
Texto publicado originalmente en la revista Scalawag.
Este ensayo es la cuarta parte de una serie que analiza al zombi como Otro racial en los medios. Contiene spoilers de Guerra Mundial Z (2013).
«El establecimiento del estado de Israel a mediados de mayo de 1948 fue recibido con júbilo por los partidarios del sionismo en Hollywood.»
—Tony Shaw y Giora Goodman, Hollywood e Israel. Una historia
Tras más de una década de espera y especulación por parte de los fans, se ha anunciado la secuela de la epopeya zombi Guerra Mundial Z (2013). Brad Pitt, que lleva haciendo campaña por la secuela desde el enorme éxito de la primera película, retomará su papel como Gerry Lane, un exinvestigador de las Naciones Unidas que se enfrenta al virus zombi que asola el planeta. Junto a la franquicia The Last of Us, de Neil Druckmann, Guerra Mundial Z es quizá la obra de propaganda sionista más conocida y querida. La película adapta la novela epistolar de Max Brooks publicada en 2006, Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi. El anuncio de una nueva entrega despierta preocupación por el trabajo propagandístico que probablemente hará la secuela, sobre todo en un mundo posterior al 7 de octubre, donde la propaganda sionista se ha vuelto aún más agresiva en un panorama mediático monopolizado.

La secuela de Guerra Mundial Z se hizo realidad tras el nombramiento de Josh Greenstein y Dana Goldberg como copresidentes de Paramount Pictures. Este nombramiento se produjo después de la fusión con Skydance, bajo la dirección del multimillonario sionista y consejero delegado David Ellison. Según se informa, ambos consideraron el proyecto una «alta prioridad» para la compañía. De acuerdo con Deadline, «Skydance desempeñó un papel fundamental en el lanzamiento de la primera película, y el fundador de Skydance, David Ellison, compartía el deseo de Pitt de seguir adelante con la secuela».
Tras meses de litigio, Paramount Skydance se ha fusionado con Warner Bros. Larry Ellison, padre de David Ellison, ayudó a financiar la operación de 111 000 millones de dólares. Es un oligarca tecnológico, ferviente partidario de Donald Trump, importante donante de Amigos de las Fuerzas de Defensa de Israel y conocido colaborador cercano del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Más que una fusión, fue una adquisición forzosa (léase, una OPA hostil). La unión de Paramount Skydance y Warner Bros. ha creado un imponente conglomerado mediático sesgado que servirá como plataforma constante para la hasbara, la propaganda sionista.
La hasbara es una flagrante distorsión del relato en torno a la violencia colonial de Israel. Forma parte de un mar de productos mediáticos y otras tácticas empleadas con el propósito expreso de presentar a Israel como la víctima inocente de ataques no provocados. Y lo hace pese a que Israel es una superpotencia regional con armas nucleares, aliada de Estados Unidos y de Europa. Mucho antes de historias como The Last of Us y Guerra Mundial Z, Hollywood se consolidó como una pieza valiosa de esta maquinaria de propaganda sionista.
Las producciones de Hollywood moldean la opinión occidental sobre el sionismo, Israel y el asesinato indiscriminado de palestinos. Décadas de hasbara hollywoodense han sido cruciales en el plan sionista para adoctrinar a la población occidental. Han llevado a sus espectadores, de una colonia de asentamiento a otra, a identificarse con la entidad sionista y a profundizar su solidaridad con ella ante un genocidio retransmitido en directo que esta entidad lleva casi 80 años perpetrando. En «Palestinian Zombie: Settler-Colonial Erasure and Paradigms of the Living Dead», Anna-Esther Younes escribe:
«Los occidentales y otros se han sumado a la aflicción moderna que entiende el colonialismo de asentamiento sionista como el resultado humanitario de la historia humana. El sionismo político se convierte así en el proyecto político de lo humano y de la humanidad, dejando a todos los demás como su enemigo no humano.»
