“La flor púrpura” de Chimamanda Ngozi Adichie

Es la primera novela de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, y en ella la autora nos hace ver la vida familiar nigeriana desde el punto de vista de Kambili una adolescente de quince años que nos describe como la religión, la democracia y la familia pueden ir desmoronándose.

En su primer capítulo “La tortura de los Dioses domingo de Ramos”, Adiche  empieza diciéndonos “Todo empezó a desmoronarse”, esta frase introductoria hace referencia a la novela “Todo se desmorona” del escritor Albert Chinualumogu Achebe  por lo que puede considerarse un homenaje a tan importante escritor nigeriano.

En la flor púrpura podemos encontrar una crítica al colonialismo europeo en Nigeria, debido a que la autora nos va describiendo de forma detallada como la familia de Kambili (voz narradora) atraviesa la transición de costumbres, es decir: como Nigeria se vio afectada con la llegada del hombre blanco, y como la implementación del sistema euro-céntrico basado en el  cristianismo desmoronó la vida tradicional politeísta. 

En esta novela podemos ver los cambios que acontecieron en Nigeria desde la visión más intima de una adolescente de 15 años, quien de un modo muy descriptivo nos captura y nos hace vivir cada palabra de principio a fin y nos sumerge en su vida familiar abriéndonos las puertas de  su mente, de sus sentimientos y sensaciones, transportándonos a momentos tensos y dolorosos.

La familia de Kambili y Jaja (hermano mayor), viven en Enugu, y disfrutan de un buen pasar económico, su Padre (así lo llama Kambili), es dueño de la fábrica de obleas y del periódico el Standard, entre otros negocios. Padre es una persona muy poderosa e influyente, un referente para la comunidad, un católico ejemplar, que hace caridad y que ha recibido premios internacionales por defender los derechos humanos en Nigeria. A partir de esta minuciosa descripción de  Kambili que enaltece la honestidad y el altruismo de su padre te hace creer que este y Nelson Mandela son prácticamente la misma persona, ya que Padre es un firme opositor a la corrupción que gobierna Nigeria en ese momento, pero puertas adentro su padre se convierte en el Torquemada de la familia quien en su afán de tener la familia perfecta es capaz de aplicar los castigos más inquisitivos.

Nuestra narradora Kambili y Jaja han crecido dominados por el miedo, oprimidos por la radicalización religiosa del Padre, que se niega a que conozcan a su abuelo paterno, simplemente porque sigue creyendo en los dioses tradicionales nigerianos y teme que les pase ideas “impías” a sus hijos. 

Más allá de las distancias emocionales que existían en cada uno de los miembros de esta familia, Kambili y Jaja tenían la capacidad y la complicidad de hablarse con la mirada.

El mundo conocido por Kambili y Jaja empieza a derrumbarse cuando visitan a su tía Ifoema (hermana de su padre, viuda católica y catedrática de la Universidad Nacional Nigeriana) y sus primos Amaka, Obiora y Chima y en esta convivencia familiar inusual para ellos, aprecian como su tía trata a sus hijos, y como estos pueden jugar, reír, opinar y preguntar sin ser avasallados por el látigo. En esta convivencia Kamili y Jaja descubren una forma distinta de vivir, de ser cristianos, en las que los niños no tienen que estar todo el día estudiando para ser él o la número uno de su clase, en donde orar save diferente y es sinónimo de canto y alegría. Este cambio de aire fue de gran impacto, incluso llegan a resistirse a vivir como sus primos, pero con el paso de los días ellos se dan cuenta que los itinerarios dictados por Padre no eran la única forma de vida, además, Kambili y Jaja empiezan a conocer las tradiciones nigerianas que su Padre se había empeñado tanto en demonizar. 

La libertad que Kambili y Jaja descubren en casa de su tía, tomará la forma simbólica de una flor “el Hibisco Púrpura”, (el hibisco púrpura no existe, Chimamanda lo ideó como símbolo de la libertad que poco a poco Kambili y Jaja van a plantar en su casa de Enugu y en su florecimiento cambiará la realidad familiar).

El relato tiene un trasfondo histórico, que Chimamanda utiliza magistralmente para completar la historia de estos personajes. De manera muy intima y domestica el lector empieza a conocer como fue la realidad nigeriana tras un golpe militar, como los cortes de luz, la represión, la violencia política y la resistencia de los estudiantes universitarios hilvanan la historia. También describe críticamente como los intelectuales al ser perseguidos, son llevados al exilio, y como estos son desvalorizados en sus países de destino.  

La personalidad de la narradora está hecha a la medida de las circunstancias, puesto que cuando un niño crece en una situación de violencia domestica permanente, es entendible que se vuelva una persona muy tímida. Kambili en su tartamudeo nos evidencia lo que es vivir limitada y con miedo, y cada acción llevada a cabo por ella por simple que parezca es un reto que ella debe superar. 

En este contexto en la madre vemos a la mujer víctima de violencia sistemática, ya que la construcción del personaje de Beatriz está hecho para reflejar lo trastornada y rota que puede quedar una persona que vive sometida por un violento, y esto lo ilustra muy bien Chimamanda cuando nos indica desde el primer capítulo que madre luego de una paliza limpiaba las figuras de porcelana de bailarinas de ballet con la que adornaba la sala, como si de esta forma se quitara el dolor. Además, en este personaje podemos ver con exactitud como el machismo a través de sus mecanismos violentos puede anular por completo a una mujer.

Durante el recorrido de la narración llegué a odiar a la figura del padre, aunque en la lectura la narradora no busca que el lector vea con odio a Padre (Eugene) porque Kambili en cada descripción que nos brinda de su padre no ve la maldad en las acciones de este, al contrario la narradora busca profundizar en porque su padre es como es, en porque la severidad violenta de sus acciones, debido a que Kambili nos hace ver que su padre no es solo dañino con ellos, sino que él es el primero en flagelarse para limpiar sus pecados, para Kambili su padre siempre fue bueno, perfecto y por eso siempre buscaba su aprobación .

Los personajes están tan bien construidos, que resulta casi imposible no empatizar con cado uno de ellos.  Chimamanda en la flor púrpura hace que Kambili y Jaja a través de su tía y primos conozcan no solo el aroma y el color de la libertad, sino a reivindicar a través de la figura del abuelo sus antiguos ritos, además, de que el Igbo (idioma tribal) y el inglés pueden convivir y que los silencios se pueden romper.

A pesar de lo bien marcada que se encuentra la influencia y presencia de la religión católica, la autora no busca criticarla, puesto que en la figura del sacerdote misionero Amadi, Kambili no solo logra desbloquearse emocionalmente sino enamorarse.

En la flor púrpura encontramos una oda a la libertad, un equilibrio entre la vida interior de la protagonista y su vida exterior, lo que nos ayuda a entender como la violencia es un espiral que destruye todo lo que toca. La cantidad de detalles que utiliza Chimamanda pueden resultar para el lector un poco repetitivo o demasiado abundante pero lo que busca la autora con el despliegue de todos estos recursos narrativos es que el lector entienda cada situación por pequeña que esta sea, y sobretodo que el lector pueda sentir y pensar como lo hacen las victima de la violencia para poder entender todo lo que conlleva revelarse.


Melina Schweizer

Periodista Dominico-Argentina, ciudadana y libre pensandora


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