
Hoy, 25 de abril, Portugal celebra con flores en las calles el 52 aniversario de la Revolución de los Claveles, ese golpe de Estado que en 1974 puso fin a casi medio siglo de dictadura. La imagen es poderosa, soldados con claveles rojos en los fusiles, ciudadanas y ciudadanos abrazándose en las plazas de Lisboa, el fin de una era. Hay algo cierto en esa celebración. Y hay algo que casi siempre se omite, cuando Portugal se quitó de encima al fascismo, cinco países africanos llevaban más de una década muriendo para que ese momento fuera posible.
Entender el 25 de abril exige volver atrás. Desde 1926, y más concretamente desde 1933 con la consolidación del Estado Novo impulsado por António de Oliveira Salazar, Portugal vivió bajo una de las dictaduras más longevas del siglo XX en Europa. Un régimen de censura, represión, trabajo forzado y policía secreta —la PIDE— que perseguía cualquier forma de disidencia. Salazar murió en 1970 sin ver caer su obra. Le sucedió Marcelo Caetano, quien mantuvo intacta la voluntad de conservar las colonias africanas a cualquier precio.

Ese precio era enorme. Portugal era, a principios de los años setenta, la única potencia europea que se negaba a descolonizar. Cuando el resto de Europa emprendió ese proceso después de la Segunda Guerra Mundial, Lisboa respondió con una ficción jurídica: sus colonias no eran colonias, sino «provincias ultramarinas». Con esa semántica pretendía ocultar lo que era en realidad un sistema de explotación racial estructurado, donde las poblaciones africanas quedaban clasificadas legalmente como «indígenas» sin derechos políticos, sometidas a trabajo forzado hasta 1962 y excluidas de cualquier forma de autodeterminación. Los territorios bajo dominio portugués en África eran cinco: Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe, y en todos ellos el modelo era el extractivismo, el racismo y el silencio forzado.
Ese silencio se rompió mucho antes de que ningún soldado pusiera un clavel en su fusil. En 1961, los movimientos de liberación africanos iniciaron la lucha armada. Lo hicieron en Angola, donde militantes del MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) atacaron la cárcel de Luanda para liberar presos políticos. Lo hicieron en Guinea-Bissau, donde el PAIGC (Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde) organizó la guerra de guerrillas. Lo hicieron en Mozambique, donde el FRELIMO (Frente de Liberación de Mozambique) tejió su resistencia desde el exilio. Trece años de guerra colonial, tres frentes simultáneos, decenas de miles de muertos africanos. El 25 de abril de 1974 fue posible, en gran medida, porque África llevaba más de una década agotando al ejército y a las arcas del Estado portugués.



