miércoles, mayo 27

La increíble historia de Elena de Céspedes: hija de la esclavitud, cirujana e intersexual en la España del siglo XVI

En 1545, o quizás 1546 —las fuentes difieren en un año—, nació en Alhama de Granada una criatura a la que bautizaron como niña en la Iglesia Mayor de la villa. Su madre era Francisca de Medina, una mujer esclavizada descrita en los documentos del Santo Oficio unas veces como «negra» y otras como «morena», traída a la Península por negreros portugueses y conocida hoy como una de las miles de mujeres africanas que en el siglo XVI habitaban Andalucía bajo el yugo de la esclavitud doméstica. En aquella España, la legislación establecía que los hijos de madre esclavizada nacían también esclavizados, con independencia de la condición del padre. La pequeña Elena heredó así, desde su primer aliento, la condición jurídica que le correspondía por el vientre que la trajo al mundo.

Su padre fue probablemente el propio señor de la casa, Benito de Medina, un labrador con hacienda suficiente para poseer esclavos. El apellido que Elena llevaría el resto de su vida no era el de su sangre; era el de la esposa de su amo, Elena de Céspedes, a quien sirvió durante años y con quien, según los testimonios recogidos en el proceso inquisitorial, mantuvo una relación más cordial que servil. Así funcionaba la economía de los nombres en la España de aquella época. Los cuerpos esclavizados portaban los apellidos de sus propietarios para señalar a qué casa pertenecían, no de dónde venían. La esclavitud que estructuró su infancia formaba parte de un sistema peninsular que desde el siglo XV convirtió a Andalucía en uno de los mayores centros esclavistas de Europa.

Todavía adolescente, fue casada con Cristóbal de Lombardo, un albañil jienense que la abandonó a los pocos meses de matrimonio. Elena quedó embarazada, dio a luz un niño al que llamó también Cristóbal, y lo dejó al cuidado de un panadero sevillano. Las fuentes no registran que volviera a saber de él. Lo que sí registran es que, a partir de ese momento, Elena comenzó una vida de movimiento constante que la llevaría a tejer en Granada, a labrar la tierra, a apacentar ganado, a recorrer Andalucía y Castilla con una libertad que ninguna mujer de su condición, su color y su origen debía haber tenido.

Fue durante el parto o poco después —así lo declaró ante el Santo Oficio— cuando afirmó que le apareció un miembro viril. Desde ese momento comenzó a vestirse de hombre, a llamarse Eleno o simplemente Céspedes, y a ejercer todos los oficios que la sociedad de la época reservaba al varón. La anatomía que describía —cuerpo con caracteres de ambos sexos— llevó a la historiografía posterior a clasificar su caso bajo la categoría de hermafroditismo, aunque la evidencia documental también ha dado lugar a lecturas que reconocen en Céspedes una identidad de género masculina vivida con plena coherencia. Sea cual fuera la naturaleza de su corporalidad, lo que los documentos muestran con nitidez es que Céspedes construyó una identidad masculina y la sostuvo durante décadas frente a inquisidores, médicos, vecinos y colegas de oficio.

En 1568, cuando la Corona movilizó sus ejércitos para sofocar la rebelión de los moriscos en las Alpujarras, Céspedes se alistó como soldado en la compañía de don Luis Ponce de León y combatió en la guerra durante tres años. Regresó de ella sastre y con oficio. Durante la siguiente década trabajó en varias ciudades castellanas hasta instalarse en Madrid, donde trabó amistad con un cirujano que le enseñó el arte de coser heridas y tratar enfermos. Lo que podría haber sido una instrucción informal se convirtió en algo inédito en la historia de la medicina española.

Tras años de práctica, Céspedes se presentó a los exámenes oficiales del Protomedicato —el organismo real que certificaba a los profesionales de la salud— y obtuvo la licencia de cirujano y sangrador. Se convirtió así en la primera persona de condición femenina en lograr ese título en toda España y, según algunos historiadores, en toda Europa. En las actas del Santo Oficio que más tarde la acusarían, el cargo quedó registrado en femenino: cirujana. La institución que la perseguía reconoció, incluso en su persecución, lo que había logrado. El Ministerio de Cultura recoge su perfil entre los primeros documentados en los archivos de personal sanitario histórico español.

La fama de Céspedes llegó a oídos de la Corte. Fue convocada al Monasterio de El Escorial para tratar a uno de los maestros canteros que trabajaban en la gran obra de Felipe II. El cirujano real la había examinado. Nadie cuestionó sus manos.

Establecida en Ocaña (Toledo), contrajo matrimonio con María del Caño, vecina de Yepes. Era su segundo matrimonio, esta vez con una mujer, y fue el que desencadenó su caída. En 1587 los rumores sobre la verdadera identidad de Eleno de Céspedes circularon por la villa hasta llegar a las autoridades eclesiásticas. Fue arrestada y trasladada a la cárcel del Tribunal de la Inquisición de Toledo.

El proceso que siguió, conservado en el Archivo Histórico Nacional bajo la referencia Inquisición, Legajo 234, Exp. 24, es uno de los documentos más extraordinarios del siglo XVI español. Los cargos fueron desprecio al matrimonio, pacto con el demonio y sodomía. La defensa de Céspedes fue audaz: se declaró hermafrodita, produjo testigos médicos que certificaron la existencia de un miembro viril, y consiguió que el mismísimo doctor Francisco Díaz —urólogo de la Corte, autor del primer tratado de urología de la historia de la medicina— la examinara y firmara que era un hombre. El estudio exhaustivo de ese proceso inquisitorial, realizado por el investigador Emilio Maganto Pavón, reconstruye el modo en que Díaz se vio obligado a retractarse cuando los peritos del Santo Oficio llegaron a una conclusión contraria y lo acusaron de haber sido engañado con «malas artes». La ciencia al servicio del poder institucional es también una historia antigua.

El 18 de diciembre de 1588, en la Plaza del Zocodover de Toledo, Elena de Céspedes salió al auto público de fe vestida con coroza e insignias que señalaban su delito. Abjuró de levi. Recibió doscientos azotes —cien por las calles de Toledo, cien por las de Ciempozuelos— y fue condenada a diez años de trabajo no remunerado en las enfermerías de los hospitales. La Inquisición creía haberla devuelto al lugar donde siempre debió estar. Se equivocó.

No se sabe qué fue de Elena de Céspedes después. Los archivos guardan silencio sobre sus últimos años y la institución pretendió borrar todo lo que había construido. Lo que no pudieron borrar era el propio expediente que abrieron contra ella. Ese legajo de fojas es, paradójicamente, la prueba más completa de que existió y de que llegó donde llegó.

La historia de Elena de Céspedes es la historia de una mujer nacida en la base de todas las jerarquías posibles —sin libertad, sin linaje reconocido, sin género asignado que sintiera propio— que ascendió, a fuerza de inteligencia y movimiento constante, hasta los salones donde se curaba a los hombres del rey. Hija de una mujer africana esclavizada, como tantas otras mujeres negras que resistieron desde sus cuerpos la violencia de su tiempo, Elena no dejó discípulos ni escuela. LO que si nos dejó es el archivo de un proceso judicial con su nombre y sus logros escritos por la mano de quienes querían condenarla.

La historia de la esclavitud en España es también la historia de quienes, desde esa condición, crearon vidas que el sistema no había previsto. Elena de Céspedes fue una de ellas. La primera cirujana titulada en España fue hija de una mujer a quien no le pertenecía ni su propio nombre.

Tania Castro

Historiadora

Santander (España)



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