domingo, febrero 15

Ta-Nehisi Coates y «El mensaje»: apartheid, censura y verdad

Siete años después de su último libro de no ficción, Ta-Nehisi Coates regresa con El mensaje, una obra que Capitán Swing acaba de publicar en español. Este libro de ensayos, que toma su título de la canción homónima de Grandmaster Flash and the Furious Five de 1982, propone una conversación incómoda sobre cómo construimos nuestras narrativas nacionales y qué historias decidimos silenciar. Coates, ganador del National Book Award 2015 por Entre el mundo y yo y becario MacArthur, se propuso inicialmente escribir sobre la escritura misma, siguiendo la tradición de La política y la lengua inglesa de George Orwell. Lo que obtuvo fue algo más complejo.

El libro es una carta dirigida a sus estudiantes de la Universidad de Howard, donde ocupa la cátedra Sterling Brown en el departamento de inglés. A través de tres ensayos que parecen dispares en la superficie —un viaje a Senegal, una visita a Carolina del Sur y diez días en Palestina— Coates teje una meditación sobre el poder político de las palabras. Cada destino le revela cómo las narrativas hegemónicas distorsionan la realidad, cómo los mitos fundacionales justifican la violencia y cómo el periodismo occidental reproduce estructuras coloniales al decidir quién tiene derecho a contar su propia historia.

El primer ensayo documenta su primer viaje a África, específicamente a Dakar. Coates creció en Baltimore en una familia profundamente arraigada en el afrocentrismo. Su padre, William Paul Coates, veterano de Vietnam y antiguo miembro de las Panteras Negras, fundó Black Classic Press, una editorial especializada en títulos afroamericanos. Su nombre, Ta-Nehisi, es una referencia al antiguo término egipcio para el reino de Nubia, traducido como «tierra de los negros». Este viaje a Senegal, que incluye la visita a la isla de Gorée —uno de los últimos puntos de partida de los africanos esclavizados hacia América—, le confronta con la distancia entre el África idealizada de su infancia y la realidad de una ciudad moderna que no le reconoce como suyo.

La experiencia senegalesa le permite cuestionar el proyecto afrocentrista de sus padres. ¿Qué significa «volver» a un lugar que nunca fue el tuyo? ¿Cómo se reconcilia el sueño de un hogar ancestral con la realidad de ser percibido como extranjero en el continente de tus antepasados? Coates describe Dakar como una ciudad «steampunk», donde conviven tradiciones antiguas y maquinaria nueva, y reconoce que su experiencia allí estuvo marcada por estar en dos lugares a la vez: en la ciudad real y en el reino mítico de su imaginación. La reflexión sobre la trata transatlántica y sus consecuencias en la construcción de identidades diaspóricas atraviesa todo el ensayo sin caer en sentimentalismos baratos.

El segundo ensayo lleva al lector a Chapin, Carolina del Sur, donde Coates investiga el caso de Mary Wood, una maestra de escuela pública que enfrentó presiones para dejar de enseñar Entre el mundo y yo en sus clases. El libro había generado quejas de algunos padres blancos que afirmaban que hacía que sus hijos «se sintieran incómodos». Esta prohibición de libros forma parte de una campaña más amplia en Estados Unidos para censurar materiales educativos que abordan el racismo y la historia de la esclavitud. Lo que descubre Coates en Carolina del Sur no es solo un caso de censura educativa. Es la persistencia de una mitología estadounidense profundamente arraigada, visible en los monumentos confederados que aún pueblan los terrenos del Capitolio estatal. Estos veintidós acres funcionan como un espacio de adoctrinamiento visual donde se perpetúa la narrativa de la supremacía blanca a través de estatuas que honran a defensores de la esclavitud.

La visita a Carolina del Sur le permite a Coates conectar la prohibición de su propio libro con un proyecto político más amplio de control del relato histórico. Si controlas la educación, controlas cómo las futuras generaciones entenderán el pasado y el presente. La prohibición de libros no es un acto de protección infantil. Es un acto de guerra cultural que busca mantener intacta la mitología nacional que presenta la esclavitud como un mal necesario o una aberración temporal, en lugar de reconocerla como el cimiento económico y social sobre el que se construyó Estados Unidos.

El tercer ensayo, que ocupa casi la mitad del libro, documenta su viaje de diez días por Cisjordania y Jerusalén Este en mayo de 2023, antes del ataque de Hamas del 7 de octubre y la subsiguiente campaña israelí en Gaza. Esta parte del libro ha generado la mayor controversia. Coates viajó invitado por el Palestine Festival of Literature, y pasó la mitad de su tiempo con Breaking the Silence, un grupo de exsoldados israelíes que ahora se oponen a la ocupación. Lo que vio le impactó de una manera que no esperaba.

