lunes, enero 26

Blues, vampiros y apropiación: quién se queda con el alma de la música negra

En Clarksdale, Mississippi, existe un cruce de caminos donde, según la leyenda, el músico Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de un talento sobrenatural para tocar la guitarra. Era la década de 1930. Casi un siglo después, esa misma ciudad —considerada la cuna del blues— sigue siendo escenario de otro tipo de pacto: el que permite que una industria turística mayoritariamente blanca se lucre de una música nacida del sufrimiento negro, mientras más del 40% de su población afroamericana vive en la pobreza.

La película Sinners (Pecadores), dirigida por Ryan Coogler (Black Panther) y protagonizada por Michael B. Jordan, ha devuelto la atención internacional a esta región del sur de Estados Unidos. Es una historia de terror sobrenatural ambientada en los años treinta, donde dos hermanos gemelos regresan de Chicago para abrir un juke joint —los bares clandestinos donde la gente negra podía escapar de las plantaciones para bailar, beber y escuchar blues en vivo— y acaban enfrentándose a vampiros que quieren apropiarse de algo que no crearon: la tristeza convertida en música.

La metáfora no podría ser más transparente.

Los juke joints: espacios de libertad negra

Para quienes no estén familiarizados con la historia musical afroamericana: los juke joints (o jooks, con raíces en lenguas africanas) fueron durante décadas los únicos espacios donde la comunidad negra del sur rural estadounidense podía reunirse libremente. Surgieron durante la era de las leyes de Jim Crow —el sistema de segregación racial que imperó en el sur de Estados Unidos desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX— y funcionaban a menudo de manera semiclandestina.

Como escribió Zora Neale Hurston, la gran escritora y antropóloga afroamericana: «Musicalmente hablando, el jook es el lugar más importante de Estados Unidos». En estos locales nació y se desarrolló el blues del Delta, que después daría origen al rock and roll, al soul y a prácticamente toda la música popular del siglo XX.

Orlando Paden creció entre estos espacios. Su padre, Cornelius «Red» Paden, regentó durante más de cuarenta años el Red’s Juke Joint en Clarksdale, uno de los pocos juke joints históricos que aún pertenecen a personas negras. «Vendían licor de contrabando, regentaban bares… Se mantenían alejados del campo», contaba Red sobre sus antepasados antes de fallecer en 2023. En una región donde la alternativa era trabajar de sol a sol en plantaciones de algodón, estos negocios representaban una forma de resistencia económica.

El blues como negocio ¿para quién?

Desde los años setenta, el gobierno de Mississippi ha promovido el turismo del blues como motor de desarrollo económico. Festivales, rutas turísticas, museos. Según datos oficiales del Mississippi Blues Trail, los turistas gastan más de 68 millones de dólares anuales solo en el condado de Coahoma, donde se encuentra Clarksdale. Sin embargo, la comunidad negra local —que representa la mayoría de los 14.000 habitantes— apenas ve los beneficios.

«No es fácil para las minorías tener negocios en esta zona. Para tener éxito, hay gente que intenta arrebatártelos», explica Orlando Paden, que ahora gestiona el bar de su padre además de ser representante estatal. «No hay mucho dinero ahí, y a veces todos parecen beneficiarse mucho más que el propietario».

Mientras tanto, promotores blancos han transformado antiguas plantaciones en atracciones turísticas donde los visitantes pueden dormir en «cabañas renovadas» para experimentar «una noche en una plantación». El actor Morgan Freeman es copropietario del Ground Zero Blues Club, uno de los locales más conocidos de la zona. Roger Stolle, originario de Ohio, cofundó el Juke Joint Festival, el mayor evento anual de Clarksdale. La Comisión del Blues de Mississippi, creada en 2004, supervisa la «preservación» de esta música. La industria está, en gran medida, en manos blancas.

«Nuestro blues está siendo atacado»

Terry «Big T» Williams, músico de blues galardonado e instructor en Clarksdale, lo expresa sin rodeos: «Nuestro blues está siendo atacado. Si no nos damos cuenta, nos quedaremos de brazos cruzados y, de repente, todos los chicos blancos serán los famosos, y nosotros seremos los únicos que lo hicimos».

Y añade: «He vivido lo suficiente para ver a los blancos subirse al carro y convertirse en bluesmen, buenos guitarristas o buenos músicos. Nunca lo han vivido. Lo tenemos, pero no lo queremos, y esa es la parte que no entiendo».

