miércoles, julio 8

Masculinidad tóxica y racismo: la violencia que se hereda

En la entrada de Sumner, Mississippi, había un cartel que decía «Un buen lugar para criar a un niño». Ese cartel aún estaba en 1955. Ese mismo año, en ese mismo pueblo, Roy Bryant y J. W. Milam secuestraron, torturaron y asesinaron a Emmett Till, un niño afroamericano de 14 años de Chicago que había ido a pasar el verano con su familia. El jurado los absolvió en 67 minutos. Algunos de los miembros del jurado dijeron después que habían tardado tanto porque pararon a tomar un refresco.

Esa impunidad vestida de normalidad es el espejo en el que se miran los procesos actuales de radicalización. En el libro Me crié como un fascista (Seix Barral, 2026) de Antonio Maestre, que lleva años investigando la extrema derecha, se hace la pregunta de por qué personas que parecen normales, que comparten trabajo o familia contigo, acaban adoptando los comportamientos más tóxicos de nuestra historia. La respuesta es dura porque no apunta a causas externas, ajenas al ecosistema que les construye como «hombres». El auge reaccionario no se explica solamente por la crisis económica ni por el desmantelamiento del Estado de bienestar. Tiene mucho que ver con cómo esos «hombres» aprenden desde muy niños que el dominio es el lenguaje de la hombría; que no mostrar miedo ni vulnerabilidad ni ceder terreno pasan por condiciones de supervivencia social; que ser visto como cobarde es la peor de las amenazas. Todo eso no produce un fascista inmediatamente, pero si construye varones con tendencias incrustadas en la psique que el fascismo sabe aprovechar.

No hace falta buscar ejemplos lejanos. En los patios de los colegios españoles, en los grupos de WhatsApp de adolescentes y en los vídeos de Llados que circulan entre chavales de 13 años como si fueran manuales de instrucciones, la tesis de Maestre se verifica cada día. Llados no ha inventado nada. Sistematizó y monetizó algo que ya estaba ahí: la idea de que un hombre que no domina es un hombre que fracasa. El mercado de la manosfera no crea la demanda; la hereda de una profunda ansiedad juvenil ante un mundo cambiante, ofreciendo el control como la única armadura posible.

El impacto político de este fenómeno es innegable. Los datos del CIS nos muestran que Vox se ha consolidado como la principal fuerza política entre los jóvenes de 18 a 24 años, con casi un 23% de la intención de voto, apoyado de forma mayoritaria por hombres. Esta tendencia se hizo evidente en las elecciones europeas, donde las opciones de extrema derecha sumaron más de un tercio del voto masculino joven, una cifra que contrasta drásticamente con los apoyos recibidos por las opciones progresistas. Un estudio en la European Public & Social Innovation Review señalaba que los partidos de extrema derecha españoles se masculinizan por dentro y por fuera. Sus votantes jóvenes no están perdidos. Saben exactamente lo que defienden.

El pensador y educador afroamericano James Scott, llegó a conclusiones parecidas desde el otro lado del tiempo, analizando el asesinato del joven Emmett Till. Scott trabajó en la exposición Reckoning with Remembrance del Smithsonian y allí, revisando fotografías del juicio del terrible crimen, vio algo que había pasado por alto: que el asesinato de Till no era solo un crimen racista, sino también un crimen de masculinidad. Roy Bryant y J. W. Milam mataron a un niño de 14 años, entre otras razones, porque no hacerlo los habría convertido en cobardes a los ojos de su comunidad. En el Sur de los Estados Unidos de aquel tiempo la hombría blanca se medía en la capacidad de proteger, con violencia si era necesario, el honor de las mujeres blancas frente a cualquier amenaza percibida que viniera de un hombre negro. El periodista William Bradford Huie contó después de varias entrevistas con los asesinos en 1956 que Bryant temía ser juzgado como un cobarde por su entorno si no actuaba. Matar a Emmett Till fue, dentro de esa lógica endemoniada, la demostración de que Bryant seguía siendo un hombre de verdad.

Milam había servido en la Segunda Guerra Mundial, donde la formación militar reforzó en él la idea de que la expresión emocional es debilidad y que la cobardía en combate es la peor de las vergüenzas. El historiador Joshua S. Goldstein 6ha documentado cómo la vergüenza funciona en los contextos militares como mecanismo de castigo del fracaso en los roles masculinos de guerra. Scott conectó esa lógica con lo que veía en su trabajo cotidiano como educador y facilitador de programas contra la violencia: jóvenes que hacen cosas destructivas para demostrar que no tienen miedo, que no son blandos, que merecen el respeto de sus iguales. La misma gramática. Setenta años de distancia y la misma gramática.

Lo que Scott describe en Mississippi es lo que Maestre analiza en los barrios españoles. La masculinidad tóxica no nace, se enseña. Se aprende en lo que se celebra y en lo que se ignora, en lo que los adultos hacen cuando creen que nadie mira. En una de las fotografías del juicio de Emmett Till, los hijos pequeños de Bryant están sentados en su regazo mientras el jurado delibera. Estaban allí por una razón. Los niños no aprenden lo que se les dice. Aprenden lo que ven.

La conexión entre masculinidad tóxica y racismo es una articulación estructural. El hombre que aprende que el dominio define su valía aprende también que hay cuerpos sobre los que ese dominio puede y debe ejercerse. El racismo no es una consecuencia accidental de la masculinidad hegemónica; es uno de sus campos de aplicación históricamente más consistentes. Los cuerpos racializados —negros, migrantes, árabes, gitanos— han sido en España y en toda Europa el lugar donde muchos hombres jóvenes han ensayado y demostrado esa hombría que el sistema les exige. Las agresiones racistas documentadas son una constante entre los hombres jóvenes. SOS Racismo registró 590 casos en 2024. Los informes sobre delitos de odio lo repiten año tras año: los agresores son, de forma abrumadora, hombres jóvenes. No porque los hombres jóvenes sean malos por naturaleza, sino porque están atravesando una socialización que los prepara para ejercer el dominio y que necesita objetos sobre los que ejercerlo.

Esto tiene una traducción muy concreta para quienes vivimos en cuerpos racializados en España. La violencia racista llega de muchas formas. En el insulto del grupo de jóvenes en el metro que necesitan demostrarse algo entre ellos. En la patada que no sale de la ideología, sino del miedo a parecer blando. En la lógica de quien agrede a una persona negra no porque la odie en abstracto, sino porque su cuerpo es el lugar donde esa noche decide demostrar que no tiene miedo. El racismo y la masculinidad tóxica comparten combustible. Lo que cambia es el objetivo.

James Scott se pregunta frente a ese cartel para qué se criaba exactamente a ese niño. En la España actual, con una manosfera que coloniza el tiempo libre de adolescentes en TikTok y una resistencia organizada contra la educación en igualdad en los colegios, la pregunta sigue siendo la misma y sigue sin tener respuesta cómoda. No porque los padres sean monstruos. La transmisión de los valores que sostienen el dominio no necesita monstruos. Necesita normalidad.

Criar a un niño para qué. Para que defienda el honor. Para que no muestre debilidad. Para que ocupe su lugar en la jerarquía. Para que sepa quién manda y quién obedece. O para que aprenda que la hombría no se mide en la capacidad de dominar, sino en la capacidad de renunciar al dominio cuando este hace daño. La primera opción no hace falta enseñarla. El sistema ya se encarga de ello.

Elvira Swartch Lorenzo

Colaboradora Afroféminas

Granada



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