The Last of Us utiliza a los zombis para ofrecer una visión centrista de la ocupación colonial de Palestina, la del «ciclo de violencia» con culpas repartidas entre «ambos bandos». Guerra Mundial Z, en cambio, es más directa e infalible en su justificación de la limpieza étnica de Palestina para evitar la destrucción de la civilización israelí. A pesar de este contraste, ambas obras van de la mano. En estas historias, la mitología zombi de la cultura popular es el recipiente perfecto para contener las ansiedades apocalípticas del sionismo sobre la existencia palestina y transmitir esos miedos a un público occidental predispuesto.
En Guerra Mundial Z se desata un presunto brote de rabia. Es repentino y devastador. Los infectados corren violentamente por las calles a la velocidad del rayo, con los ojos en blanco grisáceo, la piel surcada de venas negras que avanzan y un líquido oscuro brotándoles de la boca. Rechinando los dientes y convulsionando, se mueven juntos como un enjambre de insectos o una colonia de ratas.
El comportamiento de los infectados evoca una metáfora recurrente en la retórica sionista, la que presenta a los palestinos como seres animales y, sobre todo, como una plaga de insectos. Dov Yermiya, veterano de la Haganá, exteniente coronel y autor de My War Diary: Lebanon, June 5 – July 1, 1982, señaló una vez que, durante su servicio en el ejército israelí, «la actitud hacia la población palestina no combatiente recuerda a la actitud hacia las cucarachas que pululan por el suelo». A los palestinos se les describe una y otra vez como alimañas portadoras de enfermedades, cerdos, roedores, reptiles y plagas, e incluso como una amenaza biológica en sí mismos.

Gerry Lane recibe el encargo de descubrir el origen de la nueva amenaza biológica para que pueda desarrollarse una vacuna. En su búsqueda del paciente cero, de país en país, lo dirigen a Israel, donde supuestamente están las respuestas. El Mossad, el servicio de inteligencia israelí, ha establecido una zona segura en Jerusalén, levantando una enorme muralla alrededor de la ciudad. Allí, Gerry se reúne con Jurgen Warmbrunn (Ludi Boeken), un alto cargo del Mossad. Warmbrunn le explica que un comunicado interceptado de un general indio afirmaba que las fuerzas indias combatían contra los rakshasa, demonios devoradores de carne de las mitologías hindú, budista y jainista. El Mossad, muy sabiamente, los interpretó como zombis.
Israel aprobó la construcción del Muro del Apartheid en 2002 como respuesta a la resistencia palestina en pleno apogeo de la Segunda Intifada. Construido «al estilo de una barrera fronteriza», el muro separa intencionadamente Jerusalén Este ocupada de Cisjordania. La Corte Internacional de Justicia declaró que este muro viola el derecho internacional humanitario. Su construcción impidió que Jerusalén Este se convirtiera en la capital de un Estado palestino dentro de la «solución de dos Estados» propuesta en los Acuerdos de Oslo. Esa solución pretendía «abordar las reivindicaciones palestinas de autodeterminación nacional sin menoscabar la soberanía [necro]política de Israel». Los numerosos puestos de control a lo largo del muro están custodiados por soldados israelíes armados para intimidar, aterrorizar y restringir deliberadamente la libertad de movimiento de los palestinos. Así desarticulan las comunidades palestinas, separan familias y limitan el acceso al empleo, la escuela, la propiedad, la atención médica, los alimentos y los lugares de culto. Israel ha propuesto además un nuevo muro del apartheid en la frontera con Jordania, una iniciativa que se interpreta como un intento de limpieza étnica de la población palestina del valle del Jordán.
«Puertas de hierro, terraplenes, barricadas, puestos de control permanentes y móviles, y un sistema vial segregado que, en conjunto, fragmentan el espacio palestino y regulan cada eje de circulación. Esta infraestructura no solo restringe la movilidad, sino que reorganiza el territorio y a la población. Las carreteras de circunvalación exclusivas para israelíes, construidas para rodear las zonas palestinas, facilitan la confiscación de tierras, consolidan la expansión colonial y dividen a las comunidades palestinas en enclaves. Bajo el Plan Decisivo del régimen israelí, estas carreteras y el aparato de cierre sirven como herramientas para separar, fragmentar y aislar a las comunidades palestinas, al tiempo que garantizan una continuidad territorial sin fisuras para las colonias israelíes.»
