. Ser “buena” implicó aprender a leer situaciones donde ya se habían emitido juicios en mí contra – no por mí, sino por cómo luzco – y buscar la forma de impedir la sentencia o mejor, cambiarla a mi favor. 

La mala

  • “…Agostina está demasiado combativa. No puede estar peleándose con todos, de todo, todo el tiempo.” 
  • “Pero, acaso, ¿su rendimiento académico bajó?
  • “No, sus notas siguen siendo de las mejores de la clase. Pero no es eso, es su actitud, es muy…muy bélica”
  • “Es una adolescente. Me va a tener que disculpar, pero eso…es un síntoma de salud”
  • “No cuando cuestiona a los profesores”
  • “Pero no les faltó el respeto, solo se cuestiona los temas que se dictan. Y, además, ¿lo que dijo no tenía sustento?”
  • “Sí, pero no puede estar cuestionando el temario”
  • “¿Pero acaso Uds. no fomentan el pensamiento crítico?”

No. No soy terraplanista. Solo que un día, bah, un verano, me cansé. Me cansé de los comentarios por lo bajo, de las miradas, de los susurros, del ruido de codos chocando contra las costillas. Que me toquen el pelo sin permiso, que hagan comentarios insensibles e inexactos acerca de la historia argentina, que repitan – sin pensamiento- discursos opresivos. Pero aparentemente, cuando pasas de “I’m not a girl, not yet a woman” (#FreeBritney) – ya, para la sociedad blanca, entrás en la categoría “angry black woman”. Parece ser que, al dejar atrás la pubertad, las mujeres negras ya no somos capaces de “opinar civilizadamente” sino que vociferamos todo con matiz de “enojo” – porque constitutivamente una mujer negra es combativa, es bélica, tiene ese “no sé qué”. Ese algo que definitivamente no se califica como “bueno”. Y, recordemos que, el mundo blanco es dicotómico. Entonces, por descarte, si algo no es “bueno”, es malo. Entonces, la mujer negra es mala

“O sea, tu laburo es fantástico y sobresalís en todas las métricas, pero… 

pasa que, a veces, cuando decís las cosas parece que… O sea, rara vez te equivocas y siempre sos muy cordial y educada y ayudas a los demás, pero a veces, ay no sé, parece como que… que estuvieras como enojada.”

En mi largo camino profesional, en algún punto llegué a ser Gerente de una multinacional; no pasó de la noche a la mañana y, créanme, nadie me allanó un solo paso. En todo ese andar, hubo una constante, en cada puesto del más chiquito al más grande, siempre se me percibió como “enojada”. Uno de los mandatos más primitivos impuestos al Universo de las mujeres (luego adoptado por todas las esferas sociales, incluida la laboral) es que nuestro género es de buen semblante, siempre con una sonrisa, a menos que lamentablemente portes una resting bitch face (traducción al español: cara de perra enojada). Ay, como odio ese término. 

Y adivinen dentro del Universo Mujer, ¿quiénes portamos siempre las caras de malas? Pues claro, mi ciela. Estos estereotipos están desde que la narrativa blanca orquestó el orden de las cosas: las mujeres asiáticas son dóciles y sumisas, las indígenas carecen de educación y, nosotras, las negras somos las peladoras. Por contraposición, las mujeres blancas son el estándar. 

¿Cuántas veces una Profesora te habló con un tono condescendiente? ¿O tu jefa, mujer blanca, te pidió que por favor “seas más amigable y busques integrarte”?  ¿Cuántas veces tuviste que sonreír educadamente y sacudirte las palabras del hombro con la sonrisa más cortés que escondía la bilis y el enojo, los gritos y la desesperación, sólo porque no querías ser catalogada – nuevamente- como: “problemática”, “difícil”, “poco amigable”, “inaccesible”, “a la defensiva”

Como si la integración fuera un problema del empleadx y no de la incapacidad y poca voluntad de la Institución en fomentar espacios inclusivos y multiplurales, que alberguen todo tipo de diversidades, sosteniendo el status quo y la narrativa reinante. 

