Callarse no está permitido

«No es que sea necesario hablar y contar historias de otras realidades, desde tu diversidad de mujer racializada y migrante, creo que es una falta de respeto no hacerlo por las que no pueden». Me dijo hace unas semanas Aida Bañeres entre confesiones de alcohol, amoríos y nocturnidad. Esta frase se me ha quedado rondando en la cabeza durante días. «No hacerlo sería una falta de respeto por las que no pueden».

No se me dan bien las entrevistas, sudo, me pongo nerviosa, dudo de mi realidad y todo lo que voy aprendiendo y en ocasiones, más de las que me gustaría reconocer, termino en el baño, vomitando en un acto de vergüenza y cobardía. Pero siempre salgo, me intento recomponer con toda la inteligencia emocional heredada, que mi núcleo me ha otorgado y lo doy todo.

» Por las que no pueden» me repito». «Por las que no están» Insisto. Y aún así, hace unas semanas Aida me lo tuvo que volver a recordar. Quizás porque el mundo no para de susurrarme, que el ser mujer negra y escritora, con un trozo de plataforma donde alzar la voz, es un privilegio del que carecen muchas. Y nada da tanto miedo que enfrentar los pocos privilegios que se tienen, cuando se carecen de otros muchos.


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Al miedo del Síndrome del impostor, las mujeres negras tenemos que sumarle el miedo irreal, de que lo que vamos consiguiendo, lo poco que nos dan, es por hacer uso de nuestro dolor para fines comerciales. Cuántas veces, no te has cuestionado si en realidad no escuchan el mensaje que tienes que contar, sino la utilidad del mismo para ensalzar otras luchas y lucrarse de algo que no viven.

Cuántas veces has cuestionado si no es talento, y si un poco de token lo que hace que piquen a tu puerta. Cuántas veces te han hecho dudar, hasta que punto es necesario seguir hablando de intersecciónalidad, de inclusión, de antirracismo, de voces negras. Cuántas veces no te has agotado tanto psicológicamente, pensando que toda la lucha y el tiempo invertido, es en balde, porque el egoísmo humano es más fuerte que la sororidad, y la integridad de creer en una sociedad más equitativa y humana.

Yo muchas veces. Y he caído en la trampa de la supremacía blanca de debilitarnos a nivel interno de esta manera, impidiendo que dejemos de hablar. He caído, y me avergüenza mi debilidad, me avergüenza mi fragilidad humana. Pido disculpas por no ser tan buena feminista como me gustaría, y me bajo de los pedestales a los que inconscientemente me he subido, en mi afán desesperado por mostrar otras realidades y opresiones, algunas que ni siquiera vivo, pero me duelen tanto que solo se escribir, para paliar el dolor. La supremacía blanca y el patriarcado, son solo dos grandes idiotas con poder, que se chocan de frente a una resistencia testaruda, organizada y ancestral. Por eso nos temen. Porque saben que somos poderosas, y el poder tambalea cuando la historia se invierte. No quieren que hablemos porque tenemos tanto que decir, que el miedo y la censura ya no es látigo suficiente a las ansias de libertad.

Seguiré siendo una mala feminista, que vomita, duda , se replantea y deconstruye cada día, el camino que va haciendo. Puede que tengan razón, puede que no, pero lo que si es real, es que callarse no está permitido. Por las que se atrevieron y les cortaron la lengua veinte horas al cepo sin comida, por las que se mueren en el Mediterráneo cada día y no les dio tiempo a gritar libertad, por las que vendrán y tendrán que continuar, dándose ostias contra el racismo institucional. A todas se lo debemos. Más mujeres negras escritoras, artistas, creadoras. Tomen el bolígrafo, escriban, tejan, colaboren, desháganse de egos humanos, griten, griten mucho y sin miedo. Que si nosotras no contamos nuestras historias hermanes, nadie lo hará.


Dayana Catá

‌Educadora especial y escritora. Ante todo humana, negra, cubana, mujer y activista. Todo en ese orden y con el mismo grado de intensidad.


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