—«Infraestructura colonial y de apartheid israelí. Enclaves e implementación del Plan Decisivo», BADIL, Centro de Recursos para los Derechos de Residencia y Refugio de Palestina
Un patrón de «humillación y degradación» de la población palestina es un aspecto fundamental de la ocupación israelí, y los numerosos puestos de control del Muro del Apartheid se han convertido en escenarios habituales de esta violencia. Guardias fronterizos, policías y soldados israelíes acosan y maltratan a los palestinos en los cruces y a menudo los obligan a degradarse comportándose como animales. Ese comportamiento animal impuesto refuerza, a su vez, la supuesta necesidad del muro. El historiador israelí Benny Morris defendió el confinamiento racial de los palestinos en una entrevista de 2004 con CounterPunch: «Hay que construirles algo parecido a una jaula. Sé que suena terrible. Es realmente cruel. Pero no hay alternativa. Ahí hay un animal salvaje que tiene que ser encerrado de una forma u otra».
En lugar de delimitar una zona de apartheid, el muro de Guerra Mundial Z se erige como «una descarada reescritura de la violencia y la exclusión de los cientos de puestos de control de Israel». De hecho, en la Jerusalén que ve Gerry Lane, israelíes y palestinos sobreviven juntos, cantando y bailando mientras las banderas israelí y palestina ondean orgullosas al viento.
El crítico de cine de The Times of Israel Jordan Hoffman afirma que, por estos momentos de confraternidad idealizada entre israelíes y palestinos, Guerra Mundial Z es «la mayor obra de propaganda cinematográfica a favor de Israel desde Éxodo, de Otto Preminger». Éxodo (Exodus, 1960), de Otto Preminger, adapta la novela cuasi histórica homónima que Leon Uris publicó en 1958. Esa obra recorre la historia del sionismo, la creación de Israel y el surgimiento de grupos militares sionistas como el Palmaj, la Haganá y el Irgún. La creación de Israel fue la Nakba, la limpieza étnica de palestinos de 1948, a la que los sionistas se refieren con orgullo como la «Guerra de Independencia» de Israel. La novela despliega los estereotipos antiárabes típicos y describe a los palestinos como «sucios», «apestosos» e «inmundos». Concluye así: «Si los árabes de Palestina hubieran amado su tierra, no se les habría podido obligar a abandonarla, y mucho menos habrían huido sin una causa real. Los árabes tenían poco por lo que vivir, y menos aún por lo que luchar. Esa no es la reacción de un hombre que ama su tierra». El primer primer ministro de Israel, David Ben-Gurión, dijo del libro: «Como obra literaria, no es gran cosa. Pero como pieza de propaganda, es lo mejor que se ha escrito jamás sobre Israel».
Al final, es la camaradería entre israelíes y palestinos lo que provoca su caída en Guerra Mundial Z. Una de las escenas más intensas llega cuando los zombis se sienten atraídos por el estruendo dentro de la ciudad amurallada después de que los palestinos empiecen a cantar con micrófonos. Los cantos amplificados por voces palestinas se convierten en una sentencia de muerte. Hordas de zombis invaden la ciudad, gruñendo y chillando, trepando unos sobre otros y escalando el muro en un espectáculo espeluznante. Una ola de cuerpos putrefactos y hambrientos se estrella contra la civilización pacífica y la diezma en minutos.

Tanto las personas refugiadas como los zombis representan una amenaza palestina. La escena comunica que, mientras existan palestinos, Israel corre peligro de ser destruido. En el imaginario sionista no hay posibilidad de vivir en paz entre los palestinos ni con ellos, y por eso Palestina debe morir.
En su reseña de Guerra Mundial Z, Jordan Hoffman se pregunta: «¿Quién diablos escribió esta película, Meir Kahane?». Se refiere a Meir Kahane, el extremista ultranacionalista y terrorista que defendía un racismo virulento y fundó un partido político fascista en Israel. Kahane era supremacista y condenaba abiertamente el tipo de liberalismo sionista que permitiría una «solución de dos Estados», y mucho más acoger a refugiados palestinos durante un apocalipsis zombi. Para sionistas acérrimos de extrema derecha como Kahane, el genocidio del pueblo palestino no solo es inevitable, sino vital y merecido.
