Hay fechas que la historia oficial intenta convertir en una línea más del calendario, y hay fechas que la comunidad negra no puede ni debe dejar pasar en silencio. El 16 de junio de 1976 es una de ellas. Ese día, en Soweto, a las afueras de Johannesburgo, miles de estudiantes negros salieron a las calles para decir basta a un sistema educativo diseñado para mantenerlos de rodillas. La respuesta del Estado fue a tiros. Décadas después, seguimos contando esta historia porque nos pertenece: es parte de la memoria colectiva de la diáspora negra y africana, y porque cada 16 de junio el continente africano la convierte en el Día del Niño Africano.

La cantante sudafricana Miriam Makeba, conocida como Mamá África, llevó esta tragedia al mundo entero a través de su tema Soweto Blues, denunciando cómo los hijos e hijas de Soweto fueron recibidos a balazos por pedir educación en su propia lengua mientras sus padres trabajaban lejos, en las ciudades reservadas a la población blanca. Hemos hablado de ella y de su legado, porque su voz fue, durante décadas, la voz internacional de la resistencia negra sudafricana.
El origen de la masacre
Para entender Soweto hay que entender primero la maquinaria legal que sostenía al apartheid. La segregación racial en Sudáfrica no se limitaba a separar a la población blanca de la negra en los espacios públicos, ni a prohibir matrimonios y relaciones interraciales, ni a negar el derecho al voto a la mayoría del país. También se construyó, ladrillo a ladrillo, dentro de las aulas.
La Ley de Educación Bantu de 1953 estableció sistemas educativos completamente separados según la raza, dividiendo a la población entre negra, blanca, mestiza, asiática y «otros», y ofreciendo a cada grupo una educación radicalmente desigual. La población negra recibía una enseñanza deliberadamente empobrecida, pensada para producir mano de obra barata y no ciudadanía plena. Años después, la Ley de Universidades de 1959 profundizó esa misma lógica, creando universidades separadas para blancos y para negros, blindando así el acceso a la educación superior como otro privilegio racial más.
Sobre ese terreno ya minado de exclusión llegó la gota que colmó el vaso: el Decreto Medio de Afrikáans, una norma que obligaba a la población estudiantil negra a recibir al menos la mitad de sus asignaturas en afrikáans, lengua de origen neerlandés y oficial del régimen. Para el estudiantado de Soweto, el afrikáans era la lengua del opresor, del grupo blanco que controlaba la política y la economía del país, una lengua que apenas se hablaba en sus barrios y que, aunque la aprendieran a la perfección, no iba a librarles de la discriminación cotidiana. El inglés, en cambio, abría puertas laborales dentro y fuera de Sudáfrica. Pero el reclamo estudiantil iba mucho más allá de un debate lingüístico: exigían ser tratados con la misma dignidad que el alumnado blanco.

La mañana de aquel 16 de junio, unas 3.000 personas, entre estudiantes y profesorado, comenzaron una manifestación pacífica por las calles de Soweto. La marcha fue creciendo a medida que avanzaba, hasta congregar a cerca de 10.000 manifestantes. La respuesta de las fuerzas de seguridad fue, primero, soltar perros contra la juventud movilizada; los y las estudiantes respondieron a pedradas. Después llegaron los disparos.
Los enfrentamientos se extendieron durante toda la tarde. Las autoridades enviaron a unos 1.700 agentes armados con la orden de restablecer «el orden a cualquier precio». El resultado fue una represión violenta y desproporcionada contra adolescentes que pedían, simplemente, aprender en su propia lengua y ser tratados como seres humanos. Las cifras oficiales del régimen hablaron de 23 estudiantes muertos. Otras fuentes, sin embargo, elevan el número de víctimas mortales hasta entre 176 y 700 personas, una distancia entre relatos que dice mucho sobre quién escribe la historia cuando el Estado es el verdugo.
Entre las víctimas estaba Hector Pieterson, un niño de 12 años que recibió un disparo policial y murió aquel mismo día, uno más entre los miles de estudiantes negros que se manifestaban en un barrio donde solo vivía población negra. El reportero gráfico Sam Nzima capturó el instante en que su compañero Mbuyisa Makhubo lo llevaba en brazos, acompañado por la hermana de Hector. Esa fotografía recorrió el mundo y convirtió la imagen de un niño asesinado por la policía en un icono internacional de la lucha por la justicia racial, mucho antes de que existieran los hashtags y las redes sociales para viralizar la violencia policial contra cuerpos negros.

Ese mismo día, el gobierno sudafricano declaró el Estado de Emergencia, que permaneció vigente durante trece años. En ese periodo, al menos otros 750 jóvenes fueron asesinados, más de 10.000 personas fueron detenidas y muchas más sufrieron torturas bajo custodia estatal. Soweto no fue un episodio aislado: fue el detonante de una represión sostenida que marcó a toda una generación.
La memoria como acto de resistencia
Para honrar a quienes murieron en 1976 y reivindicar los derechos de toda la infancia del continente africano, cada 16 de junio se celebra el Día del Niño Africano. Es un homenaje directo a estudiantes adolescentes que entendieron, antes que muchos adultos, que la educación es un campo de batalla político y que el idioma puede ser tanto una herramienta de sometimiento como un acto de soberanía cultural.
Esta historia también nos obliga a mirar el papel de quienes resistieron desde dentro y desde fuera. La lucha contra el apartheid no fue cosa de unos pocos líderes históricos, sino de miles de personas anónimas, muchas de ellas mujeres, que sostuvieron la resistencia armada y comunitaria durante décadas. Porque la memoria negra no puede seguir construyéndose solo con nombres masculinos.

El apartheid no cayó solo. Cayó por la presión sostenida de generaciones de jóvenes como las de Soweto, por la organización clandestina, por la solidaridad internacional y, finalmente, por unas elecciones que en 1994 cerraron, sobre el papel, el último gran sistema de supremacía blanca legalizada de la historia moderna reciente. Si quieres profundizar en ese momento histórico, te dejamos esta lectura sobre el Freedom Day sudafricano, que conecta directamente con lo que se sembró en Soweto casi dos décadas antes.
Por qué esto nos sigue importando
Contar Soweto desde Afroféminas es recordar, una vez más, que el racismo institucional siempre encuentra formas «legales» de organizarse: leyes educativas, decretos lingüísticos, separación de espacios. Es recordar que la infancia negra ha sido históricamente la primera en pagar con su vida la defensa de derechos básicos. Y es recordar que la dignidad educativa y lingüística sigue siendo, hoy, un terreno de disputa para comunidades racializadas en distintos puntos del planeta, incluida la diáspora negra en Europa.
Redacción Afroféminas

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