De productos para el cabello y otras estrategias de poder: una lectura de Madame C.J. Walker: una mujer hecha a sí misma, la nueva miniserie de Netflix

20 de marzo. Tiempo de cuarentena. Netflix, 7: 10 am, Colombia

Me despierta la vida y el ánimo ver en la primera plana de la pantalla el rostro de una mujer tan negra: la plasmación fílmica de la vida de Sarah Breedlove, o más conocida por los afroamericanos como Madam CJ Walker, la primera mujer afroamericana creadora de una línea de productos para nuestro cabello y artífice de su propia fortuna. 

Nacida en una época postesclavista y heredaando la nobleza y pujanza de sus antecesores, Sarah logró ver en las adversidades de su devenir sueños de crecimiento, fortuna y un gran legado. Más que dilucidar la historia de cómo llegó al éxito, puedo desentrañar varias estratagemas del sistema que desde antaño oprimen nuestra lucha y progreso en diversos ámbitos.

Antes que nada, es preciso comprender que cada quien es hijo de su tiempo, y ello lo avoca a una compresión y valoración de su ser y estar en el mundo de forma diferente. Como mujeres negras en nuestro devenir, el cabello, extensión de nuestra corporalidad y ancestralidad, siempre será un organismo determinante en nuestra relación con los otros, implícita y explícitamente. Objeto de halagos o burlas, siempre será un motivo orgánico determinante de nuestra existencia. En este orden, Sarah, así como las mujeres negras de su entorno son obligadas a normalizar su cabello, a hacerlo más aceptable a las imposiciones ideológicas de la estética colonialista.

La vida entonces de esta mujer negra, representación también de las nuestras, es una historia de infortunio y victorias, encuentros y desencuentros, tanto con su propio yo como con los otros. En “La pelea del siglo”(1) asistimos a la lucha con su eterna adversaria: Addie Monroe. Ella, una mulata, fue quien le devolvió a Sarah su vitalidad, su autoestima y seguridad, sin embargo, fue tan solo su conejillo de indias para testar su producto. Jamás pensó que esta podría convertirse en su aliada porque simplemente no encajaba en el canon, el estereotipo de belleza imperante en aquella época.  Trasladándonos a nuestro momento histórico, ¿será que hemos alcanzado la sororidad entre nosotras mismas? ¿hemos podido hacer puentes con otras mujeres? O ¿sigue imperando en nosotras ese deseo egoísta de figurar antes que otras, entablando competencias sinsentido?

Una vez el producto está diseñado, terminado, ofertado al público y popularizado, Sarah deberá entrar a comprender las estrategias del juego del mercado, que está, para su dicha e infortunio, impregnado del patriarcado. Hombres blancos son quienes dominan el capital y quienes se encargan a su antojo y conveniencia de evaluar sus patrocinios y con ello la solidez de su hegemonía. 

Ahora bien, el segundo filtro: los hombres negros. Permeados también del patriarcado, imitando la conducta de los hombres blancos, los hombres negros han sido obligados a entrar en esta lógica de dominación y poder. Amparados bajo una aparente libertad, estos también entran en la lógica de dominación del sistema para mantener a flote los intereses de estos y más si se trata del plano de los negocios y del manejo de la economía. 

Así también vemos cómo los modelos de comportamiento son traducidos y asimiliados sin reflexión. Así como las mujeres blancas eran sumisas y apoyaban a sus esposos desde el espacio interino del hogar, del cual si eran las amas y señoras, las mujeres negras también debían brindan respeto y obediencia a sus esposos. Por tanto, seguir el parámetro de comportamiento de las blancas desde la cocina y servir era el lugar de la mujer negra. No obstante, Sarah, intrépida y obstinada, ruptura con este paradigma y en un espacio estructuralmente diseñado para los hombres, irrumpe con su palabra y sus reclamos puesto que su objetivo era entrar en el mercado capitalista para engrandecer y dignificar a los suyos. A su vez, consigue con “Por sus propios medios”(2) posicionarse en la economía local, convirtiendo a las mujeres negras de estos empresarios en sus aliadas y abriéndoles los ojos a su emancipación.

Sin embargo, con ello, “entrando en la casa del amo y apoderándose de su estrategia”, como diría Audre Lorde, Sarah también corría el peligro de crear otro paradigma de belleza para las mujeres negras. Situación que en nuestro momento es patente al visualizar la estrechez que aun circunda: somos aceptadas bajo ciertos modelos, un cierto tono de piel, una cierta textura de cabello y un cierto tipo de cuerpo. Aun nos cuesta, casa adentro y casa afuera, aceptar la diversidad que encarnamos y, por tanto, estamos obligadas a normalizar nuestra corporalidad. Es así como intentó surgir “La chica Walker”(3) lo que desató una serie de traiciones.

De igual forma, su esposo fue otro motivo de conflicto, dado que los intereses de su esposa crecían y el permanecía a la sombra de ella y su cabello. Cansado del crecimiento de su esposa, la abandona por una mestiza, consolidando una vez más el prestigio de una piel más clara. Por ende, es necesario también en nuestro hacer feminista y negro, empezar a proponer y discutir modos que les permitan también a nuestros hombres una deconstrucción de cara a las opresiones que ejerce en ellos tanto el patriarcado como las practicas racistas sociales y discursivas de poder. No es mi ánimo desdeñar de nuestros hombres, pero como rezaba Man Yaya al oído de Tituba “¿Cuándo las mujeres podrán prescindir de los hombres?”(4). 

Una vez más, nuestro cabello, como portador de nuestra resistencia histórica, y las invenciones que han sido creadas para el, entran en el foco de análisis que nos permite ver cómo se van transformando las sociedades, los gritos libertarios y todas las estrategias que quienes nos han antecedido para derogar las estrategias del poder. Ahora nos queda, empezar a pensarnos en clave capilar y no permitir, como lo manifestó Sarah, que nuestro cabello también se convierta en nuestro verdugo, y darle, por supuesto, el “crédito a la raza”(5).


  1. Título del primer capitulo.
  2. Título del segundo capítulo.
  3. Título del tercer capítulo.
  4. Marysé Conde. Yo, Tituba, la bruja negra de Salem. La Habana: casa editorial de Las Américas (2010 [1986]).
  5. Título del cuarto y último capítulo de la miniserie.

Eliana Guerrero Manzano

Afropatoja, hija performativa de la diáspora africana

Profesora de Literatura y Ciencias Humanas


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