Si bien muchos repudiaron en su día el extremismo de Kahane, su ideología se ha normalizado. En 2022, Itamar Ben-Gvir, discípulo ideológico del kahanismo, fue nombrado ministro de Seguridad Nacional bajo el gobierno de Netanyahu. Hoy controla la policía israelí y a los agentes fronterizos paramilitares en la Palestina ocupada. Durante su mandato, Ben-Gvir se ha burlado de activistas de la flotilla detenidos tras ser interceptados por Israel cuando intentaban llevar ayuda humanitaria a Gaza. También ha pedido matar a «entre 30 y 40» gazatíes cada noche.
«Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando a entre 30 y 40 cada noche… No solo a quienes representan una amenaza inmediata… Hay gente allí que no merece vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas.»
El revisionismo sionista de Guerra Mundial Z presenta a Israel como «una sociedad protegida por su paranoia y su militarismo frente a la amenaza exterior». Así justifica el Muro del Apartheid como una medida de protección contra una plaga inminente, y no como la herramienta de control fascista que es. La película usa la mitología zombi de la cultura popular para convertir el dogma extremista de líderes sionistas como David Ben-Gurión, Meir Kahane e Itamar Ben-Gvir en un producto de entretenimiento. No sorprende que Hollywood esté empeñado en hacer una secuela.
Tony Shaw y Giora Goodman narran el romance entre la industria del entretenimiento estadounidense y la entidad sionista en Hollywood e Israel. Una historia. Como señala el crítico Hazem Fahmy en su reseña, el libro no cuestiona de manera significativa la ideología sionista en sí. Sí ilustra con claridad «el papel que Hollywood ha desempeñado en la relación diplomática, militar y cultural» entre ambos cuerpos coloniales de asentamiento, con un Hollywood que se beneficia del poder blando de Israel y ayuda a promoverlo. Como escribe la investigadora Shazmah Fatima en «Scripting Support: Analyzing the Hollywood-Israel Nexus»:
«Hollywood funciona como una herramienta de poder blando capaz de inclinar la opinión pública internacional a favor de Israel y de modificar el apoyo de la política exterior estadounidense mediante estructuras de propiedad, presión organizativa y la creación deliberada de contenidos.»
Según Shaw y Goodman, una razón importante de la duradera relación entre Hollywood e Israel es que la industria cinematográfica y el sionismo político moderno surgieron casi al mismo tiempo, a finales de la década de 1890. Además, el fundador del movimiento sionista, el periodista austrohúngaro Theodor Herzl, «consideraba el cine fundamental para impulsar su causa». En la década de 1920, Hollywood ya se había convertido en un lucrativo imperio del entretenimiento en Occidente, y sus acaudalados magnates «se convirtieron en nuevas fuentes de riqueza que el proyecto sionista podía explotar».
Durante las décadas de 1920 y 1930 comenzó en serio el desarrollo deliberado y metódico de la hasbara hollywoodense. En 1935 se estrenó la que se considera quizá la propaganda sionista más influyente hasta la fecha. La tierra prometida (The Land of Promise), a medio camino entre el documental y el relato de viajes, se inspiró en imágenes de noticiarios sobre las iniciativas sionistas en Palestina rodadas por Paramount Pictures. Fue concebida originalmente como una historia de amor sionista dirigida sobre todo al público estadounidense.
Las décadas de 1940 y 1950 fueron una época de creciente apoyo social y político al proyecto sionista en Occidente. Al igual que Éxodo, Espada en el desierto (Sword in the Desert, 1949) y El malabarista (The Juggler, 1953) giran en torno a la creación del Estado sionista. Hazem Fahmy observa que, en estas películas, «los palestinos, así como los egipcios, sirios y jordanos, aparecen como brutales, irracionales y carentes de cualquier razón legítima o coherente para rechazar el proyecto sionista».