La porno

Una de las decodificaciones más populares de las mujeres negras, en la cultura popular: cumplir algún fetiche sexual. Ojo, este aplica a el Universo de las personas racializadas. Desde la narrativa blanca, escuché incontables veces la frase “¿Alguna vez estuviste con unx [Insertar aquí raza que le parezca]? Como si las personas fuéramos figuras coleccionables. Que los hombres negros están bien dotados y que las mujeres negras somos “fogosas”. Uf. 

“No es con intención racista”. Tu intención me vale madres, lo que importa el es impacto. Porque para las personas blancas es más importante contestar su curiosidad morbosa que ponerse a pensar acerca de los orígenes de esa necesidad de indagar sobre el cuerpo del otro como si fuera un parque de diversiones. De completar su álbum de figuritas con personas de diferentes. 

Enero 2021 – Extracto de conversación con alguien que  me escribió por Instagram

  • Boludo de IG: Tengo un amigo que viajo para Europa y conoció a una chica y me dijo que le encantó la persona que conoció
  • Boludo de IG: Y la piel que tenía con ella tmb jaja
  • Yo: La chica de qué país era? 
  • Yo: Él estaba de vacaciones? 
  • Yo: Cuando conoces a alguien viajando no es lo mismo que cuando tenes la rutina encima, ja
  • Boludo de IG: El pibe argentino
  • Boludo de IG: Y la chica de Angola y estaba ella en su país 
  • Boludo de IG: El de vacaciones
  • Yo: Que bien por tu amigo. Viajando uno se relaja y conecta con la gente de forma distinta
  • Yo: Inclusive si quizás no hablas el mismo idioma
  • Boludo de IG: Claro obvio
  • Boludo de IG: Vos estuviste alguna vez con alguien de color? (Sin ofender la expresión)
  • Yo: Campeón, todo bien pera esta línea de charla y esta pregunta es un toque racista. Vos posiblemente no lo veas asi, pero lo es. 
  • Boludo de IG: No sabia como preguntarla sin ofender
  • Boludo de IG: No es con intension (sic) racista para nada
  • Boludo de IG: Pero disculpa si ofendí

“Pero disculpa si ofendí” (ya le dedicaré su momento a esta polémica frase en la cual se tira la piedra para luego esconder la mano). Creo que ninguna de las cientos (miles) de mujeres negras que estén leyendo esto se pueden sorprender en lo más mínimo con esa conversación. Y esta es de las “livianas”, ¿o no? El morbo de saber qué pasa entre tus sábanas, esa necesidad de conocer tu C.V. sexual porque, claramentes, es “distinto” al propio del “yo, blanco” que convenientemente no tiene ni color ni raza porque “racializadx” sos vos. 

Desde hace siglos, las personas afrodescendientes sufrimos el escrutinio y somos tratadas como animales de exhibición y piezas de consumo del público blanco, que sienten “curiosidad” por nuestros rasgos y por nuestros cuerpos, que ellos convenientemente etiquetaron como “otros”. 

¿Cuántas veces vos, mujer negra que estás leyendo, fuiste confundida con una prostituta…solo por ser negra? Porque estabas sola esperando el bus para ir a estudiar. Porque estabas en el bar con tus amigas, divirtiéndote. Porque, nada. Porque simplemente existís. Porque en el imaginario colectivo, la mujer negra es “fogosa”, entonces le debe gustar y porque le gusta es, indefectiblemente: puta. Utilizo aquí la palabra “puta” en el sentido peyorativo y patriarcal de la palabra – esa que carga con todo el odio que escupe el interlocutor. Desde esa mirada, si bien todas las mujeres somos “putas”,  lamentablemente, las mujeres negras somos más putas aún (como si hubiese un medidor de “putez”) porque en la construcción social, las mujeres negras estamos asociadas con lo impulsivo, nuestra complexión de caderas anchas y labios grandes, es un claro indicador que “nos gusta” y eso en el medidor de putez equivale a la etiqueta de “puta golosa porno”. 