Esta última frase señala el rechazo generacional. Muchos jóvenes negros de Mississippi no quieren saber nada del blues tradicional porque lo asocian con la época de la aparcería, con el sufrimiento de sus abuelos en los campos de algodón. Prefieren el soul sureño, el hip-hop o el R&B, sin reconocer —o sin querer reconocer— que todas estas músicas son herederas directas de aquella tradición.

Keith Johnson, músico de 32 años conocido como «el Príncipe del Blues del Delta» y sobrino nieto de Muddy Waters, lo explica así: «El legado puede perdurar, pero todos los blancos quieren… hablan de los artistas de blues fallecidos y dicen que no hay negros cantando blues. ¿Y tú lo estás demostrando? Digo blancos porque son ellos quienes mandan. Son ellos quienes tienen el poder».

Ecos en nuestro contexto

Esta historia nos suena mucho con dinámicas que conocemos bien en el contexto hispanohablante. El flamenco, nacido de la marginalidad gitana y andaluza, es hoy patrimonio de la humanidad y motor turístico mientras muchas comunidades gitanas siguen viviendo en condiciones de exclusión. Las músicas afrocaribeñas —desde el son cubano hasta la salsa, desde el merengue hasta el reguetón— han sido sistemáticamente despojadas de su negritud para hacerlas «universales» y comercializables.

En España, artistas blancos triunfan con sonidos afrolatinos mientras las personas afrodescendientes seguimos siendo interrogadas sobre «de dónde somos realmente». Cuando hablamos de apropiación cultural no nos referimos a una persona anónima que se pone trenzas. Estamos hablando de beneficiarse económica y socialmente de una cultura mientras se margina a quienes la crearon.

Recuperando la narrativa

A pesar de todo, en Clarksdale hay quienes trabajan por recuperar el control de su patrimonio. Jecorry Miller fundó el festival Birthplace of American Music, que se celebra cada año en Juneteenth (la fecha que conmemora el fin de la esclavitud en Estados Unidos). Terry Williams abrirá este año su Big T’s School of Blues para enseñar a jóvenes a tocar instrumentos y a «ganarse la vida con esta técnica». Orlando Paden trabaja por revitalizar el Festival de Veteranos que organizaba su padre.

«Esta es nuestra cultura. Conservemos algo de ella», dice Orlando. «Mucha gente ve la connotación negativa del blues, y por eso creo que hay una separación. Pero la música es un don que nos ha permitido crecer. También había cosas inspiradoras. No era solo música triste».

Chandra Williams, artista y directora del Crossroads Cultural Arts Center, trabaja para que los jóvenes negros reconozcan su conexión con esta música: «Aunque no escuchen a Muddy Waters, sí escuchan a Pokey Bear y a OB Buchana… Así que ustedes son los expertos. Quienes ponen los huevos de oro no se sienten conectados con ellos. Observan a otros cosechar sus huevos y venderlos. Pero ustedes son la gallina, el gallo. No solo es su derecho de nacimiento, su tradición, su cultura, sino que pueden ganar más dinero con esto que nadie».

El éxito de Sinners —que se ha convertido en un fenómeno de taquilla— puede ser una oportunidad para que más personas conozcan esta historia. Pero como señala Jasmine Williams, fundadora de ‘Sipp Talk’ y residente de Jackson, la capital de Mississippi: «Se necesita poner a los negros de Mississippi en primer plano, y no solo que alguien nos dé el poder, sino mostrar la importancia de documentar dónde te encuentras en tu vida… Que quienes están aquí, quienes realmente conocen el lugar, obtengan dinero y recursos para crear algo».

Y concluye: «Todos nos beneficiamos cada día del genio cultural de los negros de Mississippi y de los negros del sur».

Del blues nacieron el jazz, el rock, el soul, el funk, el hip-hop. Prácticamente toda la música que escuchamos hoy tiene sus raíces en aquellos bares clandestinos del Delta. La pregunta que plantea este reportaje —y que Ryan Coogler convierte en metáfora vampírica— es tan antigua como la diáspora africana: ¿quién se queda con el alma de lo que creamos?

*Artículo original: «Sinners, the South, and the price of playing the blues» de Aallyah Wright, publicado en Capital B en colaboración con Scalawag.

Redacción Afroféminas



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