martes, febrero 24

Cuando la violencia simbólica y la condición neurológica chocan: lo ocurrido en los BAFTA

Durante la gala de los Premios BAFTA 2026, celebrada el 22 de febrero en el Royal Festival Hall de Londres, ocurrió un momento que incomodó a la sala entera y que, desde entonces, ha generado un debate sobre discapacidad, racismo y poder mediático. John Davidson, activista escocés por los derechos de las personas con síndrome de Tourette e inspiración del filme nominado I Swear, profirió en voz alta el insulto racial más cargado del idioma inglés —la n-word— en el preciso instante en que los actores Michael B. Jordan y Delroy Lindo, estrellas de Sinners, presentaban el premio a los mejores efectos visuales. La sala contuvo el aliento. El presentador Alan Cumming intervino para recordar al público que Davidson tenía Tourette y que sus tics eran involuntarios. Davidson, consciente del malestar que sus tics causaban, decidió abandonar el auditorio por cuenta propia, a unos veinticinco minutos de iniciada la ceremonia. Horas después declaró estar «profundamente mortificado» y aclaró que lo ocurrido «no es un reflejo de mis creencias personales.»

El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico caracterizado por tics motores y vocales involuntarios. En un porcentaje minoritario de casos —la Tourette Association of America lo sitúa entre el 10% y el 15%— se manifiesta la llamada coprolalia, la emisión involuntaria de palabras obscenas, tabú o socialmente inapropiadas. No es una elección. Es, literalmente, la pérdida del control sobre el propio lenguaje. Davidson no eligió esa palabra. El problema es que la palabra existe, y su existencia no es neutral.

Aquí es donde el análisis se complejiza de manera inevitable. La n-word no es un insulto cualquiera. Es una palabra construida durante siglos sobre la violencia, la esclavitud y la deshumanización sistemática de las personas negras. Su peso histórico no se desactiva por el contexto en el que aparece. Decirlo con claridad no equivale a condenar a una persona con una condición neurológica: equivale a nombrar lo que esa palabra porta, independientemente de quién la emita y bajo qué circunstancias. Reconocer que algo no fue intencional no implica negar que fue dañino. Delroy Lindo lo expresó con una precisión dolorosa al decir que él y Jordan «hicieron lo que tenían que hacer» al continuar la presentación, y que lamentó que nadie de BAFTA se hubiera acercado a hablar con ellos después. La diseñadora de producción Hannah Beachler, también presente en la sala, escribió en redes que el incidente «no fue indiferente para mí, no rebotó en mí.»

El análisis de Ibram X. Kendi en How to Be an Antiracist ofrece una clave estructural para entender por qué el impacto de ese insulto va más allá del momento. Las ideas racistas, argumenta Kendi, operan de forma estructural y convierten a los hombres negros en encarnación del peligro. Ese mecanismo no es anecdótico: es el que ha justificado históricamente la sobrerrepresentación de hombres negros en las cárceles, la violencia policial y la deshumanización cotidiana. Cuando una palabra que activa ese sistema llega a un espacio público —y más aún a uno televisado—, no solo hiere a las personas presentes. Dialoga con una estructura que lleva siglos colocando a los cuerpos negros en el lugar de lo sospechoso, lo peligroso, lo punible. Y ese diálogo ocurre con independencia de la intención de quien la pronuncia.

Reconocer que algo no fue intencional no implica negar que fue dañino. Delroy Lindo lo expresó con una precisión dolorosa al decir que él y Jordan «hicieron lo que tenían que hacer» al continuar la presentación, y que lamentó que nadie de BAFTA se hubiera acercado a hablar con ellos después. La disculpa llegó tarde y la explicación fue técnica. Lo verdaderamente revelador, lo que convierte este episodio en un espejo del racismo en los medios de comunicación, es lo que ocurrió en paralelo con otra decisión editorial.

Akinola Davies Jr., director de My Father’s Shadow, ganó el BAFTA al Mejor Debut Británico. En su discurso, dedicó el galardón a los migrantes económicos, a los migrantes forzados, a quienes viven bajo ocupación, dictadura y genocidio, y cerró con una frase que, según confirmó él mismo a Variety, era para él irrenunciable: «Por Nigeria, por Londres, el Congo, Sudán, Palestina libre.» Esa parte de su discurso fue eliminada de la emisión de la BBC. La cadena argumentó que la gala, de tres horas de duración, debía reducirse a dos para su franja horaria y que otros discursos también fueron recortados. Amnistía Internacional UK calificó la decisión de «vergonzosa.» La periodista y excolaboradora de la BBC, Karishma Patel, escribió que la elección de censurar «Palestina libre» y mantener el insulto racial revela que las decisiones editoriales de la cadena responden al miedo a grupos de presión y al Gobierno, no al servicio a la audiencia.

La comparación es irrefutable. La BBC tuvo el tiempo y la tecnología para tomar decisiones en ambos casos. Eligió dejar pasar el insulto racial y borrar la denuncia de un genocidio. Ese contraste muestra una jerarquía: lo que incomoda al poder se silencia; lo que reproduce estructuras de violencia racial, aunque sea de forma involuntaria, circula. Controlar qué se dice y qué se borra es, en sí mismo, un ejercicio de poder. Y en ese control, las voces que nombran la injusticia desaparecen primero.

Ante esta intersección —la de la discapacidad, el racismo y el poder mediático—, las respuestas simples no sirven. No se trata de cancelar a una persona con una condición neurológica compleja. Tampoco de minimizar el peso de una palabra racial en un espacio público, frente a personas negras y ante millones de espectadores. Lo que este episodio pone al descubierto es la falta de protocolos institucionales para gestionar situaciones en las que la discapacidad y el racismo estructural se cruzan. BAFTA sabía de antemano que Davidson estaría en la sala. Los asistentes fueron informados minutos antes del inicio de la ceremonia sobre la posibilidad de escuchar tics vocales, pero ninguno de los nominados o presentadores recibió aviso previo, según varias fuentes citadas por The Hollywood Reporter. Esa omisión no fue menor. Puso a Michael B. Jordan y Delroy Lindo en una situación para la que no habían sido preparados, y los obligó a demostrar, una vez más, la dignidad y el profesionalismo que el sistema siempre exige a las personas negras como condición para existir en sus espacios.

La violencia simbólica no requiere intención para operar. Esa es su eficacia y su crueldad. Opera a través de las estructuras, los silencios, las decisiones editoriales y los protocolos ausentes. Nombrarla —en todas sus formas, en todos sus contextos— es el primer paso para desmantelarla. Desde Afroféminas pensamos que la justicia real no se simplifica. Sostiene su complejidad sin dejar de nombrar el daño.

Redacción Afroféminas


Si has sufrido racismo, o conoces alguien que lo haya sufrido, contáctanos. Podemos ayudaros a denunciar.

← Volver

Gracias por tu respuesta. ✨


Descubre más desde Afroféminas

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde Afroféminas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Verificado por MonsterInsights