Sansón y Dalila (Samson and Delilah, 1949), de Cecil B. DeMille, se basa en la novela Sansón el nazareo (1926), del líder sionista revisionista Vladimir Jabotinsky. En esta interpretación, el guerrero Sansón se presenta como «un líder nacional que despierta e inspira a su pueblo dividido a recuperar su soberanía». Sansón es en la cultura israelí un símbolo de hipermasculinidad y destreza militar, hasta el punto de que la estrategia nuclear israelí se conoce como la Opción Sansón. Las epopeyas bíblicas como esta ampliaron y profundizaron la relación de Hollywood con la entidad sionista, ya que los estudios estaban dispuestos a invertir grandes sumas en localizaciones bíblicas «auténticas».

Éxodo fue sin duda la propaganda sionista de mayor impacto de la década de 1960. Shazmah Fatima sostiene que su enorme éxito comercial y la influencia cultural que le siguió sentaron «la base de las posteriores representaciones hollywoodenses del conflicto israelí-palestino». Otras películas de la década, como Judith (1966) y La sombra de un gigante (Cast a Giant Shadow, 1966), dejaron su huella con relatos de operaciones militares proisraelíes centrados en parte en la organización paramilitar sionista Haganá. Esta glorificación del ejército israelí dio paso a historias sobre la lucha contra el terrorismo árabe internacional, que proliferaron a partir de la década de 1970.
Rosebud (1975), dirigida y producida por Otto Preminger, fue la primera película de Hollywood en llevar a la pantalla una organización terrorista internacional liderada por árabes. Basada en la novela homónima de 1974, sigue a un agente encubierto de la CIA que colabora con la inteligencia israelí para rescatar a cinco jóvenes adineradas secuestradas por el Ejército de Liberación de Palestina, que planea construir una red terrorista global. Domingo negro (Black Sunday, 1977) incluye una femme fatale palestina y sigue a un agente antiterrorista del Mossad que se une a un agente del FBI para frustrar un atentado palestino contra la Super Bowl. En Delta Force (The Delta Force, 1986), terroristas palestinos secuestran un avión estadounidense y Chuck Norris tiene que salvar la situación.

En la década de 1990, estas historias se amplificaron con thrillers sobre agentes antiterroristas estadounidenses de élite que combatían a extremistas islámicos en «guerra santa» contra Occidente. Shaw y Goodman escriben:
«La religión desempeñó un papel destacado en la representación negativa que Hollywood hizo de palestinos y árabes en el cine de los años noventa. Muchos de los árabes de la pantalla hollywoodense volvieron a aparecer como terroristas durante esa década, pero de un tipo aún más peligroso, fundamentalistas islámicos cuyo objetivo no era la liberación nacional… sino la destrucción masiva en Occidente.»
En Mentiras arriesgadas (True Lies, 1994), Arnold Schwarzenegger se enfrenta a un yihadista islámico. En Decisión crítica (Executive Decision, 1996), Kurt Russell emprende una misión peligrosa cuando unos terroristas árabes secuestran un avión. En Estado de sitio (The Siege, 1998), Denzel Washington y Tony Shalhoub se enfrentan a una célula terrorista árabe que hace estallar bombas por todo Nueva York. Ese mismo año, el 50.º aniversario de Israel se celebró con una proyección especial de Éxodo en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, las tramas antiárabes en el cine y la televisión se hicieron más frecuentes y descaradas, y varios proyectos retrataron abiertamente a Israel como un aliado valioso. Beirut (2018), Operación Final (Operation Finale, 2018) y Operación Hermanos (The Red Sea Diving Resort, 2019) están protagonizadas respectivamente por algunas de las estrellas favoritas de Hollywood, Jon Hamm, Oscar Isaac y Chris Evans. Todas tienen un sesgo proisraelí o antiárabe, o ambos. En gran medida presentan a los agentes secretos israelíes como operativos patrióticos, eficientes, eficaces e ingeniosos que ayudan con valentía a las fuerzas estadounidenses frente al terror árabe. En televisión, Our Boys (2019), The Spy (2019) y Messiah (2020) refuerzan el relato sionista sobre la ocupación de Palestina al tiempo que demonizan a los palestinos y a la resistencia anticolonial.
