Soberanía. Cuando lo que hay que defender es el cuerpo

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Todos estamos familiarizados con los conceptos de País, Estado, Nación. Vale, nos llega a la mente la idea de grupos humanos políticamente separados, cada cual con sus reglas, sistemas de leyes, costumbres, idiosincrasia y demás. También recordaremos cómo muchos países han sido vulnerados de una forma u otra, cómo estos han debido defender sus espacios y pagar un precio, sea el que fuere, por defender su soberanía. Porque lo anterior nos remite a esa palabra: Soberanía.

Ahora extrapolemos dicha palabra al cuerpo. Sí, mi cuerpo, el tuyo, el de cada quien. Algunos dirán que no hay relación entre soberanía y cuerpo, pero los hechos nos dicen lo contrario y colocan ambos términos en una misma línea y en diversos contextos, actuales y no tanto. Veamos.

En tiempos en que la esclavitud era legal en distintos países del mundo, las esposas de los amos se percataron del gran atractivo que resultaba para sus cónyuges el pelo de las negras esclavizadas, que realizaban labores de servicio doméstico. Harto es sabido que el amo blanco tenía su esclava predilecta con la que saciaba apetitos sexuales quizá no satisfechos con la señora de la casa –especulo- o bien sea para reafirmar su poder. Igual es bien conocido el fruto de muchas de estas relaciones: el nacimiento de hijos e hijas mantenido bajo estricto secreto, aunque claro, uno sabido por todos. Estas mujeres esclavizadas fueron conminadas a mantener su pelo recogido siempre. De ahí el uso de pañoletas en la cabeza para recoger la melena. La obediencia a tal exigencia devino en la creación de todo un sistema de comunicación basado en el color del pañuelo elegido, la manera de llevarlo e incluso la forma en que se anudaba. Este lenguaje se utilizó para transmitir mensajes, avisar rutas de escape, y cualquier suerte de ideas que, expresadas de otra forma, representaban un peligro. Vale decir que lo mismo ocurrió con las trenzas y sus diversas formas.

La imposición de usar el pañuelo fue una de las tantas violaciones a la soberanía de estas mujeres sobre su cuerpo. Aunque valga la pena o no, a estas alturass, dado el contexto histórico de entonces, el reclamar el respeto de derechos hacia toda una población esclavizada y considerada de categoría humana inferior, este hecho es uno de tantos ejemplos sin paralelo sobre el desprecio a la persona humana y de la ausencia total del reconocimiento de poder del sujeto sobre su cuerpo. No tener siquiera la libertad de peinar el cabello como se desea.

Muchísimo después, vemos el pelo utilizado como instrumento de lucha y negación hacia un sistema politico-social opresivo en los años 70, en la persona de Angela Davis. Aunque hay quien no relaciona la lucha política de entonces con el simple acto de llevar el pelo afro suelto, este simple gesto se constituyó en todo un símbolo de rebeldía, y actualmente es el fenotipo-instrumento al que más se recurre cuando se quiere manifestar independencia sobre el propio cuerpo, tanto en hombres como mujeres. Con el cabello, incluyendo colores, estilos y peinados, se pone de manifiesto la diferenciación, la separación voluntaria del resto, la independencia del sujeto por sobre las reglas, la marcación del propio poder y su libre ejercicio. En otras palabras, la praxis de la propia soberanía.

En mi país llevar el pelo natural ha sido todo un tema social. Han pasado años y hay quienes cuestionan la decisión de mujeres adultas de tomar una parte de su cuerpo y hacer con ella lo que han querido, sin dañar a nadie, sin que esta medida incluya o afecte a otros. Es un acto privado altamente censurado de manera institucional, incluso. El ejemplo más dramático lo encuentro en aquellos meses en que el organismo regulador electoral y de identificación personal estaba renovando los documentos de identificación y llamó a toda la población a acercarse a las distintas oficialías para tales fines. Muchas mujeres fueron «amablemente invitadas» a ir al salón de belleza a «arreglarse» el pelo, pues estaban «despeinadas» y así no les entregarían el carné; muchas se devolvieron a sus casas a hacer lo indicado y otras, las más atrevidas, se enfrascaron en discusiones con el oficial de turno. Pronto la prensa se hizo eco de los hechos y, en atención a lo establecido en la Constitución, el organismo no tuvo más opción que respetar el derecho de las mujeres de llevar su pelo al natural.