«No creo que nunca en mi vida haya sentido el resplandor del racismo arder más extraño y más intenso que en Israel», escribe Coates. Las comparaciones con el Jim Crow sureño son constantes y devastadoras. Hay carreteras separadas para israelíes y palestinos. Hay calles en Hebrón por las que los palestinos no pueden caminar. El sistema de justicia está segregado: los colonos israelíes están sujetos a la ley civil, mientras que los palestinos viven bajo ley militar. Israel no solo segregó las fuentes de agua como lo hizo el sur estadounidense. Coates señala que Israel fue más allá: segregó el agua misma, controlando y restringiendo el acceso al suministro de agua, incluyendo el agua de lluvia, en Cisjordania y Gaza.

Coates describe los checkpoints, las cámaras de seguridad omnipresentes, la manera en que un soldado israelí negro le interroga sobre su religión y la de sus padres y abuelos cuando descubre que no profesa ninguna fe. La arquitectura del apartheid que observa le resulta familiar no solo por sus lecturas sobre Sudáfrica. Le resulta familiar porque reconoce en ella los patrones de dominación racial que estudió toda su vida en el contexto estadounidense. El control de movimientos, la distribución desigual de recursos, las demoliciones de viviendas, la confiscación de tierras, todo ello diseñado para hacer insostenible la vida palestina y expandir los asentamientos israelíes.

En el libro, Coates hace una confesión pública que resulta especialmente conmovedora. En 2014, cuando trabajaba para The Atlantic, escribió un ensayo titulado «The Case for Reparations» (El caso de las reparaciones) que se convirtió en una sensación intelectual. En ese texto, utilizó los pagos de reparación de Alemania a Israel como ejemplo de cómo una nación puede reconocer y compensar crímenes históricos. Ahora, después de visitar Palestina, Coates reconoce que su analogía estaba profundamente equivocada. No estaba proponiendo reparaciones de un imperio genocida a sus víctimas judías. Estaba proponiendo reparaciones a un Estado que él ahora describe como un régimen de apartheid. «Buscaba un mundo más allá del saqueo, pero mi prueba de concepto era simplemente más saqueo», escribe.

Esta autocrítica no surge de una lectura superficial de la situación. Coates cita extensamente informes de Amnistía Internacional, B’Tselem, Human Rights Watch y Al Haq que documentan el apartheid israelí. Lee Justice for Some de Noura Erakat para entender cómo Israel discrimina incluso a sus ciudadanos palestinos nominales. Estudia The Unspoken Alliance de Sasha Polakow-Suransky, que documenta la relación secreta de Israel con el régimen de apartheid sudafricano. Lee a escritores como Thomas Friedman, Nicholas Kristof y Benny Morris, ninguno de ellos antisionista, que han invocado el concepto de apartheid para describir los territorios ocupados.

Lo que Coates cuestiona no es la existencia del antisemitismo ni el trauma del Holocausto. Visita Yad Vashem, el centro mundial de conmemoración del Holocausto, y comprende el horror. Lo que cuestiona es cómo ese trauma histórico se ha utilizado para justificar la opresión de otro pueblo. Cita la teoría de que las guerras contra los palestinos y sus aliados árabes funcionaron como una especie de teatro donde los «judíos débiles» que «fueron como corderos al matadero» fueron reemplazados por israelíes que «lucharían». El libro plantea preguntas incómodas sobre el nacionalismo como proyecto político. ¿Puede cualquier forma de nacionalismo étnico que se base en la exclusión de otros grupos convivir con valores democráticos y derechos humanos universales?

Coates pregunta al final del ensayo sobre Palestina qué explica «la elevación de la complejidad fáctica sobre la moralidad evidente» que caracteriza la cobertura mediática occidental del conflicto. Coates se responde que no se trata tanto de ofuscar la realidad como de «forjar una historia de Palestina contada únicamente por el colonizador». Los medios occidentales han construido un marco narrativo donde las voces palestinas están sistemáticamente marginadas o filtradas a través de «expertos» extranjeros con pasaportes llenos de sellos. La complejidad se invoca selectivamente para evitar reconocer lo que Coates ve con claridad después de solo diez días: un sistema de segregación racial diseñado para desposeer y desplazar a un pueblo de su tierra.

El libro ha generado reacciones furiosas. En una entrevista en el programa CBS Mornings, el presentador Tony Dokoupil le acusó de escribir contenido que «no se diferenciaría mucho de los extremistas de Hamás». La entrevista provocó un escándalo interno en CBS, con empleados quejándose del tono agresivo de Dokoupil. Daniel Bergner escribió en The Atlantic que Coates había sacrificado la complejidad crucial: «La pureza del argumento es el deseo de Coates; la complejidad, su enemigo declarado». Pero otros han defendido el libro. Jennifer Szalai de The New York Times lo describe como el retorno de Coates como intelectual público, marcando un cambio en su enfoque hacia una perspectiva más internacionalista. Booklist lo llamó «brillante y oportuno» en una reseña con estrellas.

