La primera vez que Selma Selman desmontó un electrodoméstico en una galería de arte, el gesto alteró el espacio. El ruido del metal, las piezas internas expuestas, la transformación de un objeto cotidiano en otra cosa. No era una metáfora decorativa. Era una pregunta política: quién tiene derecho a transformar la materia y quién queda relegado a sobrevivir entre sus restos.

Selman, artista romaní nacida en Bosnia y Herzegovina, lleva años formulando esa pregunta en instituciones internacionales. Desde Ijiton Magazine conversamos con ella sobre el lugar que ocupa la identidad en su práctica. Su respuesta fue precisa: «Las personas romaníes siguen siendo vistas a través del estereotipo y el racismo. Eso condiciona desde el acceso a la educación hasta la posibilidad de proyectar un futuro propio. Las niñas gitanas ocupan el lugar más vulnerable: no se espera de ellas que estudien, que creen o que ocupen espacios de decisión.»
Esa vulnerabilidad no es accidental. Es el resultado de una estructura histórica que ha operado desde el ámbito legal, político y cultural sobre el pueblo gitano, y que en el caso de las mujeres se intensifica al cruzarse con dinámicas de género. Desde las pragmáticas de los siglos XV y XVI hasta la Gran Redada de 1749, el Estado intervino sistemáticamente en la vida gitana regulando su movilidad, su trabajo y su propia existencia.

Esa lógica de control no ha desaparecido, se ha desplazado hacia los marcos culturales y mediáticos que determinan qué relatos circulan y cuáles quedan fuera. Según el CIS (2023), más del 60% de la población española reconoce mantener prejuicios hacia las personas gitanas.
La disputa por la imagen Es en ese contexto donde la representación deja de ser una cuestión secundaria. No se trata solo de cómo aparecen las mujeres gitanas en pantalla o en los medios, sino de quién construye ese relato. El actor Moreno Borja, nominado al Goya en 2019 por Carmen y Lola, lo plantea sin rodeos: «No quiero que nos vean solo como flamencos o delincuentes. Somos médicos, abogados, gente normal.» Su trayectoria -más de veinte años en seguridad privada antes de irrumpir en el audiovisual- ilustra exactamente esa brecha entre la complejidad real de las vidas gitanas y los moldes en que la industria las encaja. «Prefiero roles que muestren la complejidad gitana, no el folclore fácil» explicó.
La misma tensión aparece en la literatura. Dany de Vargas (Daniel Janoher Jiménez) es una de las voces romaníes emergentes más sólidas de la narrativa española, con dos obras publicadas: Gitanerías (Autografía, 2020) e Homenaje a su abuela Carmen Jiménez Vargas, poetisa flamenca y figura central en su genealogía artística. «Mi necesidad de escribir viene desde niño. Mi abuela aprendió a leer y a escribir sola, sin acceso a la escuela ni a los derechos más básicos. Gitanerías fue la manera de unir todo eso: un refuerzo de identidad y de ancestralidad. Para mí es fundamental saber de dónde vengo y ponerlo en valor», explicó recientemente.
De Vargas también sitúa la cuestión en una dimensión histórica que suele quedar silenciada: «A veces nos creemos muy modernos ahora, pero la realidad es que el pueblo gitano siempre ha sido revolucionario. Y sobre todo las gitanas. Cuando las mujeres payas vivían sometidas, las gitanas ya vivían en una libertad que resultaba incómoda, sobre todo en una sociedad católica y marcada por un régimen fascista.»
Autoría y poder cultural La pregunta sobre quién narra no se limita a los contenidos. Alcanza también a las estructuras que los producen y los legitiman. Lolita Flores, Premio Goya a Mejor Actriz Revelación en 2002 por Rencor, reflexiona sobre ese mecanismo desde su propia experiencia: «No soy consciente de la visibilidad que le pude dar a la mujer gitana aquel día. Es mi raza, es lo que siento, pero es mi trabajo también.» Cuando se le pregunta qué desea para el pueblo romaní, su respuesta pone el foco en la autonomía: «Sobre todo la mujer romaní, que trabaje y que tenga su propia independencia. Eso no es perder el respeto al hombre; al contrario, es poder ayudar. Los hombres y las mujeres, seamos gitanos o no, somos iguales.»
La cantante y compositora La Mala Rodríguez, cuyas raíces romaníes atraviesan una carrera que irrumpió en el rap en un espacio históricamente masculino, sitúa el feminismo en el terreno de lo político: «Somos seres políticos y es normal que plasmes tus afinidades, tus ideas y tus pensamientos.» Su single Gitanas nació de una carta que recibió de una madre chilena cuya hija había sido asesinada: «Me hizo reflexionar mucho, y yo quise contestar su carta con esa canción, que habla de que necesitamos ganar nuestro dinero, de que necesitamos ser todas una, y de que necesitamos hacerlo ya.»
En el ámbito del cine y los festivales, la pregunta por la representación romaní alcanza también a quienes toman las decisiones de programación. José Luis Rebordinos, director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián -Zinemaldia-, explicó en conversación con Ijiton Magazine que la presencia gitana en pantalla es indisociable de los cambios sociales más amplios: «Cada vez hay más películas en las que los protagonistas son gitanos, de la misma forma que la sociedad va quitándose de encima viejas ideas racistas y profundamente reaccionarias.»

La línea de fractura Lo que estas trayectorias tienen en común no es solo la visibilidad. Es el desplazamiento del foco: de aparecer a producir. De ser representadas a representar. Selman lo sintetiza desde su práctica artística: «No pido al mundo que me acepte. Ya existo. Lo que pido es espacio para que mi comunidad respire, cree y crezca sin miedo ni vergüenza.»
Esa frase condensa una transformación en curso que convive, sin embargo, con inercias profundas: la persistencia de prejuicios documentados, la escasa representación institucional y la normalización de discursos estigmatizantes. El cambio no está asegurado. Pero la disputa por la autoría ya no puede ignorarse. Decidir quién narra implica decidir qué historias forman parte de lo común. Las mujeres gitanas que hoy producen cultura no están pidiendo ser representadas. Están ejerciendo el derecho a representar. Y ahí está la línea de fractura.
Kike Jiménez
Drector de contenido de Ijiton Magazine, publicación especializada en cultura romaní contemporánea. Las entrevistas con Selma Selman, Moreno Borja, Dany de Vargas, Lolita Flores, La Mala Rodríguez y José Luis Rebordinos fueron realizadas por Ijiton Magazine y publicadas en sus ediciones digitales e impresas.

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