La vida de todas las mujeres que caminan en este mundo, está cruzada por situaciones como las que acabo de narrar. Tengo amigas blancas (que manejan un nivel blanquecino ario que sería aprobado por el mismísimo Führer) que han pasado por situaciones muy similares, simplemente porque nos tocó nacer hembras: luchar por un salario igual al de los compañeros hombres y que la tilden de “insatisfecha y no tener puesta la camiseta de la empresa”, por disfrutar de una vida sexual plena y que sean tildadas de “atorrantas”.  El gran problema es que, a esas situaciones horribles, las mujeres negras le tenemos que sumar el racismo. En la pelea por un ascenso laboral la compañera rubia va a ganarle a la compañera negra – aunque estén ambas igualmente calificadas- solo por tener la piel blanca. No lo digo yo, lo dicen los hechos. Esto tiene nombre: misogynoir [misogyny, inglés= misoginia / noir, francés=negro], término creado por Moya Bailey, para mostrar como el sexismo y el racismo en la vida de las mujeres negras, forman una intersección de diferentes formas de opresión y discriminación.  Si bien el concepto de interseccionalidad es cada vez más recurrente al hablar de derechos de minorías, se trata de un término inicialmente acuñado por la académica Kimberlé Crenshaw, para definir a las formas únicas de opresión que enfrentan las mujeres negras (#Datazo). Claramente, el término se volvió popular para englobar y conceptualizar las experiencias que enfrentan aquellxs con identidades que se cruzan y fue así como nació misogynoir, palabra que sintetiza el odio, la desconfianza, el desagrado y los prejuicios que enfrentamos las mujeres negras, día a día. 

Las mujeres y niñas negras que comparten experiencias ya sea de abuso, trauma, agresión, opresión, discriminación son, en gran medida, rechazadas, criticadas e ignoradas. Estas experiencias son cuestionadas, escrutadas y diseccionadas más que cualquier otro grupo.  Y no hay manto de poder ni privilegio que proteja.  En julio 2020 salieron a la luz fotos de Megan Thee Stallion (sí, la que canta WAP con Cardi B) herida y con varios disparos en el pie. Días más tarde, la cantante oficialmente denuncia al rapero Tory Lanez de dispararle. Acto seguido, se produjo una avalancha de críticas cuestionando la veracidad de su historia e incluso fue etiquetada de “soplona” por dar el nombre de su atacante. Aparentemente, ninguna cantidad de prestigio, dinero o fama puede proteger a una mujer negra del experimentar misogynoir, porque si una de las artistas más escuchadas del 2020, que claramente goza de dinero y reconocimiento, no está protegida frente al misogynoir, ¿qué protecciones tienen realmente las mujeres negras que no están en posiciones de poder y privilegios?

Hombres blancos poderosos, de diferentes industrias, abusan y aplastan mujeres, todo el tiempo y, convenientemente, su manto de poder los protege. El poder de estos viene de su privilegio basal de ser hombres y ser blancos. El resto, tanto no importa. 

Muchas personas desconocen el misogynoir y cómo se manifiesta para dañar colectivamente a las mujeres negras, por eso, el primer paso para desmantelar e interrumpirlo considero que es la conciencia. La educación contra el racismo debe explorar el misogynoir para aumentar la conciencia y la comprensión. Segundo, se debe trabajar la escucha. Cuando las mujeres negras compartimos una experiencia, en lugar de cuestionar el relato, es imperativo simplemente escuchar. Evitar siempre ponerse a la defensiva, el antirracismo es un verbo que se ejecuta y se construye. La narrativa blanca impregnó nuestra concepción de lo social, por eso es un trabajo de deconstrucción y construcción en simultáneo, desaprender para aprender. Si sos una persona blanca, fíjate cómo estás usando tu privilegio, acceso y oportunidad para desarraigar el misogynoir cada vez que asoma. 

A las mujeres negras: habla sin miedo y hacé ruido. No sos vos, es el mundo que está orquestado para tocar en tu contra, pero no estás sola. Si te pasó a vos, nos pasó a todas. Sos la buena, la mala y la porno. Pero no la que la sociedad construyó, sino la que existe detrás de las etiquetas y las situaciones, la que se eleva por encima de la opresión y le saca el dedo medio a aquellos que quieren que te amoldes. Mi amada abuela una vez me dijo: “Pollita, vos nunca te olvides quién sos. El mundo te va a decir qué sos, todo el tiempo. Pero, quién sos… eso lo decidís vos”.  


Agostina Yannone

Afroargentina, 7ma generación. (she/her)
Profesional de Relaciones Públicas y Comunicaciones de Marketing. Viajera.
Twitter: agosyannone / Instagram: agostinalytical


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