
Puede que lo hayas padecido en reuniones de trabajo, en asambleas, en cenas familiares o en redes sociales. No sabes nombrarlo pero lo conoces bien. No requiere insultos ni violencia explícita. Basta con una frase aparentemente razonable para desactivar cualquier denuncia de injusticia. Esa táctica tiene un nombre en inglés, tone policing, y empieza a conocerse en el mundo hispanohablante como vigilancia del tono. Se trata de desplazar la atención de lo que se dice hacia cómo se dice, invalidando el contenido de un mensaje por la emoción con que se expresa.
Cuando una persona racializada señala una discriminación en su lugar de trabajo y recibe como respuesta «entiendo lo que dices, pero con ese tono no vas a conseguir nada», está experimentando tone policing. Cuando una mujer negra denuncia un comentario racista y le responden «si te calmaras, podríamos hablar de esto como personas civilizadas», está siendo víctima de esta forma de microagresión. El problema nunca es el racismo cometido, el problema siempre parece ser la reacción de quien lo padece.
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La psicóloga y terapeuta Candyce Anderson, fundadora de Revita Therapy and Wellness, define el tone policing como una táctica conversacional que descarrila la comunicación al criticar la expresión emocional, el volumen, la elección de palabras o la actitud percibida de alguien, en lugar de abordar la sustancia de su mensaje. Esta definición resulta clave porque revela la trampa lógica que encierra. Si alguien expresa una queja legítima sobre discriminación en el trabajo y recibe como respuesta «suenas enfadada» o «necesitas ser más profesional al respecto», la atención se desvía del problema original hacia la supuesta inadecuación emocional de quien denuncia. El contenido de la denuncia queda intacto, sin examinar, sin resolver.
El tone policing se clasifica como una variante de la falacia ad hominem. En lugar de rebatir un argumento con hechos o razonamientos, se ataca a la persona que lo emite, específicamente su estado emocional. Esta clasificación importa porque desmonta la apariencia de racionalidad que suele acompañar al tone policing. Quien vigila el tono ajeno se presenta como la voz de la razón, como el adulto en la sala que pide calma ante el supuesto descontrol emocional del otro. La realidad es que está evitando responder al contenido mediante un ataque personal disfrazado de consejo bienintencionado.
La escritora y activista Tess Martin lo expresa con claridad en su texto «Racism 101: Tone Policing»: si logras silenciar a otra persona apelando a su enfado o frustración, nunca tendrás que responder por tu propia conducta racista. El beneficio adicional es que, al mantener la calma mientras la otra persona se muestra afectada, apareces como quien tiene razón ante quienes observan la situación. Esta dinámica resulta especialmente perversa porque premia la frialdad del agresor y castiga la emoción legítima de la víctima.
Las mujeres, y de manera muy específica las mujeres negras, sufren el tone policing con una frecuencia e intensidad desproporcionadas. Anderson lo confirma: las mujeres, particularmente las mujeres negras, enfrentan vigilancia del tono constantemente, siendo etiquetadas como «agresivas», «enfadadas» o «emocionales» por expresar las mismas preocupaciones que los hombres expresan sin recibir comentario alguno. Esto conecta directamente con el estereotipo de la Angry Black Woman, una imagen de control que funciona desde el siglo XIX para silenciar y disciplinar a las mujeres afrodescendientes.
La imagen de la Angry Black Woman cumple funciones muy concretas: silenciar y avergonzar a las mujeres negras que osamos cuestionar las desigualdades sociales, quejarse de sus circunstancias o exigir un trato justo. Nuestra pasión y la indignación legítima se reinterpretan sistemáticamente como irracionalidad, lo que permite ignorarnos sin abordar el contenido de nuestras reclamaciones. Un estudio de 2020 publicado en el Journal of Applied Psychology por investigadores de la Universidad de Hofstra y la Universidad de Arizona confirmó estos efectos en el ámbito laboral. Los observadores tendían a hacer atribuciones internas ante expresiones de enfado de mujeres negras, es decir, asumían que el enfado se debía a características de personalidad y no a circunstancias externas, lo que conducía a evaluaciones de desempeño más negativas.
Las consecuencias de esta dinámica van mucho más allá. La investigación psicológica ha documentado que las personas sometidas consistentemente a tone policing experimentan frustración, sensación de ser silenciadas y dudas sobre sí mismas. Este coste psicológico disuade significativamente a muchas personas de participar activamente en conversaciones sobre justicia social. El silencio es el resultado.
El tone policing funciona también en el ámbito laboral como mecanismo de exclusión. Esta táctica se utiliza con frecuencia para silenciar voces disidentes y mantener dinámicas de poder existentes. Una persona racializada que aborda apasionadamente cuestiones de injusticia racial puede ser etiquetada como «agresiva», mientras sus preocupaciones quedan marginadas. Esta vigilancia de la emoción y la expresión refuerza una cultura donde únicamente ciertas voces, típicamente las que se ajustan a normas blancas de clase media, se consideran aceptables.
La conexión entre tone policing y conceptos como «encaje cultural» o «profesionalidad» merece atención especial. Investigadores han encontrado que las personas afrodescendientes tienden a preferir una expresión más abierta de emociones durante las discusiones. La frustración, el enfado y otras emociones se comunican de manera directa al interlocutor, con mayor uso de gestos, variación en el ritmo del habla, el volumen y la entonación. Esto no es falta de control, es un estilo comunicativo culturalmente específico. Cuando los estándares de «profesionalidad» se definen exclusivamente desde patrones blancos y de clase media, cualquier desviación se penaliza como inadecuada, independientemente de la validez del contenido expresado.