Las figuras que lideraron esas guerras merecen ser nombradas con la centralidad que la historia oficial les niega. Amílcar Cabral es quizá el más citado internacionalmente. Nacido en Guinea-Bissau en 1924, ingeniero agrónomo, escritor y revolucionario, fundó en 1956 el PAIGC y construyó uno de los movimientos anticoloniales más sofisticados política y militarmente del continente. Cabral entendía la lucha de liberación como una batalla cultural tanto como militar, y sus textos sobre el papel de la cultura en la resistencia siguen siendo referencia en el pensamiento descolonial. Fue asesinado el 20 de enero de 1973 en Conakry, con toda probabilidad por la inteligencia portuguesa, a menos de un año de ver la independencia que él mismo hizo posible.
En Angola, Agostinho Neto encabezó el MPLA. Médico y poeta, había sido detenido varias veces por la PIDE y pasó años en prisiones portuguesas antes de organizar la resistencia desde el exilio. En 1975 se convirtió en el primer presidente de Angola. En Mozambique, Samora Machel lideró el FRELIMO tras el asesinato de su fundador, Eduardo Mondlane, en 1969. Machel representó el rostro del África que tomaba las riendas de su propio futuro, con un proyecto político que ponía a las comunidades rurales y a las mujeres en el centro del proceso revolucionario. Todas estas figuras se conocían, compartían lecturas, debates, estrategias. Muchas de ellas se habían formado en la clandestinidad en la misma Lisboa donde el régimen que las perseguía tenía su sede.
Cuando el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) dio el golpe en la madrugada del 25 de abril de 1974, sus oficiales eran jóvenes capitanes hartos de una guerra imposible de ganar. La frase que aquella noche pronunció el capitán Fernando Salgueiro Maia ante sus tropas lo resume con una precisión que hace casi innecesario cualquier análisis adicional: «Señores, hay diferentes tipos de estados. Estados socialistas, estados capitalistas y el estado al que hemos llegado. Vamos a acabar con él.» La población de Lisboa salió a las calles con claveles, la flor de temporada. Celeste Caeiro, una joven trabajadora que llevaba una cesta llena de ellos, los repartió entre los soldados. Uno los puso en el cañón de su fusil. Nació el símbolo.
Para Portugal, el 25 de abril significó el fin de la dictadura y el inicio de un proceso democrático que consolidaría la Constitución de 1976. Para Guinea-Bissau, significó el reconocimiento formal de una independencia que el PAIGC ya había declarado unilateralmente en septiembre de 1973. Para Mozambique y Angola, la independencia llegó en 1975. En Angola derivó de inmediato en una guerra civil devastadora entre facciones apoyadas por distintas potencias internacionales —Estados Unidos, la Unión Soviética, Cuba, Sudáfrica— que destruyó el país durante décadas. Para Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe, la descolonización fue más ordenada, y en ningún caso llegó acompañada de los recursos, las instituciones ni los cuadros técnicos que décadas de expolio colonial habían impedido desarrollar. Portugal se fue, en muchos casos, sin coordinar el traspaso de poder, dejando países que debían reconstruirse desde la base.

La diáspora africana en Portugal carga con esa historia de una manera particular. Las comunidades de origen angoleño, mozambiqueño, caboverdiano o guineano llevan décadas en Portugal, muchas asentadas en barrios periféricos como Amadora o Setúbal, enfrentando un racismo estructural que el país tarda en reconocer. La narrativa oficial del lusotropicalismo, esa teoría forjada por el sociólogo brasileño Gilberto Freyre y apropiada por el salazarismo para presentar el colonialismo portugués como una convivencia armoniosa entre culturas, dejó una huella profunda. Permitió que Portugal construyera una autoimagen de colonizador benigno y singular, diferente al resto, y las personas negras en suelo portugués seguían sufriendo discriminación sistémica, violencia policial y exclusión.
Hoy, en las conmemoraciones del 25 de abril, los discursos en Portugal hablan de libertad, de democracia, de los claveles como símbolo de resistencia pacífica. Todo eso es real. Y al mismo tiempo, existe una deuda histórica hacia África que ese relato suele sortear. Una deuda que tiene nombres concretos: los muertos de la guerra colonial del lado africano, los sistemas educativos y sanitarios que el colonialismo impidió desarrollar, las riquezas extraídas durante siglos de Angola a Mozambique, los cuerpos de personas esclavizadas desde el siglo XV.
Celebrar el 25 de abril con toda su complejidad significa reconocer que la libertad de Portugal tuvo un precio que no pagaron solo los portugueses. Que los claveles en los fusiles fueron posibles porque durante trece años, en las selvas de Guinea-Bissau, en las sabanas de Angola, en el norte de Mozambique, hombres y mujeres africanas pusieron sus cuerpos en el lugar donde los discursos no llegan. Amílcar Cabral no pudo ver la independencia. Eduardo Mondlane fue asesinado antes. Josina Machel, revolucionaria mozambiqueña, murió a los 25 años sin ver su país libre. Esos nombres son también parte del 25 de abril. La historia que los borra no es historia.
Tania Castro
Historiadora
Santander (España)

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