Un problema narrativo

He sido amante de las historias desde joven. Recuerdo que de niña mi mamá y mi papá me leían un libro a gran escala de gnomos, además de tener ilustraciones bellísimas contaba la historia de una aldea habitada por esas pequeñas criaturas que construían sus casas dentro de troncos de árboles. Aquella historia mi mamá la complementaba contándome sobre unos duendecillos que ella veía de niña que, según ella, la acompañaban al baño. ¿Recuerdan ustedes esas primeras historias reales o ficticias que lxs impresionaron o conmovieron? Bueno, me atreveré a pensar que la mayoría dijo que sí, lo cual me lleva a concluir que aquello que nxs cuentan y aquello que contamos tienen un impacto significativo tanto en nuestre imaginario como en nuestre historia. 

Con frecuencia hago referencia a la conferencia que dio Chimamanda en el 2009 sobre los peligros de la historia única. En dicha conferencia ella habla de lo que se conoce de África, así como una configuración monolítica; menciona los prejuicios a los que se enfrentó estando en suelo Estadounidense y, sobre todo, defiende la diversidad narrativa como una herramienta eficaz y suficiente para erradicar el racismo y la discriminación. Poco o nada conocía yo sobre Nigeria hasta que conocí a la autora, quien en su libro La flor púrpura dibuja un complejo entramado social que ubica a lxs lectores en la mente de una joven de alta posición socioeconómica, y con eso la autora declara otra perspectiva sobre la renombrada, explotada y sobredesarrollada: pobreza de África. Sencillo y claro desde el inicio de la novela: no todes en África (en este caso Nigeria, para ser más exactes) son pobres. 

Pienso entonces en todos los libros que han llegado a mis manos; la mayoría protagonizados por personas de tez clara que pasan por momentos complejos, traumáticos o románticos (depende del género), pero que rara vez se parecen a mi. Una obsesión que tengo como escritora es mantener la ambigüedad sobre la apariencia de lxs personajes, porque añoro que quien sea que me lea pueda verse ahí, ahí en el lugar de le personaje principal. 

Resulta que Chimamanda no es la única que teoriza alrededor de los problemas sociales que pueden nacer del cómo nos contamos. Leonidas Donskis co-escritor de Maldad Líquida afirma: “Todo se niega o se reinventa. Todo se hace y se deshace a diario. Quienes controlan el pasado controlan el futuro. Quienes controlan la televisión controlan la realidad. Quienes controlan internet controlan la imaginación y el principio de toda alternancia. Quienes controlan los medios de comunicación controlan los territorios.” (2019). Este fragmento me dejó sin aire, de inmediato pensé entonces en los libros, la oralidad y el arte como las manifestaciones más cercanas al mundo que buscamos encontrar, pero que nos es arrebatado con la repetición incansable de la misma historia: miseria, carencias, ignorancia. Nxs volcamos a las historias, porque tienen un poder transformador y un deje de libertad que nos obliga a ver diversos lados de nuestre negritud, nuestre feminidad y nuestre humanidad. 

Reúsense a toda costa a mantener una única frontera de información o una única fuente de inspiración. Son verdaderos y terribles los peligros que resultan de la historia única. Esto haciendo referencia a los prejuicios que armamos sobre personas racializadas, pero también sobre lo negligentes que podemos llegar a ser con la polifonía de experiencias humanas.           Por crédulxs o perezoses terminamos replicando, viralizando o aceptando una univocidad que no representa la riqueza de la vida. 


Carolina Rodríguez Mayo

Egresada de Literatura con opción en Filosófia de la Universidad de los Andes. Especialista en Comunicación Multimedia de la Universidad Sergio Arboleda. Colombiana de Bogotá.  Feminista interseccional y defensora de las preguntas como primer paso al conocimiento. Escribir poesía es lo único que me reconforta. Todo lo demás que escribo es una invitación al diálogo. Viajera, fashionista, cinéfila y amante de la buena comida. 


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