Lo que hace valioso este libro no es que ofrezca respuestas simples a problemas complejos. Su valor reside en la pregunta que plantea: ¿qué historias nos permitimos contar y cuáles silenciamos? Coates no pretende ser un experto en el conflicto israelí-palestino. Se presenta como alguien que vio con sus propios ojos una realidad que contradecía las narrativas que había consumido durante décadas. Su honestidad sobre su propia ceguera previa —»¿Cómo pude no saberlo?»— resulta más convincente que cualquier pretensión de expertise académico.

La estructura del libro, con sus tres ensayos aparentemente dispares, revela una coherencia profunda. En Senegal, Coates explora cómo las narrativas afrocéntricas construyen un pasado idealizado que nunca existió. En Carolina del Sur, documenta cómo la mitología confederada pervive a través del control educativo y el espacio público. En Palestina, observa cómo las narrativas sionistas se utilizan para justificar la limpieza étnica contemporánea. En los tres casos, el poder determina qué historias se cuentan y quién tiene autoridad para contarlas.

Coates escribe en la tradición de James Baldwin, Ida B. Wells y W.E.B. Du Bois. Como ellos, busca hacer visible lo que los guardianes culturales prefieren mantener invisible. Su comparación entre Cisjordania y el Jim Crow no es casual ni superficial. Es el resultado de toda una vida estudiando los mecanismos de la dominación racial. Cuando compara y contrasta lo que presenció en Cisjordania con la historia racial estadounidense, no está haciendo una analogía fácil. Está trazando las líneas de continuidad entre sistemas de opresión que comparten lógicas similares de segregación, despojo y violencia estatal.

El libro termina con una llamada a los escritores y periodistas futuros para que vean la escritura como una herramienta poderosa de cambio. Coates insiste en que documentar la verdad, incluso cuando esa verdad es incómoda o peligrosa, es la responsabilidad fundamental del escritor. Cita la frase de Orwell: «El periodismo es imprimir lo que alguien no quiere que se imprima; todo lo demás son relaciones públicas». En un momento en que el periodismo estadounidense está bajo presión económica y política, en que las redacciones se reducen y los medios dependen cada vez más de la publicidad y las suscripciones, esta visión del periodismo como servicio público y no como producto comercial resulta casi revolucionaria.

El mensaje no ofrece soluciones. No propone un plan de paz para Oriente Medio ni una estrategia para desmantelar el racismo estructural en Estados Unidos. Lo que ofrece es algo quizás más valioso: un modelo de cómo abordar estas conversaciones difíciles con honestidad intelectual, rigor moral y disposición a cambiar de opinión cuando la evidencia lo requiere. Coates no tiene miedo de admitir que estuvo equivocado, que creyó mentiras, que participó en sistemas que ahora critica.

Este libro llega en un momento en que las conversaciones sobre Palestina se han vuelto casi imposibles en muchos espacios progresistas estadounidenses. El precio de criticar la política israelí puede ser la pérdida de plataformas, trabajos y oportunidades. Que un escritor del prestigio de Coates, alguien que tuvo acceso a la Casa Blanca durante la administración Obama, alguien cuyos libros son bestsellers, esté dispuesto a arriesgar ese capital simbólico para hablar sobre lo que vio en Palestina tiene un peso político que trasciende las páginas del libro.

Para los lectores en España y América Latina, este libro ofrece una perspectiva especialmente valiosa. La conversación sobre Palestina en el mundo hispanohablante ha estado más abierta que en Estados Unidos, pero sigue estando dominada por las narrativas de los grandes medios internacionales. Leer a un intelectual estadounidense de la talla de Coates describiendo Israel como un régimen de apartheid puede ayudar a legitimar una conversación que muchos ya están teniendo. Su análisis conecta la lucha palestina con las luchas afrodiaspóricas de una manera que resulta familiar para quienes entienden el colonialismo como un sistema global y no como una serie de casos aislados.

El mensaje es un libro necesario precisamente porque es incómodo. Nos obliga a confrontar las narrativas que hemos aceptado sin cuestionarlas. Nos pide que miremos directamente lo que preferíamos ignorar. Y nos recuerda que la escritura, cuando se hace con honestidad y coraje, puede ser una forma de resistencia política. En palabras de Coates: «Esta tradición de escritura, de sacar a la luz una humanidad común, es indispensable para nuestro futuro, aunque solo sea porque lo que debe ser cultivado y cuidado primero debe ser visto».

Redacción Afroféminas



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