lunes, mayo 4

«Heridas en la piel»: el fútbol español como espejo del racismo estructural

Hay libros que llegan cuando hace falta. Heridas en la piel. Fútbol, racismo e identidad, de Alberto Edjogo-Owono (Planeta, 2026), es uno de ellos. No porque el racismo en el fútbol sea un tema nuevo —llevan décadas ocurriendo las mismas cosas en los mismos estadios— sino porque pocas veces alguien con la autoridad doble de haberlo vivido en su propio cuerpo y de tener el oficio periodístico para documentarlo ha decidido sentarse a contarlo. Edjogo-Owono lo hace, y el resultado es una obra que sirve para incumodar pero ayudará a transformar si llega lo suficiente.

Alberto Edjogo-Owono nació en 1984 en Sabadell, hijo de madre española y padre ecuatoguineano. Fue futbolista profesional, llegó a vestir la camiseta de la selección de Guinea Ecuatorial, y hoy es uno de los analistas deportivos más reconocidos del país, voz habitual en DAZN y colaborador en distintas cadenas. Su primer libro, Indomable. Cuadernos de fútbol africano (Panenka, 2021), dejó claro que su capacidad de enganchar al oyente funciona también en la página escrita. Heridas en la piel es su segunda apuesta y va más al fondo. Aquí escribe del fútbol español desde la memoria de quien fue niño negro en las gradas y un joven negro en el césped.

El libro es un viaje personal por los momentos más duros de racismo vividos en el fútbol español, desde los años noventa hasta hoy. Edjogo-Owono recupera figuras como la de Wilfred Agbonavbare, el portero nigeriano del Rayo Vallecano que escuchó «negro, cabrón, recoge el algodón» en el Bernabéu mientras España aplaudía. El autor confiesa que lo recuerda —era un niño de diez años— como algo muy violento, y que en ese momento no tenía aún el concepto para llamarlo racismo. Esa grieta entre la violencia experimentada y la palabra que la nombra es uno de los ejes más poderosos del libro. Muchas de nosotras la conocemos bien. Saber que algo duele no siempre va acompañado de la herramienta para decir exactamente por qué duele, y menos aún para exigir que pare.

El recorrido continúa con Samuel Eto’o amenazando con abandonar La Romareda, con Dani Alves comiéndose el plátano que le lanzaron desde la grada —un gesto que parte de la opinión pública leyó como elegancia y que el libro desmonta con rigor— y llega hasta Vinícius Jr., que se convirtió en el nombre que obligó a España a mirarse en el espejo. Edjogo-Owono señala algo que desde Afroféminas llevamos tiempo analizando, y es que la reacción del jugador que sufre el ataque racista no determina la gravedad de lo ocurrido. Que uno se enfade y otro se lo tome con humor no transforma la agresión en más o menos grave. La gravedad es independiente de cómo la gestione quien la recibe. Ese criterio —juzgar al agredido por su reacción— es racismo en sí mismo, aplicado con la comodidad de quien nunca ha estado en ese lugar.

Lo que diferencia este libro de muchas crónicas deportivas sobre el mismo tema es la dimensión autobiográfica. Edjogo-Owono no escribe desde la tribuna del periodista que observa; escribe desde el cuerpo de alguien que ha tenido que navegar la misma presión que describe en sus entrevistados. Cuenta que su padre, un hombre ecuatoguineano que vivió en España vistiendo siempre traje y corbata, le educó con una frase que tardó años en entender del todo. Le decía: «Si tú haces una trastada, somos todos los que hacemos la trastada.» Esa frase es el manual de supervivencia que las personas negras en España han tenido que interiorizar para existir sin que el sistema las aplaste. La responsabilidad colectiva impuesta sobre los cuerpos negros —la idea de que cada uno de nosotros representa a todos y que cualquier error se paga con la reputación de toda la comunidad— es una forma de racismo que rara vez se nombra como tal. El libro la nombra, con claridad y sin retórica.

La segunda parte gira hacia algo que puede leerse como constatación de un cambio en curso. La irrupción de Lamine Yamal, Nico Williams e Iñaki Williams en la selección española ha producido algo que Edjogo-Owono analiza con cuidado. Por primera vez, hay jóvenes afroespañoles que ya no se justifican para ocupar el espacio que les pertenece, que llevan su identidad con una naturalidad que las generaciones anteriores tuvieron que construir a contracorriente. El libro contiene fragmentos de entrevistas con ellos, y ese material es de los más valiosos del conjunto. No son testimonios de víctimas ni de héroes; son conversaciones con personas que existen en este país con una complejidad que los medios tradicionales rara vez han sabido manejar. La segunda generación afroespañola ya no pide por favor pertenecer, lo da por sentado y la reivindica. Eso, en un país donde el debate sobre qué es «ser español» lleva décadas atascado en su propio miedo, tiene una carga política que el libro gestiona muy bien.

Heridas en la piel fue presentado en la Universidad de Almería en el marco de una microcredencial sobre racismo y discursos de odio en el deporte, y el profesorado del programa lo describió como lectura esencial para entender cómo el racismo va mucho más allá del campo de juego y opera como un problema de fondo sobre la identidad. Esa es exactamente la apuesta de Edjogo-Owono. El fútbol no es un escenario excepcional donde ocurren cosas raras; es el lugar donde España muestra con mayor claridad lo que piensa de las personas negras.

Edjogo-Owono reconoce que la situación ha mejorado con respecto a los noventa sin ignorar que la mejora no es ni suficiente ni lineal. La Ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte figura en el libro como un marco legal que existe y cuya aplicación sigue siendo irregular. Edjogo-Owono abre también en el libro una conversación en profundidad sobre la diferencia entre un insulto racista y uno genérico, y sobre por qué el fútbol español ha tardado tanto en hacer esa distinción con consecuencias reales.

Lo que queda después de leer este libro es la sensación de que el fútbol español lleva décadas eligiendo no ver. Y que esa elección no es inocente. Las heridas que dan título a la obra permanecen en la piel y en la memoria de quienes las recibieron, mientras el estadio seguía aplaudiendo. Edjogo-Owono las recoge, las documenta, les pone nombre. En un país que todavía discute si el plátano era o no era racismo, eso tiene un valor que no se puede subestimar.

Redacción Afroféminas


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