Ni clara ni oscura: una crítica personal al colorismo

Han sido muchas las ocasiones que he comparado el tono de mi piel con el de alguien más… ¿qué sentido tiene esto? ¡No lo sé! ¡Tal vez ninguno! Entonces, ¿por qué lo hago? Quizá espero que la certeza de mi origen se encuentre ahí, entre los poros y los vellos.

Ilustración de Makenna Roy

Cuando era pequeña, me excluían de los juegos y los espacios recreativos por ser negra. Yo lo único que hacía era llorar y correr a los brazos de mi mamá quien, sintiendo mi dolor me apapacha fuerte y a veces derramaba lágrimas conmigo.

Con el tiempo entendí que no lloraba por tener la piel oscura, lloraba por las consecuencias que esto traía consigo; sentirme rechazada, anormal, no merecedora.

Cuando decidí aceptarme negra y trabajar activamente desde esa enunciación, comencé a recibir comentarios de personas que me decían: “pero tú no eres negra, sólo eres morena! ¡Ay! cada vez que escucho esto la rabia y la frustración se apodera de mí, quisiera gritar y hacerles entender que ese argumento de nada me sirve, pues no me ha blindado de tratos racistas y discriminatorios.

El tono de mi piel me coloca en diferentes situaciones según el contexto en el que me encuentre. Por ejemplo, hace un par de años participé en una colectiva de mujeres afro en la que una de las discusiones más frecuentes eran acerca de los beneficios o perjuicios de tener cierto tono de piel… que si las de piel clara eran menos oprimidas, que si las más oscuras sufrían más, etcétera.

Para mi sorpresa en esa colectiva yo no era ni clara ni oscura, era invisible (al menos así me sentía). Estaba justo a la mitad de la discusión en un espacio de ambigüedad que era mejor no cuestionar. El tono de mi piel no era suficiente frente a mi cabello liso que al parecer me blanquea varios tonos.

Lo problemático de esta situación es que pasé de un anhelo de blanqueamiento a un deseo ferviente de ser más negra para poder validar y justificar mis experiencias como mujer afro. Por más negra me refiero a cumplir físicamente con una idea implantada de cómo debemos vernos las mujeres afrodescendientes.

No puedo evitar el resentimiento por los sucesos de mi vida en los que fui violentada por tener cierto tono de piel, pero ya no me es fácil caer en el profundo hoyo de la victimización. Sé que para otras personas la vida ha sido igual de dura o más que para mí, a pesar de tener la piel más clara.

Yo recibí educación pública, tengo acceso a la información y servicios básicos de comunicación y “desarrollo social”, como electricidad, agua potable, televisión abierta, pavimentación, internet. Vivo en una ciudad enorme en la que casi todo está al alcance de la mano. Por eso, es importante para mí reconocer que si bien el tono de mi piel me ha hecho susceptible a diversas opresiones, eso no lo es todo. Basar la validez de las experiencias de las personas en su tono de piel me resulta problemático, esencialista y poco congruente.

Hasta ahora este tema me sigue generando más preguntas que certezas.


Marbella Figueroa

Soy un conjunto de ideas, pensamientos, situaciones, lugares, sentires y emociones. La
mayor parte de mi tiempo la dedico a la creación plástica. Me encanta jugar y divertirme con
colores, texturas, hilos, brillantinas y todo lo que encuentre por mi paso.
Obtuve una licenciatura en artes visuales por la FAD/UNAM con especialización en medios
audiovisuales. Mi exploración interdisciplinaria aborda principalmente la negritud, las
conexiones ancestrales y el cuerpo. Soy creadora y colaboradora del proyecto autogestivo
Afrochingonas. He impartido diverso talleres de arte comunitario en la Costa Chica de
Guerrero y en Zonas de la periferia de la CDMX.
Actualmente me dedico a la gestión cultural y a la producción artística autogestiva.

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