Además de producir contenidos prosionistas, influyentes magnates del entretenimiento se han coordinado con mandos militares y autoridades del gobierno israelí para elaborar mensajes que blanqueen los crímenes de guerra de Israel, de forma muy parecida al complejo militar-del-entretenimiento estadounidense. En julio de 2014, Israel lanzó la «Operación Margen Protector» contra la Franja de Gaza, una campaña de 50 días de bombardeos contra hogares y lugares emblemáticos palestinos. Tras este ataque, el abogado y productor de Hollywood Glenn D. Feig escribió a otros ejecutivos para insistir en que la versión israelí de los hechos y la doctrina sionista debían «repetirse hasta el infinito hasta que la gente lo entienda». Shazmah Fatima señala:
«Los ejecutivos que organizan viajes de solidaridad a Israel con miles de otros ejecutivos de medios, que forman parte de juntas directivas de organizaciones proisraelíes y que usan su peso comercial para apoyar películas y series proisraelíes mientras omiten o restan importancia a los puntos de vista palestinos son quizá los ejemplos más comunes [de hasbara hollywoodense] en los últimos años.»
Desde 2023, Paramount ha distribuido varios proyectos que contribuyen a construir el relato sionista en torno al 7 de octubre, entre ellos We Will Dance Again: Surviving October 7th (2024), Red Alert (2025) y The Children of October 7 (2025). Con la fusión de Paramount y Warner Bros., los medios y el poder de Hollywood están ahora aún más hiperconcentrados. La multimillonaria y prosionista familia Ellison controla ahora una enorme cantidad de películas y series, tanto obras independientes como franquicias. Además de la secuela de Guerra Mundial Z, David Ellison ha dejado clara su intención de ampliar el catálogo de la compañía a más de 30 estrenos al año. Así difundirá todavía más propaganda sionista en un mundo donde el sionismo ya se ha globalizado.
«La zombificación de la vida palestina ha alcanzado ya una audiencia tan globalizada que el asesinato de palestinos a cambio de dinero y “seguridad” se ha convertido en meras reflexiones filosóficas, negociación y diplomacia… Hoy, matar palestinos forma parte integral del mantenimiento de la supervivencia del Estado-nación israelí, al proporcionar la logística corporal sobre la que puede ejercerse la violencia necesaria para sostener el capitalismo.»
—Anna-Esther Younes, «Palestinian Zombie: Settler-Colonial Erasure and Paradigms of the Living Dead»
Junto a Guerra Mundial Z, una larga lista de proyectos de Hollywood se crearon, y se siguen creando, explícitamente con la política sionista en mente, a menudo para celebrar el colonialismo de asentamiento y justificar el genocidio. Un siglo de hasbara hollywoodense ha servido para insensibilizar al público occidental ante los crímenes de guerra de Israel y normalizar la prioridad de sus intereses políticos y militares. La complicidad de la industria del entretenimiento es una herramienta necropolítica para zombificar a los palestinos y sostener el mundo de muerte de Israel.
Bajo el monopolio de los Ellison, debemos prepararnos para ver más hasbara como Guerra Mundial Z y mantenernos alerta frente a ella. La primera película presentó el Muro del Apartheid israelí como una medida inteligente y preventiva contra el virus zombi, o contra la amenaza palestina como virus zombi. Es seguro que Guerra Mundial Z engendrará una secuela que contará un mito zombi igual de revisionista, si no más grotesco todavía.

Sherronda J. Brown
Es una friki gótica sureña. Como creadora versátil, aplica su talento en múltiples ámbitos como ensayista, editora, narradora, consultora creativa y artista. Actualmente es editora jefe de la revista Scalawag y autora de «Rechazando la sexualidad obligatoria: Una perspectiva asexual negra sobre nuestra cultura obsesionada con el sexo». Además de la teoría queer y la política (a)sexual, sus escritos se centran a menudo en la crítica cultural y el análisis de medios, especialmente el terror. Sherronda se esfuerza por liderar nuestro equipo editorial con empatía y pasión para inspirar resistencia imaginativa, creatividad radical y experiencias catárticas.

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