Audre Lorde dedicó uno de sus textos más influyentes a esta cuestión. En su discurso «Los usos de la ira: las mujeres responden al racismo», pronunciado en 1981 ante la Asociación Nacional de Estudios de la Mujer, Lorde defendió el valor político y personal de la ira. Su respuesta al racismo era la ira. Había vivido con esa ira, alimentándose de ella, aprendiendo a usarla antes de que destruyera sus visiones. El miedo a esa ira no enseñó nada a Lorde, y advirtió que tampoco enseñaría nada a su audiencia. Las mujeres que responden al racismo están respondiendo a la ira de la exclusión, del privilegio incuestionable, de las distorsiones raciales, del silencio, del mal uso, de los estereotipos, de la actitud defensiva, de la traición y de la cooptación.
Lorde estableció una distinción fundamental entre odio e ira. El odio es la furia de quienes no comparten nuestros objetivos, y su objeto es la muerte y la destrucción. La ira es un duelo por las distorsiones entre iguales, y su objeto es el cambio. Esta diferenciación permite rescatar la ira como emoción legítima y potencialmente transformadora, frente a los intentos de patologizarla como irracionalidad peligrosa. Las mujeres racializadas han crecido, escribió Lorde, dentro de una sinfonía de ira por ser silenciadas, por no ser elegidas, por saber que cuando sobreviven lo hacen a pesar de un mundo que da por sentada su falta de humanidad y que odia su propia existencia fuera del servicio a otros.

El tone policing no afecta únicamente a las mujeres negras. Las personas del colectivo LGBTQ+ enfrentan vigilancia del tono cuando defienden sus derechos. Las personas con diversidad funcional experimentan lo mismo cuando señalan barreras de accesibilidad. Los grupos marginalizados en general reciben más escrutinio sobre su expresión emocional, especialmente cuando discuten cuestiones que les afectan directamente. La táctica se aplica contra cualquiera cuya voz amenace con desestabilizar el orden existente.
¿Cómo enfrentar el tone policing? La primera herramienta es el reconocimiento. Identificar cuándo está ocurriendo permite nombrar la táctica y desactivar parte de su poder. Frases como «estás desviando la conversación de mi argumento hacia mi tono» o «mi emoción no invalida lo que estoy diciendo» pueden resultar útiles para reconducir el diálogo hacia el contenido.
La segunda herramienta es la validación interna. Las emociones ante la injusticia son respuestas humanas legítimas. Sentir ira cuando se experimenta discriminación no es una tara, es una reacción saludable ante situaciones que merecen indignación. Cada persona tiene su propio tiempo y debe respetar sus límites. Si no tienes energía para dar, no la des. No abordar una situación de tone policing en el momento no significa que no pueda abordarse después.
La tercera herramienta es la construcción de comunidad. Compartir experiencias con otras personas que enfrentan situaciones similares ayuda a confirmar que el problema no está en una misma, sino en las estructuras de poder que utilizan el tone policing como mecanismo de control. Los espacios seguros donde poder expresarse sin vigilancia constante resultan fundamentales para la salud mental de las personas racializadas.
Para quienes observan situaciones de tone policing sin ser sus víctimas directas, existe la responsabilidad de intervenir. Señalar cuando alguien está desviando la atención del contenido hacia el tono, validar públicamente la legitimidad de las emociones expresadas, y mantener el foco en el tema que se estaba discutiendo son formas concretas de ejercer solidaridad activa.
Las organizaciones también tienen un papel que cumplir. La formación en diversidad debería incluir discusiones específicas sobre tone policing y microagresiones para aumentar la conciencia sobre estas cuestiones. Los equipos directivos necesitan comprender qué es y cuáles son sus indicadores, como decirle a alguien que se calme o sugerirle que reformule su mensaje para hacerlo más digerible. Abstenerse de interpretar las emociones de una persona como inválidas, independientemente de si se está de acuerdo con ella o no, debería ser un estándar básico de comunicación respetuosa.
El tone policing prospera en la confusión entre forma y fondo. Permite a quienes lo practican presentarse como defensores de la civilidad mientras evitan responsabilizarse del contenido de lo que se les señala. Desmontarlo requiere insistir en que ambas cosas son separables: que una persona puede estar enfadada y tener razón al mismo tiempo, que la emoción no invalida el argumento, que exigir calma ante la injusticia es otra forma de perpetuarla.
Esa ira tiene historia, tiene raíces, tiene razones. Pretender que se exprese únicamente en los términos que resultan cómodos para quienes nunca la han experimentado es pedir un imposible. Es, además, pedir una injusticia sobre otra injusticia. El tone policing funciona porque la sociedad ha naturalizado la idea de que ciertas emociones son aceptables y otras no, que ciertos cuerpos pueden expresar ira y otros deben mantener una calma perpetua, que la forma importa más que el fondo cuando quien habla pertenece a un grupo subordinado. Desmontar estas premisas es trabajo colectivo. Implica cuestionar los estándares de «racionalidad» y «profesionalidad» que se aplican de manera desigual. Implica reconocer que pedir a las víctimas del racismo que expliquen su sufrimiento sin emoción es pedirles que finjan no ser humanas. Implica, finalmente, aceptar que la incomodidad de escuchar verdades difíciles expresadas con pasión es un precio mínimo comparado con el daño que causa el silencio impuesto.
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