Pero el tema no se detiene en este rasgo, pasa por otros lados. Muchos deben explicar por qué están gordos, otros por qué están tan flacos. Por qué no te maquillas, por qué estás tan maquillada: ¿vas a una fiesta? Seguro piensan que la cosa no es tan grave, pero si te miran con cara de preocupación y dicen: «Necesito que aumentes unas libras…. ¡No te ves bien así!», tengo que preguntarme: ¿no será esto demasiado? ¿Por qué alguien «necesita» que yo aumente de peso?

El tema de la soberanía del cuerpo adquiere matices más preocupantes cuando una mujer no puede vestirse como desea para ejercitarse porque siente que un pantalón o un top deportivo marca la diferencia entre hacer ejercicio sin intromisiones molestas y subidas de tono de parte de algunos varones o hacerlo tranquilamente sin la necesidad de subir el volumen de su reproductor de música. O mucho peor, si una mujer víctima de estupro tiene que dar cuenta de la ropa que llevaba ese día. ¿En serio? Sí.

Lamentablemente, sí.

Y el hombre no escapa de esto. Su forma de vestir, gestos y estilos de peinados, pueden ponerlo en entre dicho. Será según el estampado de su camiseta, el tono del rosado elegido o el largo de su pelo; los gestos o palabras usadas, amistades elegidas o estilo de vida.

Sé que hay normas, reglas, patrones culturales, pero, ¿el libre derecho de ser lo que se quiera debe estar supeditado a estas reglas y demás? Ya va siendo la hora de replantear algunas cuestiones. Como reflexionar sobre lo ocurrido en Chile, cuando parlamentarios cuestionaron y tildaron de falta de respeto la apariencia del Doctor en Derecho Jaime Bassa, quien atendiendo a una invitación hecha por el parlamento, usó por todo atuendo camisa y pantalón, sin chaqueta ni corbata. Ante el disgusto de dos de los representantes, el invitado tuvo que dar razones sobres sus méritos académicos. En lo personal creo que la falta de respeto estuvo en otra parte, máxime si no se le indicó explícitamente al invitado los protocolos de vestimenta del lugar.

Volvamos al inicio e imaginemos que un Estado cuestione a otro la manera en que reforesta sus montañas, o algo como «nos parece que vuestra bandera tiene colores muy intensos, necesitamos que los suavicéis un poco». Peor aún: «esas islas que están al sur de vuestro país nos interesan; las tomaremos a la fuerza y nos importa poco si estáis de acuerdo o no». Luego, el país vulnerado tendrá que explicar por qué las islas estaban tan distantes de su territorio o por qué no tuvo más cuidado con ellas. ¿Se entiende? O cuando te dicen: ¡No parecéis de por aquí! Ya te han mirado de arriba hacia abajo y sacado sus conclusiones. Te la lanzan a la cara así nomás.

Y para aquellos que piensen que la intromisión en la vida del otro se limita a la apariencia, sepan que hay esferas intangibles donde el asunto adquiere matices más agudos, como elegir tener pareja -aquí llega la desagradable frase de “mejorar la raza”– o no tenerla, procrear o no, vivir con los padres más allá de los treinta, vivir en pareja, felices los dos, pero tú en tu casa y yo en la mía; si soy lesbiana, gay, bisexual, asexual, lo que fuere. Todas son áreas que, de no afectar a terceros, competen únicamente a la persona que ha elegido o que simple y llanamente es y se ha dado el permiso de asumirlo y aceptarlo sin mayor inconveniente, aunque la familia, los amigos o compañeros de trabajo, incluso desconocidos, se atribuyan el derecho de opinar, sugerir y hasta tomar acciones a partir de ello.

Publicado originalmente por la autora en Wall Street International Magazine, el 29 de diciembre de 2018. Revisada al 29 de enero de 2019. Revisada

 

 

Gnosis RiveraGnosis Rivera

Persona, mujer, humanista y psicóloga. Amante de la cocina, la música y las letras.

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