lunes, marzo 9

No queremos ser invitadas simbólicas. Queremos poder político

La sororidad es la promesa más conocida del feminismo. El nombre que da a la idea de que el género crea un vínculo que trasciende otras diferencias. Nosotras, mujeres negras y racializadas en España y Latinoamérica, llevamos años dentro de ese espacio y podemos decir que la acogida que encontramos tiene, con demasiada frecuencia, la forma de una invitación, no de un derecho. Entramos como huéspedes en una casa que se construyó sin contar con nosotras. Y eso tiene un nombre.

Grada Kilomba, psicóloga, artista e investigadora portuguesa de origen angoleño y santomentense, dedicó años a documentar cómo el racismo opera en lo cotidiano, en los gestos pequeños, en las palabras que nadie registra como agresión porque se producen en entornos que se consideran civilizados y progresistas. Su obra Memorias de la plantación. Episodios de racismo cotidiano describe describe cómo el racismo no se limita a los espacios de poder más evidentes. También aparece en ambientes progresistas, académicos o supuestamente críticos, donde las microagresiones, la exotización o el cuestionamiento constante de las personas negras siguen operando con total normalidad.

El primer mecanismo que nos expulsa simbólicamente del feminismo tiene nombre: exotización. Aparece como fascinación. La mujer negra que activa es vista como algo llamativo y distinto, su activismo se lee como una rareza valiosa, su estética se comenta con admiración que en realidad cataloga y mide la distancia entre lo que se considera norma y lo que se percibe como diferencia curiosa. Kilomba describe estos mecanismos como parte del racismo cotidiano que produce alteridad y sitúa a las mujeres negras en la intersección entre racismo y género, la confluencia entre la construcción racial y la de género que sitúa a la mujer negra en una posición de alteridad doble. Ni es el sujeto del feminismo ni es el sujeto del antirracismo; es el punto donde ambas exclusiones se cruzan. Ser objeto de fascinación no equivale a ser reconocida como igual. Equivale a ser observada.

Junto a la exotización opera su contrario: la invisibilización. Muchos feminismos institucionales debaten con rigor sobre brecha salarial, representación política o violencia de género, y hacen bien en hacerlo. Lo que no integran con la misma energía son los problemas que afectan de manera específica a las mujeres racializadas. El racismo institucional, la Ley de Extranjería, la violencia policial, la discriminación en el acceso a la vivienda y al empleo, las condiciones de las trabajadoras domésticas internas, la situación de las mujeres en los Centros de Internamiento de Extranjeros. Hay experiencias de mujeres que cuentan y hay experiencias que pueden esperar.

Al silencio de la invisibilización le sigue, con frecuencia, el ruido del paternalismo. Que alguien explique el racismo en un panel sin que haya ninguna persona racializada en la mesa. Que se debata sobre las condiciones de vida de las mujeres migrantes sin que ninguna mujer migrante esté presente para hablar de sí misma. Que el feminismo de corte asistencialista decida, desde fuera, qué forma debe tomar la emancipación de las demás. Kilomba muestra cómo el racismo cotidiano convierte con frecuencia a las personas negras en objeto de análisis dentro de espacios académicos,activistas y políticos, negándoles la posición de sujeto que produce conocimiento sobre su propia experiencia.. Hablar por alguien que puede hablar por sí misma es un ejercicio de poder que reproduce las mismas jerarquías que el feminismo dice querer desmantelar.

El cuarto mecanismo es quizá el más sofisticado porque se disfraza de avance. El tokenismo feminista consiste en hacer visible a una mujer racializada sin trasladarle poder real. Invitarla a una mesa redonda para cumplir cuota. Usar su imagen en una campaña sin que haya participado en su diseño. Incluirla en la fotografía del evento, en el cartel, en la memoria anual, sin darle un lugar en las estructuras donde se toman las decisiones. En Afroféminas llevamos tiempo documentando esta dinámica, que afecta incluso a personas racializadas que validan discursos excluyentes a cambio de ser aceptadas. La diversidad simbólica no redistribuye poder. Redistribuye visibilidad, que es algo muy distinto. Ser visibles no equivale a ser influyentes.

La exotización, la invisibilización, el paternalismo y el tokenismo son síntomas de un problema estructural que tiene que ver con quién ha definido históricamente qué cuenta como feminismo. En Europa, el feminismo dominante ha sido en su mayoría blanco y de clase media. Eso no cancela sus conquistas, que son reales y han tenido consecuencias materiales para muchas mujeres. Lo que sí explica es la persistencia de sus puntos ciegos. Quién escribe los libros de referencia. Quién ocupa los espacios mediáticos. Quién acuña los conceptos teóricos. Quién recibe financiación institucional. Quién convoca y quién es convocada.

Lo que nosotras exigimos al feminismo no es comprensión ni visibilidad simbólica. Eso ya lo habíamos pedido y, con frecuencia, se nos ofreció en versión decorativa. Lo que hace falta es distinto: liderazgo racializado en las estructuras reales de los movimientos, una agenda política que integre el antirracismo como eje central y no como capítulo adicional, redistribución efectiva de los espacios donde se toman las decisiones. El feminismo negro no divide el movimiento. Lo completa. No queremos invitaciones a las mesas. Queremos asientos permanentes en ellas, con voz y con capacidad real de decisión.

El feminismo que ignora el racismo no libera a todas las mujeres. Libera a algunas y deja a las demás donde estaban. No queremos ser invitadas simbólicas en un movimiento que también debería ser el nuestro. Queremos poder político para rehacer el feminismo desde dentro.

Tania Castro

Historiadora